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martes, 6 de noviembre de 2012

Inconformismo

La estabilidad del amor casi ha muerto; vive su mayor agonía. Navegamos a la deriva sobre relaciones de pareja efímeras (a modo de botes salvavidas) que nos vamos encontrando por el camino, como si tropezáramos con un inoportuno escalón mal construido de una escalera cualquiera. Una vive con miedo a darse de bruces con la certeza de un nuevo fracaso amoroso, igual que vivía aterrada cuando me faltaban dos cromos para terminar el álbum de La bella y la bestia, y no daba con ellos. 

Quien es perfecto físicamente (desde el punto de vista subjetivo de cada una, claro está), resulta ser un cabrón sin escrúpulos, capaz de ignorarte sin el menor indicio de disimulo y sin ningún sentido de la conciencia. Por supuesto, su atractivo externo suele ir acompañado de unas dotes culinarias a la altura de suegras con reconocido prestigio en la cocina. Y, del mismo modo, también sabe cuidar la casa, hacer masajes en los pies (para quien le gusten), preparar baños relajantes con espuma y con pétalos de esos que salen de pelotas de colores de aspecto poco fiable. Son estrellas del mundo de la seducción y de la sociedad actual, que te usan como un trapo, te tiran a la basura cuando no les eres útil o cuando descubren que nos estás a su mismo nivel en casi nada. 

Por su parte, el chico ideal para tus amigos y tu familia no te suele gustar. Es una fenómeno inversamente proporcional: cuanto más les gusta a ellos, menos te gusta a ti. Y las razones pueden ser muy diversas. Si está demasiado integrado en el seno de la familia, le consideras un primo más, delante del cual podrías pasearte en ropa interior por toda la casa sin el menor atisbo de vergüenza. Del mismo modo, él podría recorrer el estrecho pasillo que va desde la cocina hasta su habitación como Dios le trajo al mundo, y seguramente no te darías ni cuenta. La ausencia de atracción sexual es así de sobrecogedora. 


Todo esto ocurre si lo comparamos con nuestros primos de toda la vida, esos que vemos, al menos, una vez cada dos meses. Porque existe otro tipo de primos, más escondidos, a los que llevamos largos años sin ver, y que han cambiado. Mucho y para bien. 
En la ingenuidad que aún conservamos, les recordábamos con doce años, con un aparato en los dientes y granos en la cara, y de repente, una descubre que se han convertido en hombres hechos y derechos (algunos, porque otros nunca cambiarán), con inquietudes, un interesante dominio del lenguaje y amplios conocimientos sobre temas fuera de nuestro propio alcance intelectual. Es cuando te planteas si tus allegados verán con buenos ojos una mayor profundización en la relación familiar, y si el sexo entre primos se verá ahora igual de bien que en el siglo XV. 

No podemos olvidarnos del denominado prototipo emocional masculino por excelencia. Es el hombre culto, respetuoso, con sentido del humor, simpático, alegre, optimista, capaz de resolver con destreza cualquier tipo de problema que se le presente, deportista, risueño, encantador, seductor (pero sólo con su pareja), que te lleva el desayuno a la cama, que te regala flores, que te comprende (alguien que, por fin, sabe lo que me pasa cuando tengo la regla), que te dice lo que piensa de ti, pero con cariño ("ay, pero que tontita eres..."), romántico y cariñoso. Muchos llamarían calzonazos a este prodigio utópico de la naturaleza humana (algunas de nosotras también nos referiríamos a él con este calificativo, siempre que fuese el novio de cualquier otra mujer, o aunque fuese el nuestro; forma parte de la contradicción femenina), pero las mujeres, simplemente, estamos tranquilas porque sabemos que tantas cualidades juntas no pueden habitar dentro de una misma persona. 

Y hablo de tranquilidad porque semejante perfección aburriría incluso a las mantas. No es posible tener una relación con un hombre así durante más de seis meses, sin acabar vomitando purpurina. Eso, por no hablar de que los tipos con tales características no manejan el significado de palabras como morbo, pasión o locura sexual transitoria. Suelen ser bastante blandos en ese terreno, aunque tratan de compensarlo con todo lo demás. 

Y, llegados a este punto, es cuando aparece el chico de nuestros sueños. Es el hombre que reúne todas las cualidades mencionadas y, además, es una fiera en la cama, el amante perfecto, un dios caído del cielo para hacer destrozos en la Tierra. El yerno ideal, el amigo más fiel, el mejor hermano del mundo, el hijo ejemplar, el novio que todas quieren (pero sólo tú tienes). El hombre que te plancha las camisas mejor de lo que jamás lo harás tú, que deja la tapa del váter levantada, pero lo hace con estilo, al que le gustan los niños y los animales, el que colabora con una ONG, el que dedica los fines de semana a volverte loca entre las sábanas. Pero entonces, cuando llevas ya seis maravillosos años a su lado y estás completamente borracha de amor, te abandona por otra y te confiesa que odia a los perros. 


lunes, 23 de julio de 2012

El amor

Cuando nos enamoramos, una sensación de inmensa felicidad y euforia se apodera de nuestros sentidos y nos volvemos bobos. Creemos haber encontrado a la persona ideal para caminar por el mundo, cogidos de la mano, mientras contemplamos el arco iris, brillan las estrellas en el cielo nocturno y hacemos de nuestra vida un gran pastel de confeti. Perdón, un momento, esta es la versión fantasiosa de la realidad amorosa de hoy. Me había centrado por un instante en el punto de vista más ñoño e insoportable. Disculpadme, lectores, no volverá a ocurrir. 

EL ENAMORAMIENTO
Debemos echarle la culpa de todo a las feromonas, unos compuestos químicos que influyen en la actitud erótica de hombres y mujeres. En el caso de los hombres, se trata de la llamada androstenona, que se encuentra en el sudor y en la orina, mientras que en las mujeres, la atracción está provocada por las copulinas, que se desprenden por medio de los genitales externos, sobre todo, durante la ovulación. 

Según varios estudios, la pasión inicial de cualquier pareja no suele durar más de tres o cuatro años. Las taquicardias del principio, las mariposas en el estómago y la respiración entrecortada dan paso a la calma. Esto ocurre porque se reduce la dosis de estimulantes en el organismo y aparecen las endorfinas (responsables de la sensación de bienestar y felicidad), que estabilizan a la pareja y la conducen a una vida en común que puede durar para siempre. 


Según el psiquiatra Hagop Akiska, "estar enamorado más de seis meses puede ser patológico". Basa su afirmación en un estudio, por el cual descubrió que los enamorados tienen unos niveles de serotonina (un neurotransmisor del sistema nervioso) muy semejantes a los que presentan quienes sufren un trastorno obsesivo-compulsivo. 

El psiquiatra y psicoanalista Pedro Horvat distingue entre la pasión erótica y el amor pasional. La primera se refiere a un erotismo sexual muy intenso, que si perdura a lo largo de los años, convertirá el vínculo amoroso en algo muy profundo y sólido. En cambio, el amor pasional es aquel en el que existe una fuerte dependencia e idealización del otro, que conduce a un miedo absoluto a perder a la persona amada. Es un sentimiento muy negativo. 

El amor solo llega después del enamoramiento. Enamorarse es desear la imagen que uno mismo se ha formado de la otra persona, lo que supone idealizarla. En esa etapa, se intenta agradar al otro y se evita decir toda la verdad por miedo a que se desilusione. Priman los deseos personales por encima de cualquier otra cosa y se olvidan los aspectos negativos del otro, lo que causa una "ceguera" transitoria. 
El auténtico amor viene más tarde, cuando uno es realista y asume las virtudes y los defectos de la otra persona. Aparece entonces un sentimiento más profundo y real, por el que los dos integrantes de la pareja se cuidan el uno al otro y se preocupan por su bienestar conjunto. 

LA FUERZA DEL AMOR
Algunas personas hablan de amor a primera vista. Según Clarín Agustín Ibáñez, director del laboratorio de Psicología Experimental y Neurociencias de INECO, "ciertamente, el flechazo existe para la ciencia". Sostiene que, ante la visión de una persona que nos resulta atractiva, se activan con rapidez sistemas de neurotransmisores, que nos dan una sensación de placer. Algunos de los factores que conducen al flechazo son la simetría facial, la inteligencia, el atractivo físico y la fijación de la mirada. En este proceso de amor a primera vista interviene el sistema de recompensa, que también se activa en las adicciones. 


En ocasiones, la frase "no se puede vivir sin amor" no podría ser más cierta. Según un estudio publicado en Journal of Psychosomatic Medicine, los hombres casados tienen menor probabilidad de padecer arterioesclerosis (endurecimiento de las arterias) que los solteros. Esto es así porque la vida de pareja favorece una existencia más tranquila y estable, lo que reduce los niveles de estrés. Además, se desprendió de otro estudio realizado a individuos mayores de 65 años, que el riesgo de muerte aumentaba un 21% en el caso de los hombres viudos, y un 17% en el caso de las mujeres. 

La clave de una relación duradera está en dar sin esperar nada a cambio, al menos, en teoría. Está demostrado que quienes ofrecen lo máximo de sí mismos, sin estar pendientes de obtener una respuesta, son más felices. El amor perfecto sería aquel en el que no se espera la plena reciprocidad, no existe resentimiento por el rechazo, y aquel que no se basa constantemente en un análisis de las cualidades de la pareja.
Amar significa ser dichoso con los éxitos del compañero, no competir con él, compartir sus satisfacciones, aprender junto a él. Así, surge un sentimiento sano en el que no existe el afán de dominar o controlar. Entra en juego la hormona oxitocina, que nos aporta alegría y confianza. 

CELOS E INFIDELIDAD
Creer que los celos son una muestra de amor es un error. Algunos provocan celos intencionadamente a su pareja con el fin de buscar su atención, pues carecen de ella en momentos determinados. Es una actitud desesperada e inmadura para demandar cariño. 
Cuando los celos aparecen de repente y se convierten en algo enfermizo, es conveniente acudir a un especialista, pues suele tratarse de un sentimiento sin fundamento alguno, que nace de la inseguridad del propio celoso. Son celos patológicos que pueden arruinar la relación. 


La infidelidad puede producirse por mil razones, en función de las circunstancias de cada pareja. Hemos sido educados en una sociedad monógama, por lo que mantener varios contactos sexuales al mismo tiempo no está bien visto. Sabemos que la fidelidad y el respeto son básicos para que funcione el amor. No obstante, algunas personas buscan nuevas distracciones, novedades que les aparten de la rutina o, simplemente, pura diversión. Es un comportamiento egoísta que les conduce a ser infieles. En algunos casos, siguen estando enamorados de su pareja, pero sienten la necesidad de estar con otras personas. 

Muchos expertos sostienen que es lo normal, ya que casi todos los animales son polígamos y es un hecho que se ve en la naturaleza. Sin embargo, es la peor condena para el amor. 


jueves, 19 de abril de 2012

Amar sin condiciones


Título: Querido John
Autor: Nicholas Sparks
Género: novela
Editorial: Roca Editorial, S.L.
Número de páginas: 316



Esta vez hice las cosas a la inversa de como suele ser habitual: primero vi la película (hará unos tres años quizá) y hace una semana y poco, el libro cayó en mis manos. Un día, cuando ya estaba a punto de salir de la biblioteca y sin tener intención alguna de llevarme nada en ese momento, mis ojos se posaron sobre la portada de la novela. Un poderoso deseo de leer aquello me alcanzó al instante. 

Reconozco que comencé sin ganas. Como ya había visto la historia reflejada en la pantalla y en su día me había parecido algo estéril, no volqué demasiado entusiasmo al leer las primeras líneas. Estaba reviviendo sobre las páginas unos hechos ya conocidos y carentes de novedad, pero a medida que fui avanzando, me sorprendí. También me influyó el hecho de que el autor, Nicholas Sparks, hubiera escrito El cuaderno de Noah, que inspiró una de mis películas más queridas. 

Contada en primera persona por el protagonista, John Tyree, un soldado del Ejército, se narra una historia de amor bastante común. Lo que la hace diferente a las demás, e incluso especial, son los elementos que se van introduciendo como pequeñas pinceladas dentro de un cuadro manchado con trazos oscuros. Digamos que la luz le llega a través de las porciones de humanidad que vemos en los diálogos y los actos de los personajes. Savannah, la otra mitad de la pareja enamorada, aporta una visión del mundo que muchos quisiéramos encontrar a nuestro alrededor. La satisfacción que ella siente por el sencillo gesto de ayudar a los demás no se encuentra a menudo en el ser humano. 

El autor del libro centra todo su interés en mostrar la parte más emotiva de la historia. Prueba visible de ello es que las descripciones que realiza sobre las actividades más mecánicas y rutinarias de John dentro del Ejército son bastantes escasas y apenas ocupan unos pocos párrafos. Por tanto, Sparks deja de lado la vocación profesional del protagonista y hace más hincapié en los sentimientos del día a día, lo que realmente nos hace personas y nos motiva a seguir viviendo con toda intensidad. 


Por supuesto, el amor ocupa el hueco más destacado entre las páginas y queda manifiesta una perspectiva más realista de las que estoy acostumbrada a ver y leer. El enamoramiento es lo más bello que viven John y Savannah (no podría negar eso), pero en este libro, priorizo otras cuestiones que el lector debería valorar por encima de eso. 

El síndrome de Asperger, enfermedad que padece uno de los personajes (no diré quién para no destripar la lectura), es uno de los temas que aborda la novela y que me pareció de suma importancia. Considero que, a través de esas palabras escritas, se intenta concienciar al lector sobre esta enfermedad y algunas otras relacionadas. Se nos ofrece una lección muy valiosa que siempre deberíamos tener en nuestra mente: el conocimiento es básico para comprender a nuestros seres queridos y, más aún, si sufren algún tipo de dolencia. 

Es una novela recomendable. Mucho más rica en detalles que la película (que se hizo posteriormente y perdió fidelidad y emoción en el proceso, como suele ocurrir en casi todos los casos de adaptaciones cinematográficas) y capaz de provocar el nacimiento de alguna lágrima en lectores especialmente sensibles (la que escribe esta crítica cada vez lo es más). Así, Sparks tiene la habilidad de convertir un texto sencillo en un mensaje de esperanza para todos aquellos que no muestran su cariño tanto como deberían. Y enlaza las palabras con la calma de quien sabe a conciencia lo que quiere transmitir y porqué, hasta llegar a un final de sabor delicioso. 

martes, 17 de abril de 2012

Un rato azucarado


Título: Todos los días de mi vida

Director: Michael Sucsy
Género: drama romántico
País: EE.UU.
Año: 2012
Reparto: Rachel McAdams, Channing Tatum, Sam Neill


Antes de entrar a la sala de cine mis expectativas eran altas. Típica historia romántica, cargada de sentimientos y emoción, bañada en grandes dosis de dramatismo e interpretada por una de mis actrices favoritas (me enamoré de ella la primera vez que la vi en El diario de Noa) y en compañía de un actor que también me encandiló en su momento en Querido John.

No me cuesta nada reconocer y defiendo sin vergüenza alguna que me fascinan las películas de amor. Cuanto más intensas, apasionadas, desgarradoras y dolorosas, mejor. Porque el dolor reflejado en la pantalla nos descubre sufrimientos propios que creíamos ya enterrados. Y todos sabemos que, en el fondo, nos encanta rememorar nuestras propias penas porque de este modo parece que no nos sentimos tan solos. Es como si fuéramos conscientes de repente de que lo que uno ha sentido por amor, también lo ha padecido el de la butaca de al lado en mayor o menor medida. 

Es por eso que fui tan convencida al cine. Me esperaba un argumento de los míos, con los que disfruto totalmente, a través de los cuales me olvido durante dos horas del resto del mundo y me dejo empapar por el romanticismo y la belleza del amor. El tema está basado en hechos reales y ciertamente, se ciñe a ellos de principio a fin. 

Destaco, por supuesto, la interpretación de McAdams. Es una chica de tremenda expresividad, capaz de hacernos reír o llorar con un sencillo gesto. No puedo decir lo mismo de su compañero de reparto, Tatum, cuyo estatismo facial reduce en consideración las posibilidades de apreciar un verdadero sufrimiento por parte de su personaje, como cabría esperar. No obstante, debo reconocer que no lo hace mal del todo, pero le falta veracidad. 

La primera media hora del filme es la novedad. No conocemos a los personajes y se nos hace una presentación positiva de ellos, destacando los aspectos más bonitos de la relación que mantienen. Todo casi idílico hasta el momento en que ella sufre el accidente y pierde la memoria. A partir de ese instante, la propia trama se complica y la atención del espectador empieza a decaer progresivamente. 

Las dosis de amor proyectadas son excesivas. Vale que a uno le encanten las tartas de nata con almendras (a mí la primera), pero si las come durante quince días seguidos, termina por aborrecerlas. Aquí sucede lo mismo: tanto azúcar concentrado llegar a ser un pelín agotador, y se hace casi insoportable al final de la cinta. No obstante, la historia no se hace demasiado pesada, aunque la recomendaría más para una tarde de domingo en casa, en buena compañía y con un gran cuenco de palomitas sobre la mesa. Más que nada, para que nadie pueda arrepentirse por haber pagado para ver semejante final. 

Echo en falta un realismo necesario en este tipo de películas. Ya nos gustaría a todos que el amor durase para siempre y que se mantuviese al mismo nivel con el paso de los años, los roces, las discusiones y los desgastes inevitables de la convivencia. Cierto es que no se trata de algo imposible, puesto que solemos maravillarnos cada vez que nos encontramos por la calle alguna pareja de ancianos cogidos de la mano dedicándose miradas cómplices. Si ellos lo han conseguido, ¿por qué no los demás? Y eso es precisamente lo que transmite el cine: el amor eterno, casi una utopía, poco real. 

Por último, tengo que plantear varias preguntas que me asaltaron al salir de la sala de proyección: ¿podríamos volver a enamorarnos de la misma persona si la hubiésemos conocido en otro momento u otro lugar? ¿Y si hubiésemos perdido la memoria, como le ocurre a la protagonista? ¿Una pareja está destinada a permanecer unida en cualquier circunstancia? Creo disponer de las respuestas. Y confieso que no me agradan. 




Cada uno a lo suyo

Hoy me apetece expresar la opinión que me merece la sociedad actual. Observo una caída en picado de los valores de antaño. Nos movemos por las prisas, los celos, las envidias, la ambición, el "sálvese quien pueda", el deseo de quedar por encima de los demás, la motivación de pensar en uno mismo de un modo cada vez más egoísta. Los avances en muchas materias a lo largo del último siglo nos han convertido en lo que somos. Y, en algunos aspectos, me entristece. 

Cada vez queda más atrás ponerse en el lugar del otro ("empatía" lo llaman), manifestar comprensión, compartir lo tuyo con los demás, pensar en el de al lado antes que en uno mismo, valorar a las personas por lo que son y no por lo que aparentan. Ya no nos detenemos a analizar lo que está bien y lo que está mal. Somos nosotros mismos. 

Hace unos días, con motivo del centenario del hundimiento del Titanic se emitió un programa en el que escuché una comparativa que me llamó poderosamente la atención. Por un lado, la actuación ejemplar del capitán del transatlántico, cuya única motivación fue salvar a la mayor cantidad de pasajeros posible, y que murió en el barco. Por otro, la actitud vergonzosa de quien estuvo al frente del Costa Concordia, que aprovechó la mínima oportunidad para ponerse a salvo el primero. 
Dicen que, en situaciones límite, nadie sabe a ciencia cierta cómo podemos actuar, ya que el miedo nos paraliza. 

Destaco actitudes con las que, particularmente, me siento decepcionada. Como esperar un interés de los demás que nunca llega, o lo hace con retraso. Esto me hace plantearme en qué lugar me quedo y cuál es el rincón que me corresponde en esta sociedad. A veces, me da por pensar que podría tirarme meses en Nueva Zelanda (país que me encanta, por otro lado) y solo tres personas echarían en falta mi presencia. Quien dice tres, dice cinco, una o ninguna. Y sé que mucha gente piensa de la misma manera. Esto es así porque hoy en día cada uno va a lo suyo. Sin más. 

Donde más se aprecia el egoísmo es en las que voy a llamar "amistades sentimentales". Digamos que la oferta de amor en la época que vivimos es muy amplia. Nuestro objetivo es divertirnos, pasar buenos momentos con la persona de turno (que conocemos en una discoteca cualquiera una noche de tantas), vernos un par de días más (o una semana, a más tardar) y a por el siguiente. Porque no solemos quedarnos al lado de alguien con facilidad; los vínculos y compromisos sentimentales brillan por su ausencia. Y es aquí donde entra en juego lo que mencioné al principio: "es que no quiero estar con nadie", "me siento atado", "no quiero perder mi libertad", "no tengo tiempo para dedicarlo a una pareja". Yo, yo y YO. No pensamos en nadie más. Sencillamente, porque ahora no se estila. 

Quizá soy demasiado sentimental; tengo plena conciencia de ello. O puede que no haya conseguido adaptarme aún a esta ausencia de humanidad que respiramos a diario. Me considero una persona que pone mucho de su parte para lograr que los de mi entorno se sientan a gusto la mayor parte del tiempo (sé que, por lo menos, lo intento) y por eso, me desequilibro cuando no encuentro lo mismo. Debería haber nacido en otra época. O haber llorado más, no lo sé. 



lunes, 19 de abril de 2010

Perdida en el cielo


He recuperado la inspiración que un día perdí, apenas sin darme cuenta. Hoy todas y cada una de mis sensaciones se convierten en precisas palabras, para saciar mi apetito de expresión y fuerza. Tengo la necesidad de mostrar al mundo lo que ahora siento dentro de mí, quemándome en lo más hondo, llenando todo mi cuerpo, alimentando entera mi alma.

No recuerdo haber percibido roce tan profundo ni temblor tan cálido. Cada mecanismo de mí se activa en un instante y pierdo el control... entonces, todo dolor o frustración se pierde en la lejanía y parece ajeno a mí. Es como si lo negativo se evaporara en el aire o se convirtiera en polvo delante de mis ojos.

Es lo que llaman la magia del amor, que nos cubre con su halo de misterio, que nos hace felices y vulnerables a partes iguales. Porque cuanto más dichoso es uno, más débil se siente. Y más temeroso. Así, existe el temor a abandonarse a uno mismo... el temor a no decir lo que se quiere... el temor al rechazo... y el temor... a amar demasiado. Aunque "cuando se ama, nunca es demasiado", decía una canción.

Siento que quizá, las palabras más hondas y sinceras son las más difíciles de pronunciar: tienen tan intenso significado que me da pena pensar que pueden desvanecerse al fluir de mis labios. Sin embargo, cuando finalmente se dicen, ese dulce sentimiento flota en el aire: ese único amor.

sábado, 6 de marzo de 2010

No quiero estar lejos de ti...

Mi interior tiembla de emoción al recordar esa fragancia mágica que nutre nuestros espacios. No es un aroma cualquiera; es el aura que te rodea, que te hace brillar ante mis sentidos y que atrapa mi existir para hacerme dichosa. No puedo más que mirarte así.

El capricho de templar mi piel con ese delicado contacto atraviesa mi alma y perfora mi subconsciente; casi me quita el aliento. No puedo resistirme.
Derretida como gotas de caramelo, no puedo más que abandonarme a ese instante, a ese rato en que tus ojos me iluminan como estrellas fugaces y transmiten tanto en silencio.

Ese roce piel con piel en medio de la oscuridad me hace enmudecer, porque las palabras son insensatas frente a un hecho tan delicioso.
Quiero volver a sentir tus labios envolviendo los míos y tu calor atrapando mi ser. No se me ocurre más bonita manera de recibir el amanecer.

sábado, 13 de febrero de 2010

Cómo expresar...

Contenta, ilusionada, anhelando volver a ver esa luz y esperando sentir ese profundo abrazo. Subo los peldaños despacio, viviendo cada segundo, curiosa, escuchando la suave respiración al otro lado de la línea. Inquieta, veo el camino abrirse lentamente y, de la oscuridad, apenas escondido, brota tu aliento, un aroma envolvente que despierta mi sonrisa.

Me dejo llevar por los deseos de estos días, por mis sentidos, que me conducen al fondo del misterio. Este tiempo fui yo, pero faltaba ese cosquilleo que nos remueve por dentro, que el ser humano a veces no entiende, que dirige la inconsciencia y calla a la razón.

El espacio no puede ser más cálido, parece albergar una añoranza contenida, inundado de intensos sonidos que acarician mis oídos y sacuden mi ser. La melodía en sí misma dibuja un aura de ternura y me parece tan bella, que creo haber olvidado qué es la realidad.
Toda mi piel se estremece y mi corazón grita con sus latidos lo que mi respirar ahogado no me deja decir.

El tiempo ha vuelto a detenerse; tu presencia mata los minutos, aparta las miserias y me condena a las debilidades. Dicen que la dicha se reduce a lo efímero, pero eternos se antojan estos instantes compartidos.

Si no te hubieras adentrado así, tan dulcemente, percibiéndote tan pleno, no habría creído que la magia del momento hizo brotar esas sinuosas lágrimas. Fuimos aliados en ese acompasado combate.

viernes, 5 de febrero de 2010

Un amor capaz de detener el tiempo



Título: La Casa del Lago

Director: Alejandro Agresti

Intérpretes: Keanu Reeves y Sandra Bullock

Género: drama romántico

Año: 2006.




Confieso que cuando vi esta película por primera vez en el cine, no me causó la misma impresión que esta segunda vez. Puede que sea porque ésta es una de esas historias que es necesario volver a ver para poder comprender perfectamente cada uno de sus detalles. Y en ello, radica su auténtico valor: en ser conscientes de los matices que en el primer visionado pasan desapercibidos.

Álex es un arquitecto que vive en la casa del lago en el año 2004 y Kate es una joven doctora que abandona esa misma casa para empezar una nueva vida, en el año 2006. Ambos comparten las cartas que se dejan en el buzón de esa casa hecha de cristal, pero cada uno vive el presente en un año diferente. Una historia original, que muestra lo inexpicable de que puedan comunicarse dos personas que viven en tiempos distintos.

Esta cinta es una interpretación mágica del amor, una visión nueva que hasta el momento no se había mostrado en el cine. Los más desengañados verán este filme como un reflejo de que el amor verdadero no existe, ya que no es posible que los protagonistas se encuentren en persona, a menos que el tiempo se detenga, lo cual es del todo imposible.

Es una muestra de que el amor puede surgir de cualquier manera, en el momento más imprevisto y a través de un medio que ya apenas usamos: el papel. Es una historia bonita de principio a fin, capaz de emocionar hasta a la persona más fría, y sobre todo, capaz de hacernos creer en el amor. Y eso es un logro en el mundo en el que vivimos.

lunes, 1 de febrero de 2010

Ese 2 de marzo, un día normal


O no... quizá sea un día especial...
hoy, el presente, el ahora...
los recuerdos del día crean mis sonrisas...
construyo nuevas alternativas...
disfruto al descubrir....
gozo de cada instante como pocas veces lo hice...
me alegro de estar viva y sentirme como tal...
mis ojos brillan a la luz del cielo, aunque esté medio nublado...
los sufrimientos del ayer...
son las indiferencias de hoy...
la tristeza y apatía de antaño...
es la felicidad y actividad de ahora...
los pensamientos que tanto daño me hicieron, se han ido...
parecen haber muerto en lo más profundo de mi memoria...

Esta mañana me desperté de un sueño...
fue real, aunque me negué a creerlo...
por miedo a que se desvaneciera de mi cabeza...
a veces, lo más bonito parece pender de un hilo...
quiero creer que esto será eterno... atemporal...
que podré sentirlo dentro de mí para siempre...
que no se irá de mi lado... no me abandonará...

Mi corazón late con fuerza... intensamente...
siento esa mirada... esa sonrisa... ese calor...
y no puedo evitar derretirme, perdida en un mar de sensaciones...
dulces, profundas... maravillosas...
mi alma tiembla... teme albergar tanta felicidad...

miércoles, 13 de enero de 2010

Dueña inútil del presente

Entre esta explosión de sentimientos que se mueven en todas direcciones, me hallo en el dilema de la correcta elección. Dicen que de los errores se aprende, pero hoy me niego a volver a equivocarme. Por ello, es preciso meditar cada gesto, cada palabra, cada instante medido al milímetro, ya que de todo ello depende la decisión final.

Conforme el tiempo transcurre a su ritmo normal, la cuestión se torna más difícil, más lejana, casi ajena. Busco la conmoción que no me deje ni el menor lugar a dudas, que me aporte la claridad que necesito, que mi corazón casi suplica y apenas localiza. Perdida en oceános de confusión, el abismo que separa ambas porciones de tierra a cada minuto se hace más grande. Y es un proceso inevitable y, en ocasiones, irreversible.

Vivo en un momento en el que no reconozco nada delante de mis ojos, por mucho que permanezca estático frente a mí. Todo me sabe igual; sólo pequeñas diferencias casi imperceptibles hacen cada elemento único, pero yo no las veo. Hoy tan sólo distingo olores, aromas que, aún así, pocas veces resultan del todo determinantes.

Añoro más que nunca aquella transparencia con la que descubrí el amor auténtico, ese que no se desvanece en cuanto existe cualquier distancia física. Ese amor por el que derramaba lágrimas felices y cuyos únicos testigos fueron aquellas paredes de piedra y ÉL.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Sin miedo a hablar

Vivir con plenitud es combinar miles de detalles y formar con ellos un complejo mosaico en el que poder reflejar nuestra alma. Resulta difícil hacer una construcción acertada, pero lo que para unos no vale nada, para otros se convierte en el centro de sus aspiraciones, en el descubrimiento principal.

Cada instante experimentado y descartado nos hace esclavos de nuestras propias exigencias. Son tantas las palabras y gestos que rechazamos y retiramos de nuestro campo de actuación, que poco nos queda donde elegir, y cada vez más oculto de nosotros.

Dar en la diana es tan complicado como tener clara la personalidad perfecta que buscamos, que nos complementará y nos hará felices. Unas veces lo vemos con absoluta claridad y huimos ahuyentados por el miedo al error, por pensar que nos podría esperar impaciente alguien mejor, por imaginar un futuro que nunca llegará a realizarse. Otras veces sabemos a la perfección lo que queremos, pero las circunstancias vitales nos alejan del objetivo, nos ponen obstáculos a veces insalvables con los que nos da pánico tropezar.

Es entonces cuando unos pocos se atreven a dar el salto, mirar a sus sentimientos de frente, ser valientes y aprender a vivir esta única oportunidad. Siempre tiene más valor arrepentirse de un acto que de una reflexión contenida, porque vivir atenazados por el miedo a lo desconocido, a lo que pasará es absurdo. Debemos ser capaces de afrontar la emoción de una posible recompensa, que sólo se basa en la actuación, el valor, la decisión y el empuje.

Nacimos en un mundo libre para poder expresar lo que sentimos y aceptar con entereza las consecuencias. Porque el que no se expone, aún no sabe nada de sí mismo. Y el amor es una constante exposición.

martes, 1 de diciembre de 2009

No se puede engañar al corazón

Tres metros sobre el cielo.


Federico Moccia.


Edición DeBolsillo, Milán, 2008, 415 páginas.




Step y Babi, la relación de pareja soñada, el equilibrio perfecto entre dulzura y agresividad, el amor intenso que todos deseamos vivir.
El mayor pecado que comete en esta primera novela Federico Moccia, una autor ya exitoso y reconocido, es recurrir a situaciones típicas, con personajes habituales y amores previsibles. No hay nada que escape de la mente del lector, no cabe lugar para la imaginación. Es la historia del tipo duro irresistible (que está cachas, por supuesto) y la niña frágil e inexperta, que aún no sabe lo suficiente acerca del mundo.

Como cabe esperar, ocurre lo que el lector imagina, tal y como lo intuye, sin sospechar la más remota sorpresa o giro en la trama. Lo único realmente sorprendente es el final, que tal y como ocurren los acontecimientos, es impensable. Mientras tanto, todo se retrasa para mantener la intriga y alargar la acción hasta el límite, pero ya desde el primer capítulo, se sabe con certeza lo que sucederá.

Me cuesta creer que el texto original, escrito a mano, fuera pasando poco a poco de un lector a otro, todos ellos cada vez más emocionados con la historia, ya que, por muy conmovedora que pueda llegar a ser, no deja de tratarse de una novela muy típica, destinada únicamente al entretenimiento ocasional en una larga tarde de lluvia, por ejemplo. No se lee rápido debido a su extensión, pero sí se digiere con facilidad, invirtiendo no más de dos semanas en ello.

En las primeras páginas, la confusión es absoluta. Decenas de personajes deambulan por sus hojas, de pasada, una y otra vez, sin que ninguno de ellos sea mencionado o tratado de manera especial. Es necesario un buen rato de lectura para poder distinguir a los amados protagonistas y a los secundarios de interés. No obstante, muchos de los nombres citados sobran y no transmiten nada al lector ni llenan la trama. Es un error utilizar tantos personajes de bulto.

A pesar de todos estos defectos, la novela muestra con claridad la ilusión del primer amor verdadero; dos adolescentes que se aman con la emoción de lo desconocido, con la fuerza nueva que les sale del corazón, y que saben que no volverá a surgir del mismo modo en el futuro.

Y es que, por muchas esperanzas que se pongan en ese único enamoramiento de juventud, todo tiende a cambiar, porque el cambio es lo que nos permite crecer y aprender de lo vivido. Una novela que merece la pena leer, pero que no será vital para nadie. Muy recomendable para los eternos románticos, que aún flotamos escuchando bellas palabras y sintiendo dulces miradas.