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jueves, 5 de julio de 2012

El deporte corre por mis venas

Reconozco que soy de naturaleza perezosa y con una marcada tendencia al sedentarismo. Ha sido así desde que nací y hasta, aproximadamente, los veinte años. A partir de ahí, un resorte se activó en mi cabeza y, como en casi todas las cosas de la vida, mi mente me condujo por el buen camino. Es curioso como, a veces, subestimamos el poder del cerebro, sin ser conscientes de que es el que nos dirige, el que nos determina las pautas a seguir en todo momento. Para eso somos racionales. 

Es fundamental tener un chip mental adecuado a aquello que queremos conseguir. Si partimos de una motivación débil o nula, es muy difícil que nos pongamos en marcha. Ahora que he vuelto a engancharme al deporte, me siento mal si un día no puedo practicarlo. Es como una droga sana que nutre mis venas de una felicidad casi inmediata y que no puedo describir. Los problemas pasan a un segundo plano e incluso, llegan a desaparecer. Las preocupaciones no existen mientras intente superarme en velocidad, resistencia, esfuerzo y voluntad. Porque el deportista cada vez necesita más, pronto deja de conformarse con las metas establecidas o con los resultados obtenidos que quizá hace dos meses, le eran inalcanzables. 

Los perezosos como yo partimos de un momento extremo en el que, después de largos meses de inactividad absoluta, nos planteamos qué demonios estamos haciendo con nuestra vida. Esta sensación tan negativa se acentúa si, además, hemos estado tres años previos siendo los deportistas por excelencia de nuestro grupo de amigos y conocidos, cuya admiración era palpable aunque normalmente, no se expresase con palabras. Personalmente, me sentía orgullosa de mí misma, de permanecer casi una hora corriendo por el parque a la vez que escuchaba mi música favorita, y también satisfecha de los cambios que se estaban gestando en mi cuerpo. Gemelos más fuertes y definidos, tripa casi plana (lograr unos abdominales perfectos, para una mujer es prácticamente un sueño imposible), brazos torneados, rodillas visibles (no es ninguna tontería) y, por encima de todo, un organismo sano y fuerte, a prueba de resfriados y virus inoportunos. 


Desde el punto de vista del individuo sedentario, es mucho más fácil y cómodo ser de constitución delgada, tener un metabolismo altamente acelerado por sistema, un organismo a prueba de bombas y una habilidad sorprendente para quemar las grasas, según caen en el estómago. Solo así, uno podría tirarse horas en el sofá viendo la tele, comiendo todo tipo de snacks que haya por la casa y haciendo lo que realmente le gusta: leer, escribir, el cine o navegar por Internet; habitualmente, casi nada que implique actividad física. Así escrito, se ve muy triste, pero es la realidad de gran parte de la sociedad actual. 
No obstante, la cosa está en que hay gente a la que una de las actividades que más le gusta es hacer ejercicio y, por supuesto, me incluyo en ese grupo. 

Aunque el inicio tenga su base en unas ideas tan perjudiciales, lo cierto es que quien empieza a practicar deporte, no suele abandonarlo. Si los motivos para continuar son auténticos, la actividad continua se convierte en una forma de vida estable, inalterable por el paso del tiempo ni por el entorno. El ejercicio debe provocar, en sí mismo, una satisfacción profunda, porque si lo único que se busca es perder peso en una época transitoria, en cuanto se consiga el objetivo marcado, se abandonará, con la falsa convicción de poder mantener los kilos logrados hasta ese momento sin mover ni un dedo. 

  
El deporte es puro placer, gozo intenso con cada paso que se da, excitación con cada nueva cima que se pisa, hormigueo en las piernas como signo inequívoco del esfuerzo bien realizado. Si nunca se ha practicado, requiere un tiempo adaptarse y seguir un ritmo aceptable, pero después, la recompensa es maravillosa. Para ser felices, regalar sonrisas por doquier y ver la vida con optimismo, la mejor medicina posible es la actividad física en todas sus variantes (por supuesto, el sexo no queda excluido). El sudor limpia nuestro cuerpo y purifica nuestra mente. Descubrir el deporte significa amarlo. 


lunes, 4 de junio de 2012

La obsesión por sentirse sano


La ortorexia fue descubierta por el doctor Steven Bratman, que empezó a hablar de ella en 1997, aunque no se popularizó hasta el año 2000 cuando publicó su libro Los yanquis de la comida sana, en el que hablaba del problema. El término procede de las palabras griegas orthos que significa “justo” o “recto” y exia que significa “apetencia” o “apetito”. Consiste en una obsesión por comer sólo alimentos sanos, libres de conservantes, colorantes, aditivos o cualquier otra sustancia artificial, y que nace de la cultura ecológica. 


En los últimos años, en España han aumentado los casos de ortorexia. Aún no puede calificarse como enfermedad porque no se ha reconocido como un trastorno psiquiátrico y además, no se han encontrado parámetros para distinguirla del hecho de mantener una dieta saludable y equilibrada. No hay que confundirla con dietas sanas llevadas a cabo con sentido común y dentro de unos límites normales porque la ortorexia es llevar una alimentación sana exagerada. Según Bratman, “los ortoréxicos desarrollan sus propias reglas alimenticias, cada vez más dañinas y específicas”. Él lo sabe bien, ya que a finales de los setenta inventó su propia dieta formada por vegetales recién cogidos del huerto y se alimentó así durante muchos años hasta que un día, después de un tiempo de tratamiento con psicólogos, se comió un trozo de pizza y una copa de helado.

Las personas que tienen ortorexia sólo comen alimentos que les ofrecen garantías de calidad, que son naturales o no tienen grasas, lo que supone un grave peligro para su salud porque se suprimen nutrientes esenciales para el organismo.
Quien sufre esta patología dedica más de tres horas diarias a pensar en la comida saludable que puede tomar, prepara las comidas con días de antelación, da prioridad a la calidad de los alimentos por encima de la satisfacción que siente al comerlos o puede masticar muchas veces lo que come antes de tragarlo (el propio Bratman lo hacía hasta cincuenta veces). Si el ortoréxico no sigue la dieta sana que él ha establecido, tiene sentimientos de culpabilidad y es capaz de no comer durante días como castigo por haber tomado productos que él considera “malos”, y por el contrario, se muestra superior a los demás, con gran fuerza de voluntad y feliz consigo mismo si logra mantenerla. Su obsesión llega hasta el punto que se aleja de sus familiares y amigos porque evita comer fuera de casa alimentos que no puede controlar, lee siempre las etiquetas de los productos, cocina sus alimentos de una manera concreta e incluso crudos o en recipientes especiales (de cerámica, madera, etc.) y no sale de su casa si no es con su propia comida. Puede llegar a recorrer varios kilómetros para comprar este tipo de productos que suelen ser más caros, incluso hasta diez veces más que los productos normales. Si no los encuentra es capaz de pasar tres o cuatro días en ayunas. 

El caso más extremo fue el de Kate Finn, una californiana que falleció en 2003 por inanición. Al principio, le diagnosticaron anorexia, pero a ella no le preocupaba su peso ni la cantidad de alimentos que tomaba, sino su calidad. Algunos expertos hablan de que la ortorexia es una “anorexia mal curada”, aunque en el caso de la primera, lo que importa es comer sano y en cuanto a la anorexia, el problema radica en la preocupación por las calorías y el peso corporal. Finn comía, sobre todo, hidratos de carbono y azúcares y apenas probaba las grasas ni las proteínas: murió de ortorexia.

Este trastorno en ocasiones responde a una moda, y los más propensos a sufrirlo son las adolescentes, las mujeres (hasta en un 90%), los deportistas (en especial, los que practican el culturismo), y en general, las personas estrictas y muy exigentes consigo mismas y con los demás, las que tienen comportamientos obsesivos compulsivos o las que ya hayan tenido otros problemas con la alimentación, como anorexia o bulimia.

Las causas de esta patología son muchas. Según Manuel Serrano Ríos, catedrático de Medicina Interna por la Universidad Complutense de Madrid, “el impacto cultural de la obsesión por la propia salud le hace al ortoréxico orientarse hacia la búsqueda sistemática de alimentos saludables”, lo cual quiere decir que nuestra cultura incide directamente en este problema por la importancia que la da a la imagen. Otros desencadenantes pueden ser miedo a envenenarse por tomar alimentos que no son naturales, razones religiosas o espirituales, influencia de los medios de comunicación y la publicidad, o la excentricidad. Esto último se pone de manifiesto especialmente en algunas actrices, como Julia Roberts, que sólo bebe leche que contiene soja, Demi Moore que consume todos los alimentos crudos o Jennifer López que come tortillas hechas sólo con clara de huevo. Algunas otras causas son de carácter psicológico como la depresión, la inseguridad, dificultades de comunicación con las personas del entorno o la falta de afecto.


Por su parte, las consecuencias de llevar este tipo de alimentación pueden ser muy graves. En primer lugar, desciende la calidad de vida porque se consumen alimentos que no aportan todos los nutrientes y vitaminas que necesita el organismo, lo que a su vez, puede desencadenar desnutrición, debilidad, agresividad, desequilibrios psicológicos, tristeza, ansiedad, depresión o hipocondrías. En concreto, por tomar alimentos excesivamente sanos, se consumen proteínas de menos calidad al tomar sólo vegetales, hace falta hierro lo que puede dar lugar a anemias, son escasos las vitaminas liposolubles y los ácidos grasos esenciales, faltan oligoelementos, y en casos muy graves, se puede dar una pérdida temporal o permanente de la menstruación. Además, la ortorexia conlleva distanciamiento social.

Para curarla, es necesario tomar conciencia del problema, seguir los consejos de nutricionistas y psicólogos, y con su ayuda, aprender a comer de una manera realmente sana y equilibrada, sin obsesionarse.
No obstante, la clave para evitar la ortorexia está en seguir una dieta sana y equilibrada que incluya todos los nutrientes necesarios. Para ello, es muy importante tomar a diario frutas y verduras, carne, pescados y huevos, y nunca se deben suprimir los aceites y las grasas porque son beneficiosos para la transmisión de los impulsos en el sistema nervioso. La dieta diaria de cualquier persona debe estar formada por un 60% de hidratos de carbono (pan, pasta y cereales), un 20% de grasas y otro 20% de proteínas. Eso es lo fundamental para mantenerse sano.