viernes, 20 de abril de 2012

Habitantes prehistóricos

Fósil de un bebé dinosaurio (72 centímetros)
Inicié mi colección de libros sobre dinosaurios cuando tenía unos ocho o nueve años. Probablemente, mi afición comenzó por casualidad al ver anuncios de las entregas por televisión. Me fascinaban aquellos enormes animales de tan diversas especies que poblaron tierra, mar y aire durante unos 160 millones de años. La lista sería interminable, pero me centraré especialmente en aquellos que, por sus peculiares características, se quedaron en mi corazón (como ya imagináis, soy muy aficionada a éste y otros temas tan poco habituales; lo que llaman una freak). 
Gallimimus

El primero al que haré mención, digamos que podría tratarse de una mezcla entre reptil y pájaro. El Gallimimus, cuyo nombre significa "imitador de gallina", tenía el cuello largo, fuertes patas para poder correr, cabeza pequeña, grandes ojos y algunas plumas. Vivió a finales del período Cretácico (hace entre 83 y 65 millones de años) en Asia. Sus primeros fósiles fueron encontrados en el Desierto de Gobi casi terminada la década de 1970. Su aspecto era semejante al de las avestruces actuales y disponía de ranuras en el pico y la lengua para filtrar el agua, igual que los flamencos. 

Tylosaurus
Quizá uno de los mayores reptiles marinos de la prehistoria (conocidos como mosasaurios) fue el Tylosaurus, un gran depredador que podía alcanzar hasta 15 metros de longitud y que estuvo emparentado con las serpientes de hoy en día. Dominó el mar interior occidental a lo largo del Cretácico Superior. Por medio de su alargado hocico, embestía a sus presas, entre las que podían encontrarse peces, otros mosasaurios de menor tamaño, tiburones y plesiosaurios (otros dinosaurios que habitaban el mar). Uno de éstos últimos fue el Kronosaurus, que debió su nombre al dios Cronos, quien devoró a sus propios hijos. Su mandíbula de 3 metros y sus dientes como cuchillos le hicieron merecedor de tal denominación en recuerdo de esa deidad de la mitología griega. 

Terópodos
No podía faltar en este breve reportaje el mayor saurio depredador, de fuertes patas traseras con garras, casi inútiles patas delanteras, dos hileras de colmillos afilados que se clavaban en la carne (y que medían 15,5 centímetros), ciego y de hambre voraz. Me refiero, como es de suponer, al Tyrannosaurus Rex ("saurio tirano rey"), que medía 14 metros de longitud y unos 5,6 metros de altura. No era el único carnívoro que lideraba la Tierra, pues compartía protagonismo con otros depredadores como el Albertosaurus (descubierto en Alberta, Canadá) o el Allosaurus, por citar solo dos ejemplos. Los tres pertenecen a la amplia familia de los terópodos, es decir, son feroces comedores de carne y bípedos. 
Brachiosaurus

De cuello largo y tremendo peso era el Brachiosaurus ("reptil-brazo"), que tenía unos 23 metros de longitud (como un campo de tenis) y 12 metros de altura, lo que lo convirtió en uno de los animales más grandes sobre la faz de la Tierra. Comía hojas y brotes de los árboles más altos, por lo que era inofensivo a menos que se viera amenazado, y tenía las patas delanteras más grandes que las traseras. Vivió en el terreno que hoy corresponde a Norteamérica, África y Europa hace unos 152 millones de años. De mayor longitud aún y semejante belleza fue su compañero de la misma familia de "cuellos largos", el Diplodocus ("doble viga") que midió entre 25 y 37 metros de largo, y unos 6 metros de alto, y que vivió durante el Jurásico Superior. 

Protoceratops
Forma parte de la misma familia del tan conocido Triceratops (que lucía dos cuernos en su frente), un pequeño dinosaurio de apenas casi 2 metros de largo y un poco más alto que un perro, el Protoceratops ("cara con cuernos"). Vivió hace 110 millones de años en Mongolia, comía hojas y plantas bajas y ponía huevos. 


Oviraptor
Un dinosaurio único en su especie que robaba los huevos del Protoceratops (y los de otros animales) fue el Oviraptor, que recibió su nombre precisamente por eso (significa "ladrón de huevos"). A pesar de creencias iniciales, pues sus fósiles se encontraron cerca de un nido que se pensó que estaba atacando, no se alimentaba de huevos. De hecho, más tarde se descubrió que se trataba de su propio nido. Parecido a las aves, de pequeño tamaño y peso ligero, su existencia tuvo lugar hace 75 millones de años en Asia. 

Para finalizar, expresaré que podría escribir un reportaje de veinte folios acerca de ésta gran pasión que siento por los dinosaurios. Sostengo que como mínimo, habría sido curioso que estos animales hubieran existido en la actualidad. En ese caso y con toda seguridad, nuestras preocupaciones serían ahora muy distintas. 


jueves, 19 de abril de 2012

Amar sin condiciones


Título: Querido John
Autor: Nicholas Sparks
Género: novela
Editorial: Roca Editorial, S.L.
Número de páginas: 316



Esta vez hice las cosas a la inversa de como suele ser habitual: primero vi la película (hará unos tres años quizá) y hace una semana y poco, el libro cayó en mis manos. Un día, cuando ya estaba a punto de salir de la biblioteca y sin tener intención alguna de llevarme nada en ese momento, mis ojos se posaron sobre la portada de la novela. Un poderoso deseo de leer aquello me alcanzó al instante. 

Reconozco que comencé sin ganas. Como ya había visto la historia reflejada en la pantalla y en su día me había parecido algo estéril, no volqué demasiado entusiasmo al leer las primeras líneas. Estaba reviviendo sobre las páginas unos hechos ya conocidos y carentes de novedad, pero a medida que fui avanzando, me sorprendí. También me influyó el hecho de que el autor, Nicholas Sparks, hubiera escrito El cuaderno de Noah, que inspiró una de mis películas más queridas. 

Contada en primera persona por el protagonista, John Tyree, un soldado del Ejército, se narra una historia de amor bastante común. Lo que la hace diferente a las demás, e incluso especial, son los elementos que se van introduciendo como pequeñas pinceladas dentro de un cuadro manchado con trazos oscuros. Digamos que la luz le llega a través de las porciones de humanidad que vemos en los diálogos y los actos de los personajes. Savannah, la otra mitad de la pareja enamorada, aporta una visión del mundo que muchos quisiéramos encontrar a nuestro alrededor. La satisfacción que ella siente por el sencillo gesto de ayudar a los demás no se encuentra a menudo en el ser humano. 

El autor del libro centra todo su interés en mostrar la parte más emotiva de la historia. Prueba visible de ello es que las descripciones que realiza sobre las actividades más mecánicas y rutinarias de John dentro del Ejército son bastantes escasas y apenas ocupan unos pocos párrafos. Por tanto, Sparks deja de lado la vocación profesional del protagonista y hace más hincapié en los sentimientos del día a día, lo que realmente nos hace personas y nos motiva a seguir viviendo con toda intensidad. 


Por supuesto, el amor ocupa el hueco más destacado entre las páginas y queda manifiesta una perspectiva más realista de las que estoy acostumbrada a ver y leer. El enamoramiento es lo más bello que viven John y Savannah (no podría negar eso), pero en este libro, priorizo otras cuestiones que el lector debería valorar por encima de eso. 

El síndrome de Asperger, enfermedad que padece uno de los personajes (no diré quién para no destripar la lectura), es uno de los temas que aborda la novela y que me pareció de suma importancia. Considero que, a través de esas palabras escritas, se intenta concienciar al lector sobre esta enfermedad y algunas otras relacionadas. Se nos ofrece una lección muy valiosa que siempre deberíamos tener en nuestra mente: el conocimiento es básico para comprender a nuestros seres queridos y, más aún, si sufren algún tipo de dolencia. 

Es una novela recomendable. Mucho más rica en detalles que la película (que se hizo posteriormente y perdió fidelidad y emoción en el proceso, como suele ocurrir en casi todos los casos de adaptaciones cinematográficas) y capaz de provocar el nacimiento de alguna lágrima en lectores especialmente sensibles (la que escribe esta crítica cada vez lo es más). Así, Sparks tiene la habilidad de convertir un texto sencillo en un mensaje de esperanza para todos aquellos que no muestran su cariño tanto como deberían. Y enlaza las palabras con la calma de quien sabe a conciencia lo que quiere transmitir y porqué, hasta llegar a un final de sabor delicioso. 

martes, 17 de abril de 2012

Un rato azucarado


Título: Todos los días de mi vida

Director: Michael Sucsy
Género: drama romántico
País: EE.UU.
Año: 2012
Reparto: Rachel McAdams, Channing Tatum, Sam Neill


Antes de entrar a la sala de cine mis expectativas eran altas. Típica historia romántica, cargada de sentimientos y emoción, bañada en grandes dosis de dramatismo e interpretada por una de mis actrices favoritas (me enamoré de ella la primera vez que la vi en El diario de Noa) y en compañía de un actor que también me encandiló en su momento en Querido John.

No me cuesta nada reconocer y defiendo sin vergüenza alguna que me fascinan las películas de amor. Cuanto más intensas, apasionadas, desgarradoras y dolorosas, mejor. Porque el dolor reflejado en la pantalla nos descubre sufrimientos propios que creíamos ya enterrados. Y todos sabemos que, en el fondo, nos encanta rememorar nuestras propias penas porque de este modo parece que no nos sentimos tan solos. Es como si fuéramos conscientes de repente de que lo que uno ha sentido por amor, también lo ha padecido el de la butaca de al lado en mayor o menor medida. 

Es por eso que fui tan convencida al cine. Me esperaba un argumento de los míos, con los que disfruto totalmente, a través de los cuales me olvido durante dos horas del resto del mundo y me dejo empapar por el romanticismo y la belleza del amor. El tema está basado en hechos reales y ciertamente, se ciñe a ellos de principio a fin. 

Destaco, por supuesto, la interpretación de McAdams. Es una chica de tremenda expresividad, capaz de hacernos reír o llorar con un sencillo gesto. No puedo decir lo mismo de su compañero de reparto, Tatum, cuyo estatismo facial reduce en consideración las posibilidades de apreciar un verdadero sufrimiento por parte de su personaje, como cabría esperar. No obstante, debo reconocer que no lo hace mal del todo, pero le falta veracidad. 

La primera media hora del filme es la novedad. No conocemos a los personajes y se nos hace una presentación positiva de ellos, destacando los aspectos más bonitos de la relación que mantienen. Todo casi idílico hasta el momento en que ella sufre el accidente y pierde la memoria. A partir de ese instante, la propia trama se complica y la atención del espectador empieza a decaer progresivamente. 

Las dosis de amor proyectadas son excesivas. Vale que a uno le encanten las tartas de nata con almendras (a mí la primera), pero si las come durante quince días seguidos, termina por aborrecerlas. Aquí sucede lo mismo: tanto azúcar concentrado llegar a ser un pelín agotador, y se hace casi insoportable al final de la cinta. No obstante, la historia no se hace demasiado pesada, aunque la recomendaría más para una tarde de domingo en casa, en buena compañía y con un gran cuenco de palomitas sobre la mesa. Más que nada, para que nadie pueda arrepentirse por haber pagado para ver semejante final. 

Echo en falta un realismo necesario en este tipo de películas. Ya nos gustaría a todos que el amor durase para siempre y que se mantuviese al mismo nivel con el paso de los años, los roces, las discusiones y los desgastes inevitables de la convivencia. Cierto es que no se trata de algo imposible, puesto que solemos maravillarnos cada vez que nos encontramos por la calle alguna pareja de ancianos cogidos de la mano dedicándose miradas cómplices. Si ellos lo han conseguido, ¿por qué no los demás? Y eso es precisamente lo que transmite el cine: el amor eterno, casi una utopía, poco real. 

Por último, tengo que plantear varias preguntas que me asaltaron al salir de la sala de proyección: ¿podríamos volver a enamorarnos de la misma persona si la hubiésemos conocido en otro momento u otro lugar? ¿Y si hubiésemos perdido la memoria, como le ocurre a la protagonista? ¿Una pareja está destinada a permanecer unida en cualquier circunstancia? Creo disponer de las respuestas. Y confieso que no me agradan. 




Cada uno a lo suyo

Hoy me apetece expresar la opinión que me merece la sociedad actual. Observo una caída en picado de los valores de antaño. Nos movemos por las prisas, los celos, las envidias, la ambición, el "sálvese quien pueda", el deseo de quedar por encima de los demás, la motivación de pensar en uno mismo de un modo cada vez más egoísta. Los avances en muchas materias a lo largo del último siglo nos han convertido en lo que somos. Y, en algunos aspectos, me entristece. 

Cada vez queda más atrás ponerse en el lugar del otro ("empatía" lo llaman), manifestar comprensión, compartir lo tuyo con los demás, pensar en el de al lado antes que en uno mismo, valorar a las personas por lo que son y no por lo que aparentan. Ya no nos detenemos a analizar lo que está bien y lo que está mal. Somos nosotros mismos. 

Hace unos días, con motivo del centenario del hundimiento del Titanic se emitió un programa en el que escuché una comparativa que me llamó poderosamente la atención. Por un lado, la actuación ejemplar del capitán del transatlántico, cuya única motivación fue salvar a la mayor cantidad de pasajeros posible, y que murió en el barco. Por otro, la actitud vergonzosa de quien estuvo al frente del Costa Concordia, que aprovechó la mínima oportunidad para ponerse a salvo el primero. 
Dicen que, en situaciones límite, nadie sabe a ciencia cierta cómo podemos actuar, ya que el miedo nos paraliza. 

Destaco actitudes con las que, particularmente, me siento decepcionada. Como esperar un interés de los demás que nunca llega, o lo hace con retraso. Esto me hace plantearme en qué lugar me quedo y cuál es el rincón que me corresponde en esta sociedad. A veces, me da por pensar que podría tirarme meses en Nueva Zelanda (país que me encanta, por otro lado) y solo tres personas echarían en falta mi presencia. Quien dice tres, dice cinco, una o ninguna. Y sé que mucha gente piensa de la misma manera. Esto es así porque hoy en día cada uno va a lo suyo. Sin más. 

Donde más se aprecia el egoísmo es en las que voy a llamar "amistades sentimentales". Digamos que la oferta de amor en la época que vivimos es muy amplia. Nuestro objetivo es divertirnos, pasar buenos momentos con la persona de turno (que conocemos en una discoteca cualquiera una noche de tantas), vernos un par de días más (o una semana, a más tardar) y a por el siguiente. Porque no solemos quedarnos al lado de alguien con facilidad; los vínculos y compromisos sentimentales brillan por su ausencia. Y es aquí donde entra en juego lo que mencioné al principio: "es que no quiero estar con nadie", "me siento atado", "no quiero perder mi libertad", "no tengo tiempo para dedicarlo a una pareja". Yo, yo y YO. No pensamos en nadie más. Sencillamente, porque ahora no se estila. 

Quizá soy demasiado sentimental; tengo plena conciencia de ello. O puede que no haya conseguido adaptarme aún a esta ausencia de humanidad que respiramos a diario. Me considero una persona que pone mucho de su parte para lograr que los de mi entorno se sientan a gusto la mayor parte del tiempo (sé que, por lo menos, lo intento) y por eso, me desequilibro cuando no encuentro lo mismo. Debería haber nacido en otra época. O haber llorado más, no lo sé. 



domingo, 15 de abril de 2012

Abajo la monarquía

Para empezar, desde aquí condeno el asesinato de animales sea del tipo que sea, pero con más énfasis si se trata de la caza mayor. Me parece vergonzoso que nuestro monarca se haya ido a Botswana a matar elefantes. Es un acto tan despreciable que no encuentro las palabras adecuadas para expresar mi malestar. 

Si ya transmití en su momento (también a través de este blog) mi absoluto rechazo hacia el asesinato de toros en las plazas, en este caso no podía quedarme atrás. Y mucho menos teniendo en cuenta además el momento de crisis aguda que estamos atravesando. Hace un mes ó dos, si no recuerdo mal, el Rey se atrevió a decir en público que la situación laboral de los jóvenes de nuestro país le quitaba el sueño. Estos días, después de conocer la noticia de que se había roto la cadera al caerse mientras se encontraba de caza, en las redes sociales algunos bromearon con que esa "falta de sueño" había influido en dicho accidente.

Muchos creímos que sus palabras eran sinceras. Pobres ilusos. ¿Cómo le va a quitar el sueño que los jóvenes no encontremos trabajo, si es capaz de matar elefantes empleando el dinero que a nosotros nos falta? Insólito. Y encima, qué pena que se ha roto la cadera. Pobrecito. Otro gasto más que tiene que afrontar la Sanidad en una operación que se podría haber evitado. Sin listas de espera, en habitación propia, atendido de la mejor manera y por los mejores especialistas. Mientras, los demás hacemos cálculos para llegar a fin de mes y rezamos cada día por encontrar un trabajo fijo. De vergüenza. 

Siempre he defendido la abolición de la monarquía y ahora con más fuerza que nunca. Supone un gasto que se debería eliminar por completo, ya que considero que la Familia Real no tiene ninguna utilidad. Para salir de esta crisis, deberíamos empezar por acabar con esta institución que se promociona, se va de viaje constantemente (a "trabajar", dicen), pasa unas vacaciones con las que los ciudadanos de a pie nunca podríamos soñar y, para rematar, asesina animales con total impunidad. Abolición YA. 

Un paraíso de naturaleza y color

Maquillo estas letras de verde, como no podía ser de otro modo. Es el color que me ha acompañado en estos últimos cuatro días de sol, lluvias, niebla, viento y granizo. Es el tono que me gustaría ver a diario en el lugar donde vivo, pero he comprobado que el buen tiempo y una vegetación sana y abundante no casan. 

Debo destacar que una de las cosas que más me ha llamado la atención de Asturias (ésta ha sido la segunda vez que he estado allí) es el exceso de confianza que se respira entre los habitantes del lugar. Allí todo es de todos, nadie teme dejar sus cosas al pie de las escaleras de su hogar, no se preocupan por dejar las puertas de entrada a sus fincas totalmente abiertas permitiendo las miradas indiscretas de forasteros. 

Lo de los animales también es curioso. Asombra la tranquilidad de vacas, ovejas y cabras, ajenas al ruido de los coches sobre las carreteras comarcales que pasan justo a su lado. Dos cabras nos sorprendieron en el arcén de la calzada de camino al Naranjo de Bulnes, inmersas en alguna especie de juego y ajenas a nuestro paso por allí, incluso cuando nos detuvimos casi por completo para observarlas. También, destaco el equilibrio de algunas ovejas cuya zona de pasto se situaba en plena pendiente de la montaña. Un movimiento en falso y podrían haber caído rodando, pero continuaban comiendo bajo la lluvia como si no hubiera un mañana. 

Infinidad de pueblos se abren paso entre las montañas, mientras desafían la ley de la gravedad y asumen el riesgo de un progresivo desgaste en las rocas sobre las que se construyen sus muros, producto de las incesantes lluvias. La mayoría son pequeñas aldeas, de no más de diez casas, muchas de ellas abandonadas ó desgastadas por los temporales. Todas ellas muestran un encanto especial, con las fachadas coloreadas principalmente de azul, naranja, morado, verde ó rosa. Sus ocupantes parecen gente humilde, a pesar de vivir en casas que dejan a más de uno con la boca abierta, dada su belleza y su exquisita apariencia exterior. 

Por último, mencionar las ganas que me han quedado de hacer alguna ruta de senderismo. El tiempo no ha acompañado, aunque nos concedió una tregua un par de días. La subida a los Lagos de Covadonga despertó mis deseos más profundos de recorrer toda esa zona a pie, empaparme con sus paisajes, subir cada cuesta, respirar cada porción de naturaleza pura y aire fresco. En definitiva, sentirme integrada dentro de aquel lugar, uno de los más bonitos que he visto nunca. 

Por eso me queda pendiente volver. Ya me empiezo a preparar para ello. Ya queda menos. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Un sabor nuevo y emocionante

Miedo, inseguridades, terror a perder parte de mi libertad por algo que pudiera ser totalmente pasajero, frustración por querer y no poder. Lucha interna entre mi cabeza y mi alma, falta absoluta de iniciativa, estatismo emocional. Dolor al recordar experiencias pasadas, temiendo que pudieran repetirse. Conformismo, comodidad al verme asentada en la rutina.


Algo de todo eso murió poco a poco, a medida que fui probando sus labios y dejándome arrastrar por su calor: el de sus brazos y el de su corazón. Mis barreras han ido cayendo como castillos de naipes movidos por el viento, mis propias defensas son débiles ante estos nuevos sentimientos que van creciendo. Mis miedos van a la par que mis sensaciones.


Me resisto a confiarme del todo, a perderme en este precioso paisaje que se presenta delante de mi. Pero al mismo tiempo, no puedo ir en contra de la corriente. Me siento incapaz de negar lo que ya es obvio, estos sentimientos que me han sorprendido por completo.


Hay muchos tipos de amor, y cada uno se vive de un modo diferente. No recuerdo haber percibido algo similar a lo que vivo ahora... o quizá, mi cerebro olvidó el pasado para hacerme mucho más feliz el presente. Lo único que puedo confirmar es que me gustaría que esto fuese eterno, que el tiempo se detuviera en el hoy y el ahora y que las circunstancias externas no pudieran empañar ningún momento delicioso.