viernes, 11 de mayo de 2012

La telebasura y otras sustancias

Igual que las drogas o algunos alimentos, como las salchichas, existen ciertos programas televisivos que generan una adicción que escapa a nuestra percepción y nuestro conocimiento. Es un efecto que casi nadie se atreve a reconocer, ya que parece bastante absurdo. Dicen que uno es adicto cuando modifica sus hábitos y su vida en general en favor de aquello que le genera la adicción. Conozco mujeres de avanzada edad que cancelan sus reuniones vespertinas con las amigas para poder ver Sálvame, en Telecinco. Ciertamente, es admirable esta conducta: soportar cuatro horas de gritos, peleas, acusaciones, insultos y comportamientos lamentables tiene su mérito. 

El concepto de telebasura nació hace ya unos cuantos años para denominar todos los contenidos emitidos en la caja tonta que no aportan interés cultural, que carecen de rigor (o lo tienen en escasa medida), que indagan en la vida privada de ciertos personajes, que invaden la intimidad o que ofrecen una puerta abierta al cotilleo del ciudadano. En ellos, se fomenta la polémica, el morbo y el sensacionalismo para atraer la atención de los espectadores. Los ejemplos más destacados hoy en día los representan dos programas de la misma cadena: Sálvame y Gran Hermano, aunque la oferta es infinita, especialmente en canales secundarios como MTV España o Divinity. 

Como periodista, en parte me avergüenzo de la televisión que tenemos porque no nos educa ni nos informa como debería; solo nos entretiene. El entretenimiento es importante y necesario, siempre y cuando se dé dentro de un marco de variedad de contenidos sanos y limpios, donde no aparezcan personajes turbios ni historias manchadas por el escándalo o la hipocresía. No obstante, en nuestras pantallas lo que suele divertirnos no es eso. Observamos con curiosidad los males de otros, juzgamos lo que nos muestran sin conocer a los portadores de la información ni el alcance real de sus datos, vemos en la vida de los demás lo que, posiblemente, nos gustaría tener en la nuestra. Y el que sostenga que no lo ha hecho ni siquiera una vez, demuestra que miente. 

Claro está que no todas las emisiones de telebasura son iguales ni influyen en el público de la misma manera. Sin duda, lo peor que hemos podido ver en años es el programa presentado por Jorge Javier Vázquez y cuya presentadora adjunta es la estrella nacional Belén Esteban (el lector apreciará mi ironía). Necesito con urgencia que alguien me explique cómo ha llegado esta señorita a ser la mano derecha de Vázquez y a tener programa propio (he leído por ahí que se estrena esta misma noche; que Dios nos ampare, si es que existe). Es insultante para la profesión periodística que una persona tenga sexo con un torero y por ese único motivo, lleve diez años en la televisión, opinando, mostrando a España su nula cultura, su vulgaridad verbal, su falta de estudios y de vergüenza. Como persona, me provoca indiferencia; pero invade mi terreno profesional y es cuando genera mi rabia y frustración. 

Ocurre un fenómeno inexplicable cuando uno se sienta a ver Sálvame (nunca he comprendido que la gente no reconozca que lo ha visto alguna vez; las audiencias hablan por sí solas). Hablen de lo que hablen los que se hacen llamar colaboradores, sus palabras te atrapan, empiezas a sentir curiosidad, quieres saber más, y te descubres embobado contemplando la pantalla con cara de imbécil. Cuando te das cuenta de ello, al menos ha transcurrido medida hora inútil en la que no has hecho nada de provecho. Es del todo ridículo, pero ocurre. 

Hay que saber reírse de uno mismo
En el caso de Gran Hermano, el embrujo es distinto. Quienes lo vemos, buscamos ver un reflejo cercano a nosotros mismos a través de las personas que conviven en esa casa. Contemplamos situaciones que pueden darse en la vida real y que nos permiten analizar posibles actitudes nuestras en circunstancias similares. Todo esto es muy bonito y podría resumirse es que somos potencialmente cotillas, lo cual quiere decir que quien aún no lo es, terminará siéndolo tarde o temprano. El cotilleo es genético.


Confieso estar absolutamente enganchada a esta actual edición del concurso; no recuerdo haber visto otra ni remotamente igual de emocionante. La forman los mejores concursantes, sin lugar a dudas, de estos 12 años de éxito arrollador. Inteligentes, carismáticos, divertidos, muy buenos en la convivencia y que saben mantener la compostura en términos generales. Opino que se trata del contenido de telebasura menos dañino, pues es vida misma, autenticidad, a pesar de basarse también en el morbo y la polémica. 

A dos semanas, como mucho, de que acabe GH, me pregunto qué veré entonces para matar los ratos de aburrimiento en casa. Han sido cuatro meses y pico observando vidas ajenas y ya nada será igual. Es uno de los efectos secundarios de la telebasura: esa absurda sensación de vacío  nocturno que deja los días de entre semana cuando ya no lo emiten. Creo que empezaré a ver Jersey Shore para quitarme el mono. 


jueves, 10 de mayo de 2012

El regreso de Stifler

Título: American Pie: el reencuentro.
Directores: Jon Hurwitz y Hayden Schlossberg 
Reparto: Jason Biggs, Chris Klein, Seann William Scott, Alyson Hannigan, Tara Reid. 
Año: 2012
País: EE.UU.








El título con el que he decidido encabezar esta crítica de cine no es casual. Considero que Steve Stifler se merece todo el protagonismo, a pesar de encontrarse en un puesto más bien secundario en los créditos finales. Sin este personaje irreverente, descarado, abierto mental y sexualmente y con un gran sentido del humor, ninguna de las películas de American Pie hubiese tenido tanto éxito. Es uno de esos personajes necesarios que aportan un significado real a la historia y le dan un toque absolutamente canalla. 

Esta vez, el grupo de amigos formado por el mencionado Stifler, Jim, Oz, Kevin y Finch decide reencontrarse en una fiesta previa a una reunión de antiguos alumnos. Ya no son aquellos adolescentes con las hormonas disparadas (o al menos, no tanto), cuya meta era perder la virginidad. Las vidas de todos han cambiado y no tardarán en ser conscientes de ello, para bien o para mal. 

Antes de ver el filme, es fácil asumir que después de tantas entregas de esta comedia gamberra, es bastante complicado mantener el listón tan alto como en las anteriores. Los diálogos siempre han sido ingeniosos, ocurrentes, cargados de doble intención y excelentes para despertar sonoras carcajadas del público. Todo eso podría hacer pensar que, en este caso, sería más de lo mismo, pero con un poco menos de gracia. Sin embargo, no es así. Los guionistas realizan un gran trabajo al lograr mantener las conversaciones y las situaciones más absurdas al mismo nivel o, en ocasiones, en un escalón superior. 

Asumo el hecho de que no habría ido a verla al cine de no ser porque tenía descuento en la entrada, ya que es una cinta más adecuada para verla en casa. La sala se encontraba llena a rebosar e incluso, había varios sexagenarios casi más entusiasmados por ver la película que los jóvenes allí presentes. En las bromas o los chistes ridículos se reían como el que más y me fascinó su libertad para disfrutar de una comedia así de desenfadada, sin complejos. 

Es una maravilla observar a estos amigos en la gran pantalla, ya que son un fiel reflejo de los jóvenes de hoy. Con sus diálogos, manifiestan el razonable proceso que conlleva la evolución desde la adolescencia hasta la edad adulta, y los cambios recogidos por el camino. Cuando teníamos quince o dieciséis años, todos llevábamos un Stifler en nuestro interior; éramos una explosión de sexualidad con piernas, hacíamos bromas sencillas y vulgares y no teníamos mayor preocupación que gustar a aquel compañero/a de clase especial. Es la edad la que modifica el sentido de todo. 

Por ello, es una cinta recomendable para recordar con nostalgia las primeras películas, apreciar el crecimiento interior de los personajes y satisfacer los deseos de comedia y distensión del espectador por medio de la genialidad que vuelven a demostrar los actores. De nuevo, son estupendos los encuentros entre Jim (encarnado por Jason Biggs) y su padre, o la falta de modales de Stifler en todo aquello que se propone en relación a las mujeres. 
Escenas míticas en la pequeña historia de esta pandilla. 


miércoles, 9 de mayo de 2012

Dueños del asfalto

Mi novio es motero. No un motero al uso, de esos que dan paseos tranquilos por la carretera, que disfrutan del paisaje, del canto de los pájaros, del soplo del viento a un lado y a otro, de la suave brisa que apenas les roza la cara, del sol que broncea su piel en verano. No es de esos que si llueve, encierran sus motos en el garaje o las colocan sobre la acera junto a la entrada de su portal y esperan que haya días más favorables. Ni de esos que pueden encenderse un cigarrillo o consultar su reloj al detalle mientras conducen, dada la suave velocidad a la que circulan. No. 

Pertenece al grupo de los moteros locos. Ama la velocidad como otros amamos el deporte, el footing, el senderismo, el cine, la pintura, el puenting, la escalada, la espeleología, el arroz con salchichas y bacon (qué buen experimento culinario, tendré que probarlo). Qué sé yo. Mil cosas que podrían gustarle y va y le gusta correr con la moto; adelanta Ferraris a casi 210 kilómetros por hora, como quien se pone a ver la tele un sábado por la noche. ¿Preocupada yo? Para nada. 

Mi actitud con respecto a las motos ha pasado por tres etapas. La primera, cuando era más joven y no detectaba peligro por ninguna parte. Incluso me atreví a montar un día en una de esas motos que yo llamo "campestres" porque son más altas, parecen más ligeras y tienen las ruedas más estrechas. De esas que a mí siempre me ha dado la impresión que son adecuadas para circular por terrenos llenos de barro sin que importe lo sucias que puedan acabar. Y lo peor es que me monté sin casco (el conductor tampoco lo llevaba) y por una carretera de urbanización mal asfaltada y con badenes. Tentando a la muerte. 

La segunda etapa la conformó el miedo que empecé a tener cuando comprendí que mi pareja podía acabar con un hueso roto (o algo peor) el día menos pensado. Fueron meses tensos en los que vivía pendiente del móvil y cuando se retrasaba más de lo habitual en contestar a mis mensajes, me ponía nerviosa perdida. Mi mente imaginaba tragedias remotas en miles de situaciones posibles, teniendo en cuenta factores desfavorables, como arena en la calzada, lluvia, viento, granizo o un rayo que pudiera caer sobre su cabeza de repente. Sería cosa del amor. 

La tercera y última fase es la que vivo ahora. He dejado de pensar tanto y vivo más relajada, aunque mantengo mi principio de no montar en moto nunca más. Creo que vivir es el resultado de una serie de probabilidades estadísticas que no conviene alterar en lo más mínimo. Ya cuando me saqué el carnet de coche y empecé a conducir, me percaté de que morir en un accidente era, al menos, un cincuenta por ciento más fácil que antes, como es obvio. Por eso, pienso que en el caso de las motos, también es así. Un movimiento mal realizado y al suelo, una curva mal trazada y de bruces, un resbalón accidental y a comer gravilla. Quizá exagero bastante, lo sé, pero una no puede evitar sus pensamientos y actuar en consecuencia. 

Para mí todas las motos son iguales y por eso, las conversaciones sobre el tema me aburren profundamente (no podría aguantar más de una hora seguida escuchando lo mismo). Digamos que únicamente alcanzo a distinguir tres tipos con mi propia clasificación: campestres, deportivas y ruidosas. Sin duda, las más bonitas, en mi opinión, son las deportivas verdes o naranjas; son colores que me fascinan pintados sobre cualquier vehículo. 
Los moteros siguen una religión propia. Lo saben absolutamente todo acerca de las dos ruedas (marcas, modelos, trucos, novedades, complementos) y hacen ellos mismos las revisiones mecánicas y algunas reparaciones. Sin conocerse de nada, se ayudan incondicionalmente, se hacen amigos, son capaces de recorrerse miles de kilómetros por otro motero que necesite su ayuda y no temen a la muerte (en ocasiones, parece que incluso la buscan). 

Las concentraciones en distintos puntos de España y del extranjero y las rutas en grupo son su estímulo en la vida. Suponen el chute de energía y de adrenalina que toda persona necesita. Al fin y al cabo, la meta de todos es la misma, por lo que es respetable la manera en la que cada uno quiere llegar hasta ella. 


martes, 8 de mayo de 2012

Un virus controlado, pero real

En España, a día de hoy, hay unas 130.000 personas infectadas por el VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana; también conocido como HIV) y en el mundo, ascienden a 40 millones. Cifras preocupantes si tenemos en cuenta que desde 1979 (año en que se tuvo constancia de los primeros casos de enfermos de Sida en Nueva York), la información sobre su prevención se ha multiplicado y el número de enfermos ha descendido de forma notable. No obstante, la excesiva confianza y los descuidos siguen jugando malas pasadas. 

ORIGEN
Existen dos teorías importantes acerca de los orígenes del VIH. Por una parte, la primera afirma que el Sida surgió entre ciertas especies de monos en África y los seres humanos fueron contagiados a través de una mutación. Esta creencia no se sostiene demasiado porque es difícil defender que se trate de una mutación natural, ya que los virus que suelen sufrir las personas y los primates son muy distintos al del Sida. Además, los primeros enfermos en África fueron localizados en 1983, mucho después de los primeros registrados entre los homosexuales en Nueva York. 

Por otra parte, se encuentra la teoría del profesor Jacob Segal, antiguo director del Instituto Biológico de Berlín, que investigó a fondo y descubrió que el VIH podría haber sido creado por el hombre por medio de la ingeniería genética. Sus ideas toman forma a partir de la composición del virus que provoca la enfermedad: es muy parecido a una dolencia cerebral que padecen las ovejas y que no se contagia al ser humano, que recibe el nombre de Visna (de hecho, el VIH y el Visna tienen el mismo genoma); y al mismo tiempo, contiene una porción del código genético del HTLV-I, un tipo de leucemia que ataca a los linfocitos T y que no suele ser mortal. 
Es imposible que tanta semejanza se haya producido de manera natural a causa de la evolución. Esta afirmación, por supuesto, no ha sido demostrada y, de hecho, se ha intentado silenciar.

TRANSMISIÓN
Hay dos tipos de virus del Sida: HIV-1 y HIV-2, y los dos agreden al sistema inmunológico e invaden los linfocitos T. La forma de transmisión más evidente es por medio de la sangre, ya sea por transfusión, operaciones quirúrgicas, inseminación artificial o que dos zonas con heridas sangrantes entren en contacto directo. Otro es el contagio por las relaciones sexuales, a través del semen y el flujo vaginal. Y por último, puede trasladarse de una mujer embarazada a su hijo, ya sea durante el embarazo, en el parto o en la lactancia. 

Una vez contraída la enfermedad, puede existir un período de entre dos y nueve años después de la transmisión en el que no se producen síntomas de ningún tipo. No obstante, entre las dos semanas y los tres meses posteriores al contagio, pueden darse evidencias que lo confundan con la Mononucleosis infecciosa (que recibe el nombre popular de "enfermedad del beso"). 

El Sida causa un deterioro importante en el organismo de la persona afectada. Es fundamental iniciar el tratamiento lo más rápido posible. Hay que saber que el VIH puede presentarse en el organismo libremente o bien, encontrarse dentro de una célula (esto último es más habitual). Después, lo capta un macrófago (célula que presenta antígenos, encargados de generar la respuesta inmunitaria) y lo extiende al resto del cuerpo. 

SEROPOSITIVOS Y ENFERMOS
El seropositivo es aquel individuo que se ha contagiado por el VIH, pero que no presenta síntomas durante varios años, por lo que el virus se encuentra adormilado en su organismo. Esto se produce porque su cuerpo ha conseguido un equilibrio entre el virus invasor y las defensas (aparato inmunitario). No obstante, al ser portador del virus, puede contagiar la enfermedad. 

En cambio, el enfermo de Sida es aquel que empieza a sufrir las consecuencias de la enfermedad, cuando su sistema inmunitario cede y desciende el nivel de los linfocitos T. En ese instante, aparecen los síntomas del Sida y las llamadas Enfermedades Oportunistas, más difíciles de tratar al haberse perdido la capacidad inmunológica. 

El tiempo que transcurre desde que el virus aparece y se encuentra dormido hasta que surgen los primeros síntomas y anticuerpos recibe el nombre de "ventana". Es necesario que pasen un mínimo de tres meses desde el contagio para que el VIH pueda ser diagnosticado de forma fiable. 

TRATAMIENTO A SEGUIR
El Sida es incurable. A pesar de los últimos avances en las investigaciones (se habla de una posible vacuna a largo plazo), no existe ningún tratamiento que pueda vencer a la enfermedad. No obstante, desde su aparición hasta hoy, se ha logrado que los infectados puedan tener una vida completamente normal, ya que, por medio de los fármacos adecuados, el virus queda totalmente controlado. Es necesario empezar a medicarse antes de que los síntomas del VIH hagan su aparición. 

Actualmente, existen quince fármacos que se utilizan contra la infección. El tratamiento está formado por la combinación de varios de estos fármacos antirretrovirales, que detienen la multiplicación del virus en las células (replicación) y evitan el deterioro inmunológico. Además, reduce las posibilidades de que aparezcan otros virus oportunistas. Se conoce como terapia antirretroviral de gran actividad o TARGA. Gracias a estos tratamientos se han reducido los ingresos hospitalarios y la mortalidad en los enfermos. 

CÓMO PREVENIR
Es evidente que la mayoría de la población sabe qué debe hacer para evitar posibles sustos. Sin embargo, es alarmante la falta de responsabilidad de los jóvenes (y de algunos adultos), que confían demasiado en sus parejas sexuales. Hoy en día, la promiscuidad es un hecho generalizado y por ello, más que nunca, hay que aumentar las precauciones, con el uso de preservativo en todas las relaciones de riesgo y mayor protección en aquellas prácticas que puedan facilitar el contagio. 

domingo, 6 de mayo de 2012

RELATO CORTO: Experiencias de Ana. El primer contacto


Mi primer beso fue con dieciséis años. Era una chica ingenua, tímida, que vestía a la moda (aquellos pantalones de campana morados nunca se irán de mi memoria) y que aún no se depilaba las cejas (por entonces, tampoco creía que tuviera que hacerlo nunca). Me consideraba resultona, totalmente del montón y apenas había empezado a salir por ahí por las noches, ya que era la época de las sesiones light a las cinco de la tarde (nada de alcohol en salas llenas de gente de nuestra edad). Lo más arriesgado que había hecho hasta el momento había sido entrar en Estrella (discoteca mítica a la que habían acudido también nuestras madres hacía más de una década) con sólo quince años (se podía entrar a partir de los dieciséis). Por entonces, aquello me pareció una gran hazaña. Mi adolescencia transcurrió con cierta normalidad hasta que llegó aquel sábado.

Sábado 8 de marzo de 2003. En torno a las diez de la noche. Ningún plan nocturno a la vista. De repente, tuve noticias de mi amiga Carmen, que me contó que se iba de fiesta por los garitos del barrio y me invitó a irme con ella. Acepté, a pesar de saber que íbamos a salir las dos solas con un montón de chicos que no conocíamos, exceptuando al nuevo ligue de mi amiga, al que conoció a través de la Red y que solo había visto una vez. Por lo tanto, no tenía muchas expectativas con respecto a aquella noche, pero sí quería divertirme y distraerme un rato.

Así, en aquella salida, conocí a un grupo de amigos. Esa noche uno de los chicos me llamó la atención desde el primer momento. De piel tostada, delgadito, de sonrisa tímida y pocas palabras, muy pronto empezó a abrazarme y quiso conocer mi boca (así eran esas cuestiones entonces y ahora). No le permití gran cosa aquel primer día, puesto que mi timidez y total inexperiencia no me dejaron avanzar ni una pizca. Además, por aquella época, yo aún soñaba con príncipes azules y pensaba que los chicos debían escribir cartas de amor para mí, perseguirme y volverse locos por querer estar conmigo (años más tarde descubriría que las cosas nunca han sido así y que el cine de Disney fue muy perjudicial para las niñas de mi generación). En cambio, aquella rapidez de acontecimientos me descolocaba. Por eso, preferí quedar con él al día siguiente por la tarde, para conocerle un poco y no permitir que la oscuridad de la noche me confundiera.

Tuvo que llegar el próximo sábado para que yo permitiera el acercamiento físico. Recuerdo el primer beso de mi vida con mucho cariño, y curiosamente, es el que más recuerdo de todos los que me han dado. Quizá, la novedad permitió que a día de hoy pueda casi percibir las sensaciones que me deparó. Fue un beso suave, lento, extraño. No me lo esperaba así, más que nada porque nunca dediqué tiempo a imaginármelo. Me sentí rara, pero a la vez, con muchas ganas de explorar, de aprender, de sentir. Desconozco hasta qué punto él supo o fue consciente de mi inexperiencia, pero me gustó ese contacto. Echo la vista atrás, comparo, y creo recordar que esa fue de las pocas veces que alguien se dirigió decidido hacia mí, ya que últimamente tengo la costumbre (buena o mala, todavía no lo sé) de ser la que toma la iniciativa en ese sentido.

Él se llamaba Enrique. Casualidad o no, el que llegó a continuación, mi primer novio, también era de su tierra de playas de aguas cristalinas. 

                                                                                              ANA

sábado, 5 de mayo de 2012

Metabolismo caprichoso

Los dulces y los alimentos grasientos no están hechos para las personas que tienen tendencia a engordar con facilidad. Está demostrado que a quienes están delgados no les gusta tanto comer como a los gordos o a aquellos que tienen sobrepeso, quitando excepciones, claro. ¿Por qué? Nunca he entendido que, teniendo un metabolismo a prueba de patatas bacon and cheese fries y otras guarrerías similares, los delgados no se aprovechen de ello. ¡Comed cuanto queráis! ¡No vais a engordar! En cambio, con un triste cuenco de puré de verduras y un filete de pollo a la plancha ya se sienten lo bastante saciados como para no querer nada más. Es razonable que se sientan llenos antes, si tenemos en cuenta que el estómago de cada uno adapta su tamaño en función de lo que ingiramos habitualmente. 

Existe el caso contrario, en el que la gente esbelta y estilizada come sin parar y no suma ni un solo gramo. Este fenómeno es realmente curioso, puesto que la lógica nos dice que cuanta más comida te lleves a la boca, más pesarás; igual que cuanta más harina haya, mayor número marcará la báscula de precisión. Pues nos equivocamos completamente. Existe un término, metabolismo, que da al traste con todas nuestras ideas al respecto. Dependiendo de la persona, su peso, su estatura, su nivel de actividad física y su genética, el metabolismo basal (el gasto de energía diario) irá variando. Por eso, siempre habrá individuos que coman lo justo y engorden con el más ridículo exceso, y gente que se atiborre y conserve un peso pluma. 

Comer es uno de los grandes placeres de la vida (según ciertos estudios, hay hombres y mujeres que prefieren un sabroso plato sobre la mesa antes que sexo) y tener buenas curvas es maravilloso y saludable. Sin embargo, mi mente racional no comprende cómo es posible coger tres kilos en una semana de vacaciones en una zona costera. Vale, es por el buffet de los hoteles y por no hacer deporte (si vamos al norte de España, la cosa se complica aún más; ¡lo que comen allí!), pero aún así, ¿qué sucede realmente? Pienso que, al pasarnos todos esos días en remojo (de la playa a la piscina y viceversa), es como si se abriera un pozo sin fondo en el estómago (siempre se ha dicho que el agua da hambre). He podido comprobar que terminaba de desayunar, me metía en la piscina y en cuestión de una hora, las dos tostadas con (abundante) mantequilla, las cuatro galletas (integrales, eso sí), la magdalena tamaño XL, el zumo de naranja natural y el cola cao se iban por el desagüe. De repente, es como si no hubiera comido y, pasada una hora más, volvía a tener hambre. Increíble. 

Algo parecido ocurre en las casas rurales con amigos. Nunca hay suficientes bolsas de patatas fritas, cheetos, phoskitos, cacahuetes y almendras para saciar ese hambre voraz que te nace en los encuentros sociales. Es evidente que, en compañía, comemos el doble e incluso el triple que en situaciones habituales. El caso es que, haya gente o no, ¿quién puede resistirse a las delicias culinarias que existen hoy en día? Cada vez hay más novedades en el mercado (me hice asidua del helado de pistacho en cuanto lo probé), generalmente, auténticas bombas calóricas creadas por el hombre con el único fin de exterminarse a sí mismo, dulce y lentamente. 

Nadie me afirmará que existe defensa posible ante una buena pizza familiar de queso de cabra, bacon, champiñones, extra de queso y nata (la carbonara original no lleva queso de cabra; se lo he añadido yo para que esté más rica en mi esquema mental). Combinación explosiva de ingredientes que amenaza con provocar el estallido de las arterias en el momento menos pensado, pero no tan letal como la que contiene la pizza barbacoa (al menos, una se cuida un poco). 

Mención aparte reciben todos los dulces habidos sobre la faz de la Tierra. El otro día, en un mercadillo medieval de Móstoles (Madrid), osé probar un dulce típico de Hungría (nunca me atrevo, de primeras, a probar cosas de otros países; llamadme conservadora) y cuál fue mi sorpresa al descubrir que sabía a Roscón de Reyes. ¡A Roscón! De repente, mi paladar recordó las navidades, los polvorones, el mazapán y el turrón. ¡Turrón de queso con arándanos! Nunca habrá otro igual. 

Me ocurre a menudo: nombro un tipo de dulce y me vienen a la memoria montones de variantes y alternativas posibles. Sé con certeza que mi mayor perdición vital sería trabajar en una pastelería, por motivos opcionales: podría volverme loca con tanta tentación a mi alcance, o acabaría aborreciendo todo aquello que contuviera azúcar, lo cual sería una verdadera lástima. 

Creo que la solución para acelerar mi metabolismo (además de hacer ejercicio, por supuesto) sea hacerme vegetariana, aunque no le veo sentido a eso de comer lechuga casi todos los días, por mucho que fuera francesa. Soy más de bocata de bacon con queso, anacardos garrapiñados y tortitas con nata. Qué le voy a hacer. 


viernes, 4 de mayo de 2012

Mosaico de palabras

A veces, puede ser divertido experimentar con las palabras y escribir lo primero que acude a nuestra cabeza, sin tener en cuenta si tiene sentido o guarda una coherencia. Eso hice anoche a través del creador de notas de mi teléfono móvil, cuando me encontraba viendo la televisión y mi mente comenzó a divagar sin rumbo. 

A continuación, plasmo las líneas que me nacieron en ese instante: 

"Retazos de porciones de dulce sabor. Emociones contenidas que traspasan el fondo de lo efímero a través de llamas de un calor incandescente. Partículas de polvo disuelto en el olvido, que asemejan el tacto de un aroma envuelto en dolor. Mordiscos que bañan el recuerdo de una historia que se hizo humo con el paso de días inútiles. 

Craso error cometido cuando nuestra vida traspasa fronteras. Amores de un juicio prematuro; dioses perdidos en el lecho de un desperdicio. Cosas que ratifican un amor pasado. Escenas abiertas a cualquier final de cauces insospechados e imprevistos. Olores que saben a desdicha perdidos en esencias que no les corresponden. Frascos de sabiduría envueltos en mantos de un color irradiado en la penumbra". 

Como el lector comprobará, son dos párrafos formados por frases sueltas que no mantienen cohesión ni tienen significado alguno en su conjunto. Mi cerebro unió palabras que le resultaron atractivas de forma inconsciente y las hizo aflorar. Esta actividad viene bien si lo que uno busca es, únicamente, disfrutar del placer de escribir, sin más.