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miércoles, 5 de agosto de 2015

Como la vida misma

Título: Una rata siempre sabe cuándo está con una comadreja
Autor: David Aragonés Cuesta
Editorial: Bohodón Ediciones
Número de páginas: 305


Confieso que esta novela me ha devuelto las ganas de recuperar este blog, ya que me ha gustado lo bastante como para hacerme sentir que escribir en este rincón vuelve a merecer la pena. Y se trata de un hecho curioso que el texto me haya encantado, si tenemos en cuenta que el libro permaneció sobre mi mesa durante muchas semanas, quitándome espacio, estorbando, sin que le hiciera el menor caso. No sé si era por el título (ya de por sí, extraño) o por la portada, que, a priori, no me decía absolutamente nada. 

El caso es que hace unos días, se produjeron pequeños cambios en mi vida y, sin pensármelo demasiado, decidí empezar a leer de nuevo (tres meses sin tocar un libro, para mí es mucho tiempo). Creo que es de las pocas historias que he leído en toda mi existencia que ya me gustan desde la primera página, ya sea porque desde el principio, se intuye que se aproxima buen contenido, o por la magia que se percibe con las primeras palabras. 

Se cuenta la historia de Bea, una estudiante de periodismo (no puedo dejar de sentirme próxima a ella) que entra en contacto con su escritor favorito, Virgilio Peñalo, por una serie de circunstancias que no describiré aquí porque me propongo, con mayor empeño que nunca, no desvelar detalles que puedan destripar la novela en lo más mínimo. Digamos que narra cómo dos personas, radicalmente opuestas, que pertenecen a mundos muy distintos (aunque cercanos en ciertos momentos), se encuentran en el curso de la vida, ambos atrapados en sus propios miedos y temerosos de mostrar sus sentimientos. 

Si a alguno de los que lee estas líneas se le ha pasado por la cabeza pensar que es una novela de amor más, ya puede ir desechando tal idea. Nada que ver. Amor hay, eso se palpa desde el inicio, pero no es el típico relato sensiblero, capaz de llevar al hastío incluso a la lectora más fanática del género romántico. Nada de eso. Es un contenido brutal, maravilloso, cargado de detalles del día a día, de sensaciones que todos tenemos, de impresiones equivocadas, de falsas apariencias, de inseguridades. La novela es como un pingüino (no, no me he vuelto loca) que acoge bajo su panza al lector que se siente perdido, incomprendido, y le muestra un camino que le ayuda a no sentirse tan solo, al mismo tiempo que le traslada el mensaje de que hay más personas como él, que no es un bicho raro, dentro de un mundo en el que no está muy claro qué es ser normal y qué no. 

Destaco una frase del narrador, que escribo textualmente: "esto es la vida, un desfile de lágrimas del cual descojonarnos...". Se entiende que todo es relativo, que nada es tan grave como para que después de haber llorado un rato, no asome una sonrisa serena, amplia, que muestre que todo está bien, que nada es irreversible, salvo lo obvio. 

El final deja un reguero de desconcierto, difícil de asumir en un primer momento. Es un tira y afloja, una atracción emocional llena de vaivenes que, a veces, acercan y otras, alejan. En definitiva, es una lectura obligatoria. Pero de esas que te llenan. 



sábado, 31 de mayo de 2014

No soy yo (3)

Finalizo mi lectura del informe médico y levanto la vista hacia mi psiquiatra, con la última palabra impresa aún haciendo eco en el interior de mi mente: canibalismo. Se trata de un término que me resulta completamente lejano, imposible de concebir en una sociedad moderna y civilizada como la nuestra. Por unos segundos, incluso creo que Ortega me está gastando una broma de mal gusto, aunque deshecho deprisa esa idea; el asunto parece lo bastante grave como para tomárselo a risa. A pesar de mi estupefacción, me identifico en todos los síntomas descritos en ese papel, ya que es exactamente lo que he padecido desde hace semanas. 

Mientras intento asimilar toda la información, noto cómo regresa la taquicardia y se intensifican de nuevo los sudores y la presión en el pecho. No podría acertar con exactitud los minutos que transcurren desde que saco mi navaja multiusos del bolsillo de mi vaquero, hasta que decido clavársela en el cuello a Ortega y hacerle un corte violento y profundo, mientras él grita sorprendido y se lleva las manos a la garganta, con desesperación. Salgo corriendo de la consulta y finalmente, le abandono a su suerte, moribundo, tirado en el suelo. Todo sucede con la rapidez propia de los desequilibrados mentales, que se levantan un día de buen humor y de repente, su cerebro les empuja a cometer atrocidades sin ningún sentido. 


Camino hacia mi coche con una tranquilidad que da escalofríos. Estoy sobrecogido por mi propio comportamiento, me siento relajado, eufórico, dueño de un poder sobrenatural que acabo de asumir y que no quiero que desaparezca. Consigo reprimir mi impulso de matar a golpes a dos personas que se cruzan conmigo en el aparcamiento. Dos hombres jóvenes, diría que de mi edad, que charlan entre ellos, intercambian bromas y carcajadas. Me molesta su felicidad, me cabrea que la gente viva tan ajena a los problemas del resto, a las dificultades de las personas como yo, que tenemos mucho dinero, pero nos sentimos siempre insatisfechos con todo, vacíos. Me invade un odio visceral hacia la raza humana, un sentimiento tan negativo que me provoca náuseas. 

Ya en el coche, pienso dónde podría ir. Lo tengo: a casa de Eva. Me limpio la sangre de las manos con unas toallitas húmedas que ella misma me metió en la guantera, por si algún día las necesitaba. Qué forma tan curiosa de estrenarlas. Arranco y voy en busca de mis dos niñas. Sin duda, les extrañará que vuelva tan pronto de aquel viaje que me inventé, pero en este momento, me da todo igual. Acabemos ya con esta gran farsa que es vivir, con este sinsentido ridículo. 

Eva abre la puerta y en cuanto me ve, me sonríe. Es una mujer muy alegre, se ilusiona mucho por cualquier cosa; pobrecita, qué engañada está. Le cuento una historia sobre mi avión, que se ha retrasado, y que eso me permite quedarme unas horas más con Isabel y con ella, las dos mujeres más importantes de mi vida (mi madre también lo fue en su día, antes de que se me cruzaran los cables y decidiera ahogarla dentro de su propia bañera; estaba ya muy mayor). En cuanto mi hija me ve, viene corriendo a abrazarme. La estrecho entre mis brazos y cierro los ojos, mientras aspiro su aroma a vainilla y ese champú que envuelve su pelo con fragancias florales. Soy feliz. 

Le propongo un juego a Isabel: que ella se encierre en el baño, mientras su madre y yo buscamos lugares en toda la casa donde poder escondernos. Acepta encantada. Una vez que está metida en el cuarto de baño, pongo el pestillo de la puerta por fuera, al mismo tiempo que Eva me mira sin entender nada. Le pido que guarde silencio y la cojo de la mano para conducirla al dormitorio, donde vuelvo a cerrar con el pestillo. No puedo soportar estas brutales ganas de sexo y el hecho de que no haya tocado a Eva desde hace casi seis años, no me va a impedir satisfacer mi deseo. 

Me acerco a ella como un animal sediento, la sostengo de la nuca y la beso en los labios, ansioso, metiendo mi lengua en su boca, con voracidad. Ella al principio se resiste, percibo cómo sus manos tratan de que mi cuerpo retroceda, pero después, se deja llevar. Le gusta que la domine, lo noto. Soy brusco y la empujo con fuerza sobre la cama, para tumbarme sobre ella y levantar su falda. Descubro que no lleva bragas: agradable sorpresa. Pero entonces, ella se aparta. Me pregunta qué demonios estoy haciendo, porqué parezco tan desesperado. Sigo en mi empeño de llegar hasta el final, pronto, sin que me importe lo más mínimo lo que ella quiera. Forcejeamos y yo llevo ventaja, hasta que Eva coge la lámpara de la mesa de noche y me la estampa en la cabeza. Me mareo, siento un inmenso dolor y ya no puedo ver.  


Diez años después de aquello, me encuentro en una prisión psiquiátrica. Al final, asesiné a Ortega por nada, ya que no pude evitar lo que él me anunció que sucedería. No he vuelto a ver ni a Eva ni a Isabel desde el día de mi intento de violación. Sinceramente, lo único que lamento es no haber podido consumar aquel día con la madre de mi hija, el resto me da lo mismo. Creo que no soy tan buen padre como pensaba y que me merezco estar aquí encerrado. De otro modo, sé que soy un verdadero peligro para la sociedad. No obstante, hoy tengo un buen día. Mañana es posible que ya no me acuerde ni de quién soy. 


viernes, 30 de mayo de 2014

No soy yo (2)

Eva se ha sorprendido al verme aparecer de nuevo por su casa apenas dos horas después de haberme llevado a la niña. He tenido que mentirle: me ha surgido un imprevisto laboral ineludible y estaré fuera un par de días (soy el director creativo de una agencia de publicidad). Isabel ha estado de morros durante todo el trayecto en coche hasta allí; no ha entendido que quisiera "deshacerme" de ella tan pronto, con lo bien que lo estábamos pasando, tal y como ella misma me ha confesado, con tales palabras. Me siento el peor padre del mundo, pero aunque he intentado razonar con mi psiquiatra, el doctor Ortega, enseguida he recordado que es un hombre cabal, que jamás me habría pedido que acudiera con urgencia a su consulta si no hubiese un motivo de peso.

Así que, ahora mismo, me encuentro otra vez en el coche, conduciendo en dirección al despacho de Joaquín Ortega, situado en pleno centro de Madrid, en una zona donde aparcar se convierte siempre en una auténtica odisea. El tráfico es abrumador. Estoy detenido detrás de una gran hilera de vehículos, cuyos conductores tocan el claxon sin parar, como si ese gesto pudiese sacarles del atolladero. Me cubro el rostro con ambas manos, mientras suspiro lentamente; otra vez siento ese extraño cosquilleo que recorre todo mi cuerpo, esa incómoda presión en el pecho, por lo que me resisto a mirar a cualquier persona que haya a mi alrededor. Cierro los ojos y me cubro los oídos, para amortiguar el ruido lo máximo posible. Percibo cómo mi ritmo cardíaco se acelera, empiezo a sudar, primero de manera sutil, y poco a poco, de una forma más evidente y visible. 

Son los síntomas de un ataque de ansiedad o de pánico o, al menos, eso me dijo Ortega. Sin embargo, me cuesta creerlo, ya que nunca antes me había ocurrido. Soy un hombre que no sabe lo que es agobiarse, a pesar de que ocupo un puesto de cierta categoría y responsabilidad que, en ocasiones, me lleva al límite de mi capacidad intelectual. Además, existe otra razón por la que creo que mi psiquiatra se equivoca: tan sólo hace tres semanas que convivo con esta angustia, justo cuando me recuperé totalmente de un virus desconocido que contraje en la India, donde fui por trabajo, y que me obligó a permanecer en la cama durante varios días con fiebre muy alta.  Él se niega a establecer una relación entre mi convalecencia y lo que me sucede desde entonces. No obstante, para mí está claro que la hay. 

La calle comienza a despejarse de coches, despacio. Por fin consigo avanzar y estaciono el coche en un aparcamiento subterráneo. He notado cierta mejoría, pero aún sigo sudando cuando subo las escaleras hasta la consulta. Ortega me recibe con un apretón de manos, en su línea; es un hombre incapaz de traspasar esa barrera física, a pesar de que me conoce muchísimo mejor que mi propia madre. Me invita a sentarme y no se anda con rodeos. 


"Verás, Samuel, lo que te voy contar te va a sonar a chino. Ojalá estuviera errado, pero tengo que darte la razón: no tienes ansiedad. Sólo tengo constancia de un caso como el tuyo, pero la descripción que da el enfermo en cuestión, un hombre de mediana edad de Cambridge, es idéntica a la tuya. He tenido que contrastar la información con mucha gente de la profesión, porque lo cierto es que no podía creérmelo, pero el resultado no da lugar a dudas. Vamos a tener que ingresarte en un centro psiquiátrico, por tu propia seguridad y por la de los demás, por supuesto". 

Le observo con tal gesto de incredulidad, que él mismo asiente con la cabeza mientras me mira fijamente a los ojos: "el paciente británico tuvo tus mismos síntomas, y mientras los padecía, se abalanzó sobre sus hijos, los mató a golpes con un cenicero y después, los cocinó y se los comió". A continuación, se levanta de su silla, abre un cajón y coloca mi informe médico sobre mis manos. Leo toda la hoja en silencio, un papel que nunca hasta entonces me había mostrado: 

PACIENTE: SAMUEL GARCÍA OSBORNE
FECHA DE NACIMIENTO: 23/10/1980

DATOS PREVIOS A CONSIDERAR: ADICCIÓN A LOS SOMNÍFEROS Y A LA COCAÍNA DURANTE TRES AÑOS, LEVE LUDOPATÍA. TRATAMIENTO PSIQUIÁTRICO. MEDICACIÓN DESDE HACE OCHO AÑOS. 

SÍNTOMAS ACTUALES: SUDORES FRÍOS, PRESIÓN EN EL PECHO, TAQUICARDIA, SENSACIÓN DE ANGUSTIA, NÁUSEAS, HAMBRE VORAZ Y REPENTINA, TEMOR IRRACIONAL Y ODIO INJUSTIFICADO HACIA CUALQUIER SER HUMANO. GRAN APETITO SEXUAL. LIGERO IMPULSO HOMICIDA. 


DIAGNÓSTICO PREVIO Y PROVISIONAL: CANIBALISMO (?)


miércoles, 28 de mayo de 2014

No soy yo

He construido un castillo de naipes maravilloso. Mi pequeña Isabel, que hace unos días cumplió cinco años, me mira embelesada, con esos ojos tan verdes y tan inocentes. En mi etapa vital más oscura, además de relacionarme con sustancias nada saludables, me introduje temporalmente en el mundo del póquer, más por curiosidad que por motivaciones económicas. Y fue entonces cuando, en mis ratos libres, aprendí a crear estructuras complejas con las cartas, hasta que un día me cansé de perder billetes de quinientos y guardé la baraja en un cajón. En los últimos años, sólo la sacaba para jugar con mi hija o fingir que era un gran mago capaz de sacar naipes de detrás de sus tiernas orejas. 

A ella le encanta estar conmigo. Lo sé con certeza, por el brillo que salpica su mirada cada vez que voy a recogerla a casa de su madre, y por cómo corre a mi encuentro, emocionada, cuando la sorprendo a la salida del colegio. Es lo más bonito que he hecho en mi vida, lo más espontáneo, lo más natural e importante: concebir a mi pequeña. Sin embargo, cuando Eva me comunicó que estaba embarazada, no reaccioné como la mayoría de los hombres lo habrían hecho en tal situación; soy demasiado consciente de eso. Desaparecí del mapa, estuve tres días sin contestar a sus llamadas, encerrado en la casa que me compré en plena montaña, a la espera de algún acontecimiento que me hiciera reaccionar y dejar de comportarme como un gilipollas. 

Lo cierto es que en aquel momento, sólo conocía a Eva desde hacía un mes y poco. Nos habíamos acostado apenas una decena de veces y de repente, en una de ellas, de manera inesperada y bastante improbable, se había quedado en estado. Mi asombro y también mi impresión de haber tenido muy mala suerte (a estas alturas, porqué no reconocerlo), me la jugaron y me impidieron pensar con claridad. Ahora sé que las circunstancias de entonces no justifican en absoluto mi reacción, mi pasividad ante el asunto. 


Me costó hacerme a la idea de que iba a ser padre con veintinueve años (una edad muy razonable para muchos varones, pero muy temprana para mí: un hombre irresponsable que arrastraba demasiadas adicciones y traumas). No obstante, a medida que se iba acercando el momento del parto, pude percibir el agradecimiento silencioso que me dedicaba Eva, en cada uno de sus abrazos, en su forma de cogerme la mano cuando la acompañaba a hacerse las ecografías. No éramos pareja, pero sí amigos, compañeros en aquel gran viaje que habíamos iniciado sin pretenderlo. 

El alumbramiento de Isabel nos unió como familia de manera definitiva. Eva permaneció en la sala de partos durante seis horas y sufrió varias complicaciones. Estuvo a punto de morir y de llevarse con ella a nuestra hija, pero los médicos las salvaron a ambas, finalizada la terrible agonía. El mejor regalo que jamás podría tener, ya me había sido otorgado. Tuve la sensación de que, a partir de ese instante, no podría permitirme más errores en mi vida, pues el cupo ya estaba completo. Mi mayor aspiración sería ser un padre y un amigo ejemplar. 

Isabel sonríe, pícara, y mi mira con timidez. Sé lo que va a hacer a continuación, la conozco bien. Acerca sus manos traviesas a los naipes que forman la base del castillo y los empuja lentamente, mientras disfruta de la destrucción que está provocando. Las cartas se desmoronan, una a una, como piezas de dominó, y la miro con esa cara de enfado fingido que suelo poner, pero que después transformo en una amplia sonrisa. Mi niña no soporta que le hagan cosquillas en los pies, así que la levanto rápidamente de su silla, la cojo en el aire y la tumbo en el sofá, para proceder a quitarle los calcetines. Ella empieza a gritar, con un gesto en el rostro que está a medio camino entre la histeria y la más absoluta diversión. Me abalanzo sobre ella y la colmó de besos, en la nuca, en el cuello, en los brazos, en sus suaves mejillas. No puedo ser más feliz; creo que ella tampoco.  

De repente, suena el teléfono, con ese sonido estridente que, muy a menudo, me pone nervioso. Bromeo con Isabel y le advierto que no podrá escaparse de mí con facilidad, a pesar de esa interrupción. Descuelgo. Es mi psiquiatra desde hace ocho años y al que fui a visitar la semana pasada, el doctor Ortega. << Samuel, ¿estás con tu hija?>> Le digo que sí, que está tumbada en el sofá muerta de la risa. << Llévala con su madre ahora mismo. He tenido conocimiento de otra persona que tiene tus mismos síntomas y que vive en Cambridge. El tema es preocupante, podrías herir a Isabel >>


viernes, 23 de mayo de 2014

A... Chus!

Ainara se presentó en el centro comercial, con la inseguridad que generan, de forma inevitable, unos tacones de aguja de diez centímetros que habían sido usados sólo en cuatro ocasiones. Ni ella misma alcanzaba a comprender el porqué de elegir precisamente aquel día para ponérselos de nuevo, ya que, con ellos, se sentía como un ganso cojo. Sí, sus piernas estaban más estilizadas, su pantalón, milagrosamente, le hacía, por lo menos, un kilo más delgada y su culo parecía estar más elevado, echándole un pulso a la gravedad. No obstante, con cada paso que daba, percibía que la caída al suelo estaba más próxima. 

Era un domingo de finales de mayo, de esos días en los que no sabes muy bien cómo ocupar el tiempo libre, la típica jornada de horas desiertas y de amigos perdidos en resacas de origen inmoral. Durante las siete horas previas a la cita, se le habían ocurrido diez posibles excusas para no acudir, pero ninguna le había resultado convincente. Aquel tipo hablaba muy deprisa (le había escuchado por teléfono un par de veces), como si las palabras se peleasen entre ellas dentro de sus cuerdas vocales, por ver cuál saldría la primera al exterior. Recordaba, al menos, tres instantes en los que le había contestado afirmativamente sin tener ni la más remota idea de lo que le estaba diciendo. Es lo que sucede, algunas veces, cuando acabas de conocer a alguien: no le entiendes, pero aún así, le das la razón, generalmente por dos motivos: por cortesía y para que no piense que a) eres tonta, o b) estás más sorda que una tapia. 


Se llamaba Jesús, pero desde el principio, le anunció que todo el mundo le llamaba Chus, tal y como ponía en su nick de aquella página de contactos. Nada más empezar a hablar con él, decidió prescindir de la broma de llamarle Estornudo a partir de ese momento; no porque no fuese graciosa (a ella se lo parecía), sino porque no sabía qué clase de hombre se escondía detrás de esa pantalla, ni cómo encajaría aquel chiste absurdo.  

Su manera de escribir mensajes a través del Whatsapp despertó bastante curiosidad en ella. Se trataba de una sucesión de frases individuales, breves y correctas, construida en bloques bien diferenciados y sin una sola falta ortográfica (al menos, de aquellas que te provocan ganas de sacarte los ojos, comértelos y después, vomitarlos). Chus había superado algunas pruebas básicas para convertirse en candidato a un encuentro en persona. Escribía bien, transmitía ideas coherentes y no parecía un psicópata de polígono industrial. Por todo ello, Ainara quedó con él tan sólo cinco días después de haber empezado a charlar. 

Había dado apenas veinte pasos y ya le molestaban los tacones, pero podía verle de lejos, como una mancha borrosa iluminada con luces de neón en mitad de un bosque oscuro y vacío. Mientras se aproximaba a Chus, Ainara iba con los dedos cruzados, casi rezando para que fuese más guapo que en las fotos, tal y como él le había asegurado. A las personas poco fotogénicas les ocurre eso: se las juzga por su físico de primeras, por mucho que te aseguren que la realidad es mucho más favorable. Algo parecido a lo que sucede con los hámster: nacen y son los trozos de carne más feos del mundo; en cambio, cuando les crece el pelo, se convierten en criaturas adorables. 

Chus había dado en el clavo: su aspecto físico había mejorado mucho con respecto al de las fotografías, y cuanto más le miraba ella, más quería besarle, a pesar de que los primeros cinco minutos juntos habían sido un tanto nefastos. Su memoria no le daba para recordar a un hombre con tanta dosis de chulería por número de células corporales (con el tiempo, se daría cuenta de que nada es tan exagerado como parece en un primer momento). Jamás se habría imaginado compartiendo cita a solas con un tipo que usara náuticos (¡horror!), pero allí estaba, en aquel bar, con él, mientras ambos se estudiaban el uno al otro, hablaban de temas intrascendentes y sonreían con cautela. 

Los días les hicieron amantes, las noches les llevaron a salas de cine en las que ninguno sabía qué podía esperar del otro (ni de la película), los meses les otorgaron la complicidad de quienes empiezan a conocerse y se plantean qué les tiene reservado el presente. Ainara miraba para otro lado, pues pensaba que aquello no tenía posibilidades de avanzar, ya que estaba convencida de que aquella era una relación de transición, de esas que surgen en el período de "descanso" entre dos amores importantes, como el plátano que se come un futbolista en los quince minutos que hay entre la primera y la segunda parte del partido.  


Chus se enamoró sin darse cuenta, de forma progresiva, lenta y segura. Su mente construyó unos cimientos sólidos, a prueba de incidentes imprevistos, pero su corazón le dio la espontaneidad que le faltaba a aquella combinación de sentimientos y hechos. Ella desconfiaba, se negaba a permitir que aquel hombre de rápidos pensamientos, inteligencia inusual y palabras que se pisan unas a otras, entrara del todo en su mundo. Porque cuando una prueba algo maravilloso (como el helado de pistacho), le cuesta mucho volver a vivir sin ello, por mucho que su cerebro se haya hecho a la idea de antemano. 

Así, transcurrieron varios meses de desencuentros, de furia, de dolor, de querer superar cada vez más niveles de Candy Crush, pero sin parar de encontrar escollos con las malditas bombas de colores. Y entonces, todo se apaciguó, Ainara comprendió que Chus, de verdad, la miraba como sólo se mira a la persona que se ama, a esa única mujer que sabes que adorarás más que a ninguna en toda tu vida, y que no te permitirás dejar escapar, incluso aunque ella se despierte a tu lado, una mañana corriente, con un enorme grano interno justo en el centro del entrecejo. 

Ainara hace mucho tiempo que sabe que existen muchos tipos de amor, pero el auténtico, el que lo desborda todo, el que se lleva la poca cordura que te quedaba, ése, se presenta una única vez. Y es, exactamente, como el autobús que pasa por un pueblo perdido cada dos horas: si lo pierdes, otro volverá a pasar, pero ya no será el mismo. Y qué demonios, que Chus tiene un trasero espectacular. 


martes, 14 de mayo de 2013

Única oportunidad

Acudí a mi emisora como cada mañana, a las seis en punto. Esa vez, me correspondía presentar el programa matinal, ya que uno de mis mejores locutores había tenido que guardar reposo en la cama, después de haber contraído un desagradable virus que le estaba causando temblores y fiebre alta. Como disfrutaba muchísimo con mi trabajo, no me importaba en absoluto dedicar a mi pasión doce e incluso catorce horas siempre que fuese necesario. Ser mi propia jefa tenía múltiples ventajas y, entre ellas, el hecho de poder dirigir y moldear los contenidos radiofónicos a mi antojo. Por eso, aquel día me disponía a afrontar la jornada con un optimismo especial. 

Dentro de un par de días, iba a cumplir treinta y cinco años. Si bien se trataba de una edad que me podía generar cierta tristeza, las circunstancias en las que me acercaba a esa barrera temporal no podían ser más positivas. Después de cinco años de incertidumbre y mucho esfuerzo, la empresa empezaba a despegar de verdad; los ingresos por publicidad crecían a pasos de gigante, disponíamos de oyentes fieles que nos seguían desde el principio y algunos nuevos que se incorporaban cada semana, y formábamos un buen equipo profesional, con miembros entusiastas, implicados y siempre dispuestos a ayudarse. 


Una vez que el país se recuperó y conseguimos dejar atrás la crisis, todas las posibilidades laborales que no me había atrevido a plantear, se acumularon en mi cabeza. Y las buenas ideas comenzaron a tomar forma, gracias a mis contactos y un gran derroche de ilusión. Alquilé un local (que más tarde compré), me nutrí del suficiente material tecnológico y de grandes profesionales del medio. Partí de cero, de mis bastos conocimientos sobre aquel mundo que siempre había amado, y mis ganas hicieron el resto. A los dos años de empezar a funcionar con normalidad, realicé varias entrevistas para cubrir un puesto de locución nocturna, ya que el encargado de presentar el programa de noche se había marchado, por motivos personales que no me quiso aclarar. 

Hubo candidatos de todas las edades y muy diversa experiencia profesional. Dudé entre dos hombres y una mujer durante varios días, e incluso me planteé que crearan un espacio de mayor duración de la prevista y a tres voces. Hasta que Elías entró por la puerta de mi estudio, aquella tarde de principios de marzo. En cuanto me saludó y me estrechó la mano, tuve el presentimiento de que ya no necesitaba buscar más. Su cálida y envolvente voz, sumada al aliciente de que había trabajado durante ocho años en distintas emisoras, habían pulverizado todas mis dudas. 

Le coloqué a cargo de toda la programación nocturna y, meses más tarde, me uní a sus proyectos como voz alternativa. Juntos creamos un programa de humor y entretenimiento en el ámbito profesional, y un recorrido de pasión y complicidad en el terreno íntimo. La noche que me pidió que me fuera con él a su casa después del trabajo, supe que nuestro compañerismo se había transformado en otra cosa. No obstante, lo único que hicimos en aquel primer encuentro más privado fue conocer nuestros labios, con ternura, muy seguros de que aquello era lo que ambos queríamos a largo plazo. Y dormimos juntos, abrazados, con nuestras manos entrelazadas. Como duermen quienes empiezan a enamorarse. 


Compartimos hogar y trabajo durante dos años y medio. Transcurrido ese tiempo de amor, confianza, respeto y felicidad, Elías me anunció que se iba a vivir a Escocia porque había encontrado allí una oportunidad laboral mucho mejor que la que yo podría ofrecerle jamás. Acompañó tal información con el deseo explícito y directo de romper todo vínculo que existiese conmigo. Mi perplejidad me impidió decirle absolutamente nada y le dejé ir, sin desvelarle mi secreto de las últimas cuatro semanas: me había quedado embarazada. En el momento en que se fue, después de que yo hubiese hecho las maletas y hubiese vuelto a mi piso de soltera, tomé la decisión de que él no formaría parte de la vida de mi bebé. 

Por eso, aquel día que tuve que madrugar debido a la indisposición de mi compañero, lo último que habría esperado era encontrarme a Elías en la puerta de la emisora, con semblante serio, de culpabilidad, y un brillo en los ojos que quizá, podría haberse definido como tristeza. Esperaba verme a mí, desde luego, pero lo que no había imaginado era encontrarme con una barriga de siete meses de embarazo. Su seriedad se convirtió en desconcierto y, de inmediato, se olvidó de las formalidades y se echó a mis brazos. Me apretó contra su cuerpo, en silencio, mientras apoyaba su cabeza sobre mi hombro y se esforzaba por respirar con tranquilidad. 

Percibía su agitación interna, pero no podía más que esperar que aquella muestra de afecto tardía y sin sentido alguno terminara. Cuando se serenó, me explicó que había vuelto porque me quería y que le parecía injusto que no le hubiese contado que guardaba en mi interior un bebé suyo. Me sobraban las palabras, las suyas y las mías, por lo que me limité a escucharle, sin decir nada. Luego, le invité amablemente a que se fuera por donde había venido y a que nos dejase en paz. 

Alguien que se hacía llamar un hombre, pero que me había tratado con tal desprecio y despreocupación en su día, no se merecía ni que le mirara a la cara. Yo ya tenía lo que quería: había cumplido mi sueño profesional y, lo más importante, mi pequeña estaba en camino. Eso era todo. 


viernes, 19 de abril de 2013

Sumergidos

Eva había tomado la decisión de marcharse sola de vacaciones durante aquella semana. Sus amigas no habían podido acompañarla porque sus días libres no encajaban entre sí, pero no había dudado en alejarse del bullicio de la ciudad, aunque no tuviera compañía. Había visto en las páginas posteriores del periódico un anuncio sobre el alquiler de esa pequeña casa, situada frente a la playa, en primera línea. Estaba hecha de madera, con dos plantas, una habitación y un cuarto de baño, además de una cocina con barra americana y una reducida terraza que cumplía la función de comedor al aire libre. Le estaba cogiendo el gusto a alimentarse allí, con los primeros rayos de sol iluminando su rostro ya enrojecido; sin duda, sería una de las cosas que más echaría de menos cuando regresara a su hogar. 


Cerró la puerta y se dirigió a la orilla de la playa. Se sentó sobre la arena y cerró los ojos, mientras escuchaba el rumor de las olas. A primera hora del día, allí sólo podía encontrar algunas gaviotas que sobrevolaban la zona y varias parejas de ancianos que caminaban por la arena fría y húmeda. Era el mejor momento para rendirse ante sus propios pensamientos y recrear la abrumadora intensidad de la jornada de ayer, nada menos que su primer día de descanso en aquel lugar. Un comienzo mucho más fuerte del que había previsto. Un accidente que pudo haberse convertido en un viaje sin posibilidad de retorno.  

Había llegado cargada con su equipaje el mediodía anterior y en cuanto hubo dejado las maletas en la casa, no pudo resistirse a darse el primer baño vacacional. Se enfundó el biquini, se calzó unas chanclas y salió corriendo en dirección al mar. Ignoró por completo la bandera roja que ondeaba en lo alto de un poste en el extremo derecho de la playa y lo cierto es que tampoco le pareció extraño que no hubiera nadie bañándose. Las enfurecidas olas sí que no le pasaron desapercibidas, pero aún así, se zambulló en el agua con rapidez, sin que le diese tiempo a escuchar los gritos de advertencia del socorrista, que se había aproximado hasta ella, al percatarse de sus intenciones. 

Después de eso, ya no podía recordar más. Le habían contado que un muchacho de su edad, ruso, se había lanzado al mar para sacarla, en cuanto se dio cuenta de que no podía salir. El golpe de unas de las olas contra su pecho la había dejado sin conocimiento y mucha agua salada estaba entrando por sus pulmones. Permaneció cuarenta y cinco segundos sumergida, quizá demasiado tiempo para no sufrir daños irreversibles, pero a pesar de todo, debía dar gracias por la actuación veloz de aquel desconocido. Le informaron de que el socorrista tuvo que aplicarle técnicas de reanimación, ya que al principio, su organismo no respondía; llegaron a temer que hubiera muerto. Sin embargo, pasado el susto inicial, comenzó a escupir agua y a toser, y de nuevo se encontraba en el mundo real. 

Mientras recordaba todo eso con los ojos cerrados, alguien se sentó a su lado, no lo bastante en silencio como para no despertarla de su ensimismamiento. Abrió los ojos y se encontró cara a cara con un chico rubio y musculado, de mirada azul, nariz prominente y finos labios. Estrechó su mano y se presentó, con un castellano perfecto, pero con marcado acento ruso: "Me llamo Nikolay, no sé si me recuerdas, pero ayer te saqué del agua. He venido para ver cómo estabas. Me dijeron que vivías por aquí". Eva sonrió, complacida, y le dio dos besos en las mejillas, como muestra de agradecimiento. "Sólo he venido a pasar las vacaciones, aunque creo que no volveré a meterme en el mar". El ruso le devolvió la sonrisa y le propuso que dieran un paseo por la orilla, mientras charlaban. 

La casualidad quiso que Nikolay también hubiese sufrido hacía unos años un percance parecido. Se encontraba practicando surf, cuando una ola le arrastró con violencia contra unas rocas. Nadie le vio en apuros, así que tuvo que valerse por sí mismo para salir de allí y salvar su vida. Ambos compartían la suerte de haber vuelto a nacer gracias al destino o a las propias circunstancias, y eso construyó la base para que tuvieran interés por conocerse mejor; mucho después, incluso, de aquella semana de vacaciones, en la que no se separaron el uno del otro. 

Nikolay se mudó a la ciudad natal de Eva y aprovechó para matricularse en la universidad. Del mismo modo que el tiempo les convirtió en íntimos amigos, la confianza y un trato continuo, les transformó en pareja. Vivieron su amor con prisa, a toda velocidad, apasionadamente, sin detenerse a saborear la fuerza de su contacto. Ambos tenían un fuerte temperamento y se dejaban llevar por sus ilusiones, por sus ganas de vivir el presente uno junto al otro. Nunca se hicieron promesas, no hablaron sobre quiénes eran como pareja, no le pusieron etiquetas a aquel sentimiento único que les había unido. Y quizá, fue mejor así. 


Murieron los dos a la vez, ahogados, sentados en el asiento del conductor y del copiloto de la furgoneta de Nikolay, cuando ésta se hundió en un pantano, después de colisionar contra otro vehículo que les envió por los aires a causa del impacto. Apenas llevaban siete meses juntos. 


martes, 9 de abril de 2013

El instinto todavía vive (3)

Después de más de media hora de caminata y cuando el sol estaba a punto de desaparecer en el horizonte, llegamos al punto donde estaba situado el escondite subterráneo. Nos quedamos inmóviles allí durante unos minutos, entre la abundante tierra mojada y los arbustos altos y oscuros, observando cada mínimo detalle a nuestro alrededor. El rumor del viento primaveral que anunciaba el inicio de la noche era lo único que se escuchaba en aquella zona, pero cualquier medida de protección no estaba de más. Siempre que salíamos en busca de alimentos y dinero, actuábamos bastante lejos de aquel lugar, con el fin de garantizar la seguridad de nuestros pequeños. En el caso de que nos ocurriese algo malo, no queríamos que nuestros niños fuesen descubiertos. 

Lo más triste de aquella larga jornada es que no habíamos encontrado nada de comida, por lo que tendríamos que seguir tirando de las provisiones con las que contábamos. Transcurridos unos diez minutos de exploración silenciosa del terreno, comenzamos a cavar en uno de los montones de barro que cubrían la trampilla de nuestro hogar improvisado. Cuando finalmente vimos la anilla, tiré de ella con fuerza y esperé a que Carol bajase las escaleras que recorrían un tramo de diez metros de profundidad. Eché un último vistazo al entorno exterior y me metí tras ella, cerrando la trampilla por dentro con una pequeña cadena que me encontré un día por casualidad. 


A pesar de que desde fuera no era un espacio visible, no se trataba de un refugio del todo seguro. Por ello, nuestras salidas diarias también iban encaminadas a encontrar otra alternativa, otro hogar que nos ofreciera mayores garantías de supervivencia. Cuando llegué al cuarto de apenas once metros cuadrados, me sorprendió el efusivo recibimiento de Mara, mi hija de cinco años, que se tiró a mis brazos y comenzó a besarme por toda la cara, mientras no paraba de reírse a carcajadas. La llevé en volandas hasta uno de los colchones y vi cómo sus preciosos rizos castaños se agitaban con el movimiento. Estaba creciendo muy deprisa, cada día más guapa, y había heredado la bonita sonrisa de su madre. 

Por su parte, Thomas estaba de pie junto a Carol mirando cómo ella preparaba la cena, que consistiría en unas latas de sardinas en aceite y unas macedonias de frutas. Nuestro hijo había cumplido siete años el mes pasado, aunque no pudimos celebrarlo tal y como la ocasión lo requería. En aquel tiempo, nos tocó vivir a la intemperie durante unos días; los peores que recuerdo desde que todo empezó. Ahora teníamos electricidad, pero no agua corriente, por lo que, a menudo, lo que más nos quitaba el sueño era no encontrar la suficiente agua potable en los supermercados abandonados. La situación cada vez era más crítica para todo el mundo. 

No obstante, nuestros niños vivían ajenos a todo aquello. Para los dos, no era más que una aventura divertida que los cuatro estábamos disfrutando. Carol y yo poníamos todo nuestro empeño para que sus vidas fueran fáciles y no tuvieran ni la más mínima preocupación. Sin embargo, la tristeza que a veces se reflejaba en nuestros ojos nos delataba. Cenamos en silencio, saboreando cada trozo que nos llevábamos a la boca, puesto que podía ser el último, y un rato más tarde, los pequeños ya estaban dormidos, abrazados en el mismo colchón. 

Carol soltó un prolongado suspiro que transmitía su agotamiento, y se tumbó en el otro colchón, donde dormíamos los dos. Seguí su ejemplo y me tendí a su lado, mientras la cogía de la mano con firmeza y contemplaba sus ojos tristes. Ella entendió enseguida mis deseos y me permitió que la besara apasionadamente, pero con sigilo; debíamos ser discretos para no despertar a Mara y a Thomas. Apenas abrimos un poco las cremalleras de nuestros pantalones para facilitar la penetración. Cuando estuve dentro de ella, la paz que había estado esperando todo el día me alcanzó de forma súbita. Me moví despacio, para que mi preciosa mujer pudiera sentirme del todo, para que comprendiera que, por muchas dificultades que atravesáramos, siempre cubriría sus expectativas íntimas; las físicas y las emocionales. 


Tuve que taparle la boca cuando logró el orgasmo y yo me mordí la lengua cuando llegó el mío. Me quedé quieto, en su interior, tumbado sobre ella, saboreando el momento más delicioso de la jornada. Exhaustos y anestesiados por aquella felicidad temporal, ni siquiera escuchamos que alguien había logrado abrir la trampilla y bajado las escaleras. Fue demasiado tarde para evitar que ese hombre que nos apuntaba con una escopeta, disparara en dirección a los niños. De inmediato, me abalancé sobre él, le empujé y desvié el tiro. Después de un breve forcejeo, conseguí quitarle la vida con su propia arma y entonces, respiré aliviado. Hasta que los niños comenzaron a gritar, aterrados. 

Carol estaba sangrando. El tiro la había alcanzado en el pecho y no se movía. Corrí a su lado y comprobé su pulso. No respiraba. Estaba tan muerta como los resquicios más ocultos de mi alma. Mis hijos acababan de perder a su madre. Y puede que también a su padre, a juzgar por la desolación que me embargaba. 


sábado, 6 de abril de 2013

El instinto todavía vive (2)

Carol se quedó quieta, a mi lado. El silencio era tenso y manifiesto; ninguno de los seis se atrevía casi a respirar. El más mínimo movimiento que tuviera lugar a continuación determinaría el curso de los acontecimientos. Los cuatro hombres armados nos miraban a la expectativa, como si deseasen que cometiésemos alguna imprudencia, con el fin de facilitarles las cosas. Ninguno de nosotros era un asesino, pero la crisis mundial nos había empujado a un túnel de egoísmo y pensamientos oscuros, en el que la vida de un ser humano casi no valía nada. 

Sostuve la mano de mi amante entre las mías y con un gesto le pedí que soltara su alfanje y que se mantuviera tranquila. Ella, pese a su desconcierto inicial, confió en mi criterio y ambos nos quedamos desarmados, ante la atenta y confusa mirada de nuestros cuatro enemigos, que decidieron aproximarse a nosotros, despacio, con excesiva cautela. Cuando se encontraban a tan sólo dos metros de distancia, nos informaron de sus intenciones. Uno de ellos, un anciano de corta estatura y pelo largo y cano, comenzó a hablar, mientras nos apuntaba en tono acusador con su cuchillo: "queremos vuestra parte del botín. No os vamos a matar, sólo cogeremos el dinero y nos iremos. Dejad los billetes en el suelo y nos marcharemos. Prometido". 


No pude evitar sonreír al escuchar las descaradas palabras de aquel desconocido, que nos daba falsas promesas de libertad. Sabía con certeza cómo acababan aquel tipo de conflictos y si de algo estaba seguro, era de que las personas que eran asaltadas pagaban su mala fortuna con la muerte. Aquel sería nuestro desenlace, desde luego. Los cuatro hombres se miraron unos a otros, molestos por mi sonrisa fuera de lugar y de repente, se acercaron mucho más, hasta que pude sentir el filo helado del sable de uno de ellos sobre mi mejilla derecha. Solté a Carol, levanté ambos brazos por encima de mi cabeza, en señal de aparente rendición, y decidí poner mis cartas sobre la mesa. 

"Os ofrezco un trato. Dado que fui yo quien propuso que nos repartiéramos el dinero en el banco, creo justo que me deis una breve ventaja. Vosotros me perdonáis mi parte del botín y, a cambio, yo os entrego a mi compañera y también su dinero, para que hagáis lo que os venga en gana. Con los billetes y con ella". Carol se apartó de mí, aterrada, y me dirigió una mirada cargada de rabia y de estupefacción, al mismo tiempo que varias lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas. Ignorando la presencia de aquellos hombres, empezó a golpearme en el pecho, rabiosa, y a darme patadas en las piernas. Aguanté su ataque, impasible y sin bajar los brazos, aunque en ningún momento cesé de clavar mis ojos en los suyos, lo cual avivó aún más su ferocidad, por lo que gritó de impotencia. Era lo correcto y no podía ceder, por mucho que la tuviera cariño. 

La respuesta de los desconocidos no llegó en forma de palabras, sino de hechos. El cincuentón rapado calmó los gritos frustrados de Carol en cuanto la agarró del cabello con violencia y tiró de ella para alejarla de mí. Ella trató de zafarse de él, pero sólo logró dar puñetazos al aire, a la vez que un chico rubio y delgado, el más joven de los cuatro, buscaba el dinero en los bolsillos del pantalón de mi amante. Finalmente, encontró los billetes en un bolsillo trasero, circunstancia que aprovechó, por supuesto, para manosear su culo. Con un gesto contundente, los cuatro tipos me invitaron a que me marchara de allí enseguida; así, de inmediato, cogí el alfanje de Carol y mi espada y me fui corriendo, sin mirar atrás. 

Me escondí detrás de uno de los muros de hormigón que delimitaban la carretera, a unos cincuenta metros de allí. No podía distinguir lo que sucedía con claridad, pero sí me hacía una idea de la escena, para poder intervenir en caso de que fuera necesario. Vi cómo el rapado soltó el pelo de Carol y entonces, los cuatro se despojaron de sus armas y también de sus pantalones, mientras ella trataba de demostrar su fortaleza y se mantenía desafiante. No obstante, cuando el joven rubio se le acercó para besarle el cuello, para mi sorpresa, Carol le siguió el juego y le besó apasionadamente en la boca, a la vez que los otros tres tipos la tocaban por todas partes, sin que ella opusiera la menor resistencia. Desde mi posición, no daba crédito a lo que estaba viendo. 

Sin embargo, casi sin que los hombres se diesen cuenta, vi cómo ella se sacaba los caramelos del bolsillo y los metía en las bocas de cada uno de ellos, distraída y en apariencia concentrada en aquella pasión múltiple. Tuvieron que transcurrir al menos quince minutos, en los que Carol tuvo que continuar con aquello sin que, afortunadamente, la excitación masculina fuera a mayores, hasta que los cuatro fueron cayendo en el suelo, uno a uno, retorcidos de dolor por las convulsiones. Ella recuperó hasta el último de sus billetes y se marchó de allí corriendo, sin esperar siquiera a que la muerte acogiera a los desconocidos. 

Enseguida la tuve junto a mí, tras el muro de hormigón. Apenas me miró y se limitó a guardarse el fajo de billetes en el bolsillo de donde no deberían haber salido. Después, por fin fijó su mirada en la mía el tiempo suficiente para que no pudiera ver venir el bofetón que me propinó a continuación. "Me has puesto en peligro. Sabes que siempre hago el truco del veneno cuando hay un solo hombre, a lo sumo dos. ¡No con cuatro! Podían haberme matado". Comprendía muy bien sus palabras, aunque Carol también sabía que yo jamás permitiría que la hiciesen daño, que existiese un riesgo real. 

No la contesté, pero sí la estreché entre mis brazos, mientras aspiraba el aroma de su cabello. Ella se resistió al principio, pero luego se abandonó a mi contacto. Sujeté su rostro entre mis manos y besé sus labios con ternura, con deleite, plenamente consciente de cuánto la amaba. Acaricié la piel de su cuello y la apremié para que me siguiese. "Regresemos al zulo, cariño. Nuestros pequeños deben estar preocupados. Mamá y papá han tardado demasiado esta vez. Y también hemos mentido más de lo que nos podíamos permitir en el día de hoy". 


jueves, 4 de abril de 2013

El instinto todavía vive

Carol me observó en silencio y con evidente preocupación, mientras apretaba con sus manos desnudas la herida de mi costado derecho, que no detenía su flujo de sangre. Tan sólo era un corte de cuchillo poco profundo, pero había bastado para debilitarme, por inesperado y doloroso. Mientras yo luchaba por no marearme, sentado y apoyado sobre su hombro, mi amante empezó a rasgar la parte inferior de sus pantalones con la navaja que solía usar para cortar ramas en los peligrosos caminos que, a menudo, transitábamos. Cuando tuvo en sus manos un trozo de tela lo bastante grande, lo utilizó para cubrir mi herida y apretar contra ella con más fuerza. Entonces, dirigí mi vista nublada a sus ojos compasivos y me sentí ciertamente humillado, por mostrar aquella debilidad delante de una mujer; la misma hembra que me daba calor cada noche.

El resto de integrantes de nuestro grupo improvisado, nos miraba a ambos con curiosidad, posiblemente preguntándose qué clase de relación nos unía. Los ocho (nosotros dos, cinco hombres y una mujer en su último tramo de embarazo) habíamos encontrado aquel puente, medio derribado, bajo el cual nos escondíamos de la persecución incansable a la que nos estaban sometiendo. Carol y yo habíamos coincidido con ellos, apenas unas horas antes, en una sucursal bancaria abandonada, donde descubrimos con incredulidad que había montones de billetes a la vista. Con el fin de evitar que se derramara sangre, decidimos repartir el botín a partes iguales entre todos y huir cada uno en una dirección. No obstante, enseguida fuimos conscientes de que otro pequeño grupo nos había seguido y también quería hacerse con el dinero, a cualquier precio. 


Después de un breve enfrentamiento físico con los diez hombres desconocidos, en el que habíamos empleado todo tipo de armas blancas, tomamos la determinación de salir corriendo y buscar la manera de despistarles. Durante la fiera persecución, alguien me lanzó a distancia un cuchillo de grandes dimensiones, que se insertó en mi costado. Me habían herido, sí, pero a cambio, había ganado un arma, lo cual, en aquellos tiempos, no estaba nada mal. A pesar del susto inicial, parecía que nos encontrábamos a salvo, puesto que tres horas más tarde, seguíamos bajo el puente sin saber nada de los asaltantes. 

Constaté que la hemorragia ya se había detenido y entonces, me dí cuenta de que la mujer embarazada y uno de los hombres, barbudo y corpulento, se encontraban de pie, uno frente al otro, y mantenían una discusión, lo que deduje por la tensión que dibujaba sus rostros, ya que ninguno de los dos había alzado la voz. De inmediato, calibré el posible peligro que se acercaba, cuando vi que la mujer cogía una de los sables que descansaban sobre el suelo y se lo daba al hombre, desafiándole a que lo usara contra ella. Me levanté despacio, mientras Carol me agarraba del brazo y me decía en voz baja que no hiciese nada de lo que pudiese arrepentirme. Sin embargo, antes de que fuera capaz de incorporarme del todo, vi cómo el barbudo atravesaba con el sable el vientre abultado de la mujer, ante el desconcierto generalizado de los allí presentes. Ella cayó al suelo en el acto, muerta. 

Si bien Carol emitió un suave grito que sólo pude escuchar yo, los demás contemplábamos la escena sorprendidos, pero no horrorizados. Dos años de calamidades y lucha por la propia supervivencia habían sido suficientes para no asustarse ya por casi nada. El caso de Carol era distinto; había aguantado encerrada en su casa con provisiones durante todo ese tiempo y casi no había tenido ocasión de ver en lo que se había convertido el mundo exterior. Hasta que hacía un par de meses, forcé la puerta de su casa, la descubrí allí escondida por casualidad y la obligué a salir, ya que uno de tantos grupos humanos especialmente agresivos se disponía a bombardear la vivienda. Ella, amenazada y vulnerable, me había seguido a ciegas, sin saber en realidad si yo era un tipo fiable. El día a día, el contacto continuo entre ambos y la mutua simpatía, nos habían convertido en amantes, aunque seguíamos siendo personas frías y superadas por las circunstancias. 

Estábamos en el año 2036, y la crisis económica mundial que había comenzado en 2008, había derivado en una situación insostenible en todo el planeta. Los bancos se habían quedado sin efectivo, la inmensa mayoría de las empresas habían hecho frente a un cierre masivo, los gobiernos de muchos países habían dimitido en bloque y la población, al verse sin trabajo ni alimentos, había decidido salir a la calle para robar comida y pelear con todo aquel que tratara de impedírselo. Cada uno de nosotros llevaba ya veinticuatro meses a la intemperie, buscando la forma de sobrevivir, mientras se consolaba con el placer de llevarse algún pequeño bocado al estómago, se resignaba a matar por necesidad o por gusto (la diferencia ya no importaba) o se deleitaba con un poco de sexo vacío cuando no había nada más que hacer. 


Yo trabajaba como piloto de combate hacía dos años, antes del declive final de nuestra sociedad. Quizá por mi preparación militar o por mi personalidad, ya de por sí poco emocional, no soportaba ver a la gente llorar a mi alrededor. Todos estábamos pasando por lo mismo, y mientras unos optaban por derramar unas lágrimas que no solucionarían sus problemas, otros preferíamos ignorar los sentimentalismos y comportarnos como animales, como fieras implacables dispuestas a conseguir lo que quieren. Por eso, cuando vi que Carol lloraba sin consuelo por el asesinato solicitado de aquella mujer encinta, no pude más que zarandearla y pedirle que dejase de lamentarse por alguien a quien ni siquiera conocía. Que ahorrase llanto para lo que estuviera por venir. 

De repente, uno de nuestros acompañantes, un hombre alto y rapado de unos cincuenta años, cogió su cuchillo curvado, se abalanzó sobre el barbudo y le hirió de muerte en el pecho. Carol, entonces, pareció reaccionar, se levantó, cogió su alfanje y se puso en guardia, a la vez que observaba al hombre moribundo que se quejaba en el suelo. "Scott, vámonos de aquí. La cosa se está complicando". A pesar de que ella me habló en susurros, nuestro compañero enloquecido la escuchó y dirigió a ella su mirada asesina, fulminante. 

Tuve claro que tenía que irme de allí con Carol, cuanto antes. Cogí su mano con fuerza y me disponía a abandonar la zona del puente, cuando me percaté de que los cuatro hombres del grupo que quedaban con vida (incluido el cincuentón rapado) nos apuntaban con sus armas y nos miraban con gesto rabioso, desesperados por abalanzarse sobre nosotros. Era evidente que lo único que querían era nuestro dinero, pero desconocían con qué clase de personas iban a tratar. 


martes, 2 de abril de 2013

Almas desnudas

Sumergida en las profundidades de un sueño reparador, su piel percibió las caricias mucho antes que ella misma. En la zona que rodeaba su ombligo, unos labios cálidos y suaves le daban pequeños besos, con absoluta dedicación, muy delicados, casi un simple roce en cada rincón de esa parte de su cuerpo. Los leves escalofríos que le estaba provocando ese contacto inesperado, la alejaron del mundo onírico y la permitieron recordar dónde se encontraba. Y con quién. 

Abrió los ojos despacio, aún con pesadez, pero con una sonrisa pícara pintada en la cara, y se encontró con la mirada traviesa de Valentín. Su novio, satisfecho por haber conseguido su propósito, abandonó su ombligo y se tumbó entonces junto a ella, en aquel enorme sofá acolchado. Hacía mucho calor, pese a que, de vez en cuando, entraba una ligera brisa marina por las ventanas abiertas. Formentera era un paraíso al que se habían acercado para evadirse de la rutina, conocerse más y entregarse con mayor esmero el uno al otro. 

Judith se volvió hacia él y le miró a los ojos con auténtica admiración. En aquel momento, él sólo llevaba puestas unas bermudas con estampados florales hawaianos, que le llegaban a la altura de la rodilla y que aún estaban un poco húmedas. Ella llevaba puesto un biquini blanco y un pareo decorado con dibujos de jeroglíficos egipcios. Valentín se aproximó hasta ella y la abrazó con ternura, sin apartar su mirada azulada de la de ella, aún somnolienta y relajada. Se incorporó despacio y comenzó a besar y lamer con cuidado una de sus orejas, mientras Judith se estremecía, de sorpresa y gozo a partes iguales. 


Sonrió al percibir el sabor salado en el lóbulo, y recordó el baño que se habían dado juntos una hora antes en la playa, antes de que ella se durmiera cuando terminaron de comer. Valentín tenía ganas de que ella sintiera, de nuevo, el placer que dos cuerpos enamorados podían proporcionarse. Judith había descubierto, desde hacía unos meses, que su hombre era insaciable, que no podía controlar la atracción que sentía hacia ella y que el deseo le dominaba en cualquier lugar y circunstancia. 

Ella cogió sus manos y las colocó con toda la intención sobre sus pechos, todavía cubiertos por el sujetador del biquini. De inmediato, Valentín dejó de besar sus orejas y se dedicó a su boca hambrienta, formando círculos dentro con su lengua y la de ella. La cogió en brazos, agarrándola de las nalgas, y la llevó con él hasta el cuarto de baño, donde había un amplio jacuzzi. La dejó de pie en el suelo, abrió el grifo del agua caliente, encendió los botones que generarían las burbujas y echó abundante gel con el fin de lograr suficiente espuma. Mientras se formaba la mezcla, se acercó a Judith y la despojó del traje de baño y del pareo, de la misma forma que él se quitó las bermudas. 

Con el agua ya preparada, la cogió de la mano y la invitó a meterse con él en el interior del jacuzzi.  Ambos se colocaron uno al lado del otro, envueltos en espuma, desnudos, excitados, especialmente sensibles al percibir el roce y la calidez del agua sobre sus pieles un poco enrojecidas por el sol. De inmediato, aunque con movimientos lentos y sensuales, Judith se sentó a horcajadas sobre él y comenzó a besar su cuello, mientras su hombre acariciaba sus glúteos con las manos y sus pezones con la lengua. Ella se dejó hacer y comenzó a gemir, sin preocuparle lo más mínimo quien pudiera escucharla en aquel bloque de apartamentos. 

Valentín se olvidó por el momento de su trasero y colocó una de sus manos entre sus piernas, primero para estimular su zona secreta y después, para introducirle dos dedos. Ella cerró los ojos, al mismo tiempo que perdía la noción del espacio y la voluntad sobre su propio cuerpo. Aquel masaje íntimo, unido a los vaivenes de las burbujas, le hicieron abandonarse a un placer desconocido. Ella trató de agarrar su miembro, pero él no se lo permitió y le colocó ambas manos a su espalda, para inmovilizarla. Entonces, fue él mismo quien sostuvo su pene rígido y se lo introdujo despacio, con una lentitud cruel y dolorosa, hasta que le concedió el alivio de dejarse caer, sentada sobre él, completamente llena. 


Judith se movió con frenesí, al ritmo de las sacudidas que él le daba desde esa postura. Como consecuencia de su pasión, derramaron agua por los bordes del jacuzzi, aunque se mostraron ajenos a ello y concentrados en su satisfacción sexual. Valentín, a medida que se acercaba al límite de sus fuerzas, agarró a su novia del cabello con fuerza, y tiró de ella hacia atrás, a la vez que los dos caían rendidos por el éxtasis final. Abrazada a él y agotada, Judith apoyó su cabeza sobre su hombro y recuperó, poco a poco, su respiración normal. 

De repente, Valentín la apartó a un lado con suavidad y salió de allí, sin importarle que pudiera mojar el suelo. Ella, sin moverse del agua, le siguió con una mirada desconcertada, hasta que le vio volver con algo escondido detrás de su espalda. Con cuidado de que ella no viera el misterioso objeto, lo dejó sobre una estantería del cuarto de baño y se acercó al enorme espejo, lleno de vaho por la humedad. Entonces, con su dedo índice aprovechó el vapor de agua para escribir una frase, casi una orden, un imperativo, que Judith pudo leer con claridad: "Cásate conmigo".

Valentín recogió el pequeño estuche que había depositado antes y lo abrió delante de ella. Un anillo de oro blanco, brillante, sencillo, tallado con diminutas flores y con las iniciales de sus nombres, descansaba en su interior, aguardando que el dedo de ella lo acogiera. Judith se tapó la boca con las manos de pura emoción y salió del agua rápidamente para abrazarle, mientras afirmaba con rotundidad que se casaría con él. Había encontrado al hombre ideal, uno capaz de enloquecerla en la cama y además, de convertir su existencia diaria en la más bella historia romántica. 


miércoles, 13 de marzo de 2013

Un café

Marina cayó en la cuenta de que se había dejado el teléfono móvil sobre la mesa de su dormitorio.  Llegaba muy tarde a su cita, por lo que aceleró el paso y cruzó la calle sin mirar atrás, pese a que acababa de percatarse de su olvido. Nada menos que quince minutos de retraso para acudir a aquel encuentro, que tantas veces habían pospuesto ambos y que por fin se iba a materializar. Por supuesto, siempre que su amigo virtual todavía la estuviera esperando. 

Caminó los últimos cien metros de trayecto a toda velocidad, casi a trote, pero se detuvo al escuchar su nombre detrás de ella. Una voz masculina la estaba llamando a gritos; podía ser él. Se detuvo y se giró sobre sus pasos, hasta que se encontró con la mirada del desconocido que la estaba siguiendo. No pudo ocultar su asombro, aunque aún albergaba dudas sobre si se trataba de su futuro acompañante, el mismo de su cita. Se daba cuenta de que, quizá, había sido un error no intercambiar fotografías antes de encontrarse, por lo menos para acudir con una mayor claridad de ideas. Ambos se detuvieron, entonces, frente a frente, ella agitada por las prisas y él tranquilo, muy sonriente y con las manos en los bolsillos de su pantalón. 

Mientras recuperaba el aliento y la compostura, Marina se detuvo a mirarle con detenimiento. Estaba vestido de forma impecable: elegante abrigo negro, zapatos y pantalones del mismo color, y hubiera apostado que debajo llevaba una camisa de seda o de algún otro material caro. Él pareció percibir el gesto de aprobación de la muchacha que tenía delante, porque se limitó a sonreír con satisfacción, y a continuación, se presentó y la saludó con un cariñoso beso en la mejilla. Luis, era él, el chico con el que llevaba chateando casi un año, aquel alegre y despreocupado joven, de vida sencilla y gustos musicales extravagantes. No podía ser, quizá ambos se habían equivocado, una simple coincidencia en los nombres. Un encuentro casual en mitad de la calle, que nada tenía que ver con ellos. 

Ese Luis no tenía, ni por asomo, veinte años. Más bien, llevaba a sus espaldas más del doble, lo que, en principio, suponía una clara diferencia entre ambos, porque Marina acababa de cumplir diecinueve. Ella le dirigió una mirada interrogativa, que bastó para que él considerase necesario darle una explicación. "Está claro que no soy lo que esperabas. Tengo cuarenta y dos años y te seguí el juego por chat por pura diversión, hasta que me di cuenta de que, realmente, me apetecía conocerte. Espero que la edad no sea un problema para que, de momento, nos tomemos un café". Marina asintió con la cabeza, convencida, y caminó junto a él hasta la cafetería más cercana. 


Durante la conversación que acompañó a aquel café, ambos descubrieron que todo lo que habían compartido en esos meses de palabras escritas no había sido una fantasía. Luis solo había mentido en la edad; todo lo demás era rigurosamente cierto. La complicidad era real, palpable, y las muestras físicas de cariño tan espontáneas, que costaba creer que acabaran de verse en persona por primera vez. La única pega es que Marina consideraba que era un hombre demasiado mayor para ella, con el que existía una distancia abismal en cuanto a la manera de vivir y a las propias experiencias. No obstante, a él parecía no importarle en absoluto. 

Luis era mucho más atractivo de lo que ella habría imaginado, aún cuando pensaba que era un chico de casi su edad. Tenía unos profundos ojos verdes, unos pómulos bien marcados y muy masculinos y unos labios preciosos; un rostro, sin duda, muy armónico. La camisa, que ya había quedado al descubierto, dejaba entrever unos brazos fuertes y un pecho bien definido. Marina se estaba excitando con sólo observarle y no hacía más que moverse, inquieta, en su silla. Aquella situación era más estimulante de lo que se podía esperar, aunque ambos no fuesen capaces de comentar nada al respecto. Hasta que Luis se aproximó a ella y se atrevió a susurrar en su oído. 

"Quizá, eres demasiado joven para escuchar esto, o puede que no comprendas ni siquiera de lo que voy a hablarte. Me encantas, Marina, y quiero que vengas a mi casa, conmigo, para que descubras por ti misma lo que puedo ofrecerte". Al escuchar aquello, Marina sintió cómo se le secaba la boca al instante, por la emoción, por la sorpresa, por la curiosidad. Sabía muy bien que no era nada prudente irse con aquel desconocido, pero por otro lado, el deseo se había apoderado de ella y no podía ignorarlo. Pagaron los cafés y subieron al coche de Luis, aparcado en esa misma calle. Mientras circulaban, ella fue consciente de otra mentira, puesto que él no vivía en aquella urbanización, como le había asegurado, sino en el centro de la ciudad.  

Ya en el piso de él, después de arrancarse la ropa el uno al otro con desesperación, Luis la penetró en infinidad de posturas, muchas de ellas totalmente desconocidas para la muchacha, y le mostró el lado insaciable de un hombre apasionado. Unieron sus cuerpos durante dos horas, agotadoras para ella, muy placenteras para él. Ya tumbados, descansando, Marina no dejaba de preguntarse a sí misma cómo había podido resistir aquella pasión enloquecida sin desmayarse. Luis, a su lado, la miraba como si nada, con una amplia sonrisa, mientras acariciaba uno de sus pezones con despreocupación, como si aún tuviera ganas de más.

Llegó la noche. Después de cinco sesiones de sexo salvaje y casi doloroso en una sola tarde, y una cena exquisita, Marina había comprendido dos cosas. La primera era que existían hombres adictos al sexo, perversos, con ciertos desequilibrios mentales, que permanecían recluidos en sus casas porque la sociedad los marginaba, ya que no querían curarse; para ellos, aquella lujuria era una bendición. Y la segunda, que ella había tenido la desgracia de toparse con unos de ellos, que sentía mucho miedo y que no sabía si iba a poder salir de aquella casa.