viernes, 14 de septiembre de 2012

Mi amado Teckel

Ya le imagino dando pequeños saltos por el salón de mi futura casa de doscientos metros cuadrados, corriendo por el precioso jardín situado dentro de una parcela con piscina y un centro estético canino. Soñar es gratis. Desde siempre, me ha apasionado esta raza de pequeñas dimensiones e inmensa ternura. A simple vista, es un animal  que cautiva sólo  por el brillo de su piel y la limpieza de su mirada. Verle caminar enamora. 


En alemán, se le conoce como Dachshund, que significa "perro tejón", pero más popularmente, se le llama Teckel o perro salchicha. Su fisonomía es debida a una mutación genética que se llama bassetismo (palabra que deriva del nombre de otra raza canina que comparte algunos rasgos físicos con ésta, el Basset Hound) y que le otorga unas extremidades muy cortas en relación con el tamaño de su cuerpo. Originalmente, es un perro de caza. 

Es bajo y alargado, con patas cortas, el hocico fino y las orejas largas y caídas. Existen tres variedades de esta raza, según su tamaño:
Pelo largo
   - Estándar: tiene una circunferencia torácica de más de 35 centímetros y pesa como mucho 9 kilogramos. 
   - Miniatura: cuenta con una circunferencia torácica de entre 30 y 35 centímetros. 
   - Teckel dedicado a la caza del conejo: circunferencia de menos de 30 centímetros. 

Además, cualquier perro de esta raza puede tener tres tipos de pelo. Puede ser de pelo corto (desde mi punto de vista, los más bonitos), pegado al cuerpo, brillante y espeso; de pelo largo, en forma de plumas, sobre todo en la parte inferior de la cola y en las orejas; y de pelo duro o de alambre, que tiene una especie de barba y cejas bien pobladas, y el pelo es áspero, espeso y grueso. Todos ellos pueden presentar un único color, dos, o tener manchas. 

Pelo corto
Se recomienda que este perro practique deporte, ya que suele sufrir problemas hereditarios en la espina dorsal porque su columna vertebral es demasiado larga y tiene las costillas cortas. Por ello, se debe evitar el sobrepeso, debido a que, en ese caso, el riesgo de lesiones podría ser mayor. Es un animal muy ágil y tiene muy buenos reflejos, por lo que es importante que disponga de espacios libres para correr, aunque no logra altas velocidades por sus patas cortas. No es propenso a enfermedades, siempre y cuando reciba un cuidado correcto. Tiene buen carácter y le gusta mucho vivir en familia. 

Pelo duro
Es una raza muy inteligente, que aprende muy rápido. En el hogar, es muy limpio, tranquilo, cariñoso e incluso protector con los miembros de la familia. Una vez que recibe la educación adecuada, es muy dócil y juguetón. Entre los diez y los doce meses de edad, ya estará preparado para hacer sus necesidades fuera de casa. 

Es un perro sociable, que se adapta a todo tipo de entornos. Puede vivir con otros perros, con niños o con otros animales. Si se le adiestra para ello, puede ser un buen cazador, de acuerdo con su tamaño. En definitiva, un perro ideal para tener en casa y para pasear por el campo. Una belleza. 


miércoles, 12 de septiembre de 2012

Un trago de desesperación

La muerte de un bebé de diez meses siempre es una tragedia en sí misma, una bofetada en el corazón, un violento empujón al alma humana, un fracaso médico. Si, además, la criatura fallecida era la hija de mi mejor amigo y murió por una negligencia médica que no pude evitar, la situación se convierte en algo terriblemente doloroso. No me perdonaré jamás lo que hizo mi auxiliar de enfermería en mi ausencia, en aquellos cinco minutos en los que no pude supervisar su tarea al encontrarme de visita con otro paciente. 

Soy jefe de la planta de pediatría de un hospital a las afueras de la ciudad. Joven, pero con una  breve e intensa carrera de éxitos médicos, esto ha enturbiado mi imagen para siempre. No se trata de que mi gremio me haya echado la culpa a mí, pues yo no la tuve directamente; es que mi mala conciencia me consume por dentro y se alimenta de mis entrañas. Esa niña estaba, de manera implícita, a mi cargo, por ser quien era, por la confianza que sus padres habían depositado en mí después de dos décadas de amistad, porque yo quería ocuparme personalmente de ella. 

Mi auxiliar llevaba sólo unos meses de prácticas en el centro. Me habían hablado maravillas de ella: una joven de modales exquisitos, que adoraba su futura profesión, el contacto directo con la gente, el diálogo transparente y franco. Cualquier duda que tenía, me la consultaba de inmediato, porque sabía que, para nosotros, muchas veces el tiempo es oro. Por eso no entendí que aquel día, ante sus lógicos titubeos (era la primera vez que administraba medicamentos de ese tipo), no se detuviera un instante para buscarme y preguntarme. Y falló en la dosis. 

Para una criatura tan pequeña, que estaba aún por formar y que tenía leves problemas cardíacos, una ridícula cantidad de más en su tratamiento podía ser mortal. Como así fue. El bebé se fue quedando sin oxígeno, su corazón poco a poco dejó de bombear sangre y finalmente, su vida se apagó como la luz de una bombilla fundida. La descubrimos en su agonía cuando ya era demasiado tarde para intentar hacer algo por ella. Las lágrimas brotaron como una cascada de mis ojos, mientras me llevaba las manos a la cabeza y me preguntaba, en mi fuero interno, cómo había podido suceder aquello. 


Lo peor de todo fue comunicárselo a sus padres, a mis amigos, casi mis hermanos, casi las únicas personas en las que me había apoyado a lo largo de mi presencia en este mundo. Confieso que esperé un puñetazo por parte de él, algún empujón, una bofetada. En definitiva, alguna prueba física de su ira, de que me odiaban profundamente. Sin embargo, ambos se encontraban en estado de shock y me dirigían miradas perdidas que no enfocaban en ningún punto concreto de aquella habitación. Mi amigo agarró la mano de su esposa con fuerza en un rápido y cuidadoso gesto que congeló mi alma todavía más. No sabía qué más podía decirles, tenía la garganta seca y mis piernas temblaban ligeramente. Nunca antes me había enfrentado a una información tan difícil de transmitir, sobre todo, al recordar la cantidad de ocasiones en las que yo había jugado y reído con esa niña. 

Me desperté de un salto y descubrí que me encontraba en el mullido asiento de mi despacho. Me dolía el cuello, quizá por la complicada posición en la que me había quedado dormido. Miré a mi alrededor, confuso, ya que me había parecido escuchar la voz de alguien, aquella que me había devuelto a la realidad. De nuevo, volví a escucharla: "¡Doctor! ¿Puedo entrar? Es urgente". Mi auxiliar aporreaba la puerta con insistencia y enseguida la invité a pasar, deseoso de saber qué estaba pasando. Entonces, las palabras nacieron de su boca a toda prisa, unas detrás detrás de otras, incluso casi por encima; sólo pude entender que habían logrado salvar a la niña, que estaba estable y que no le quedarían secuelas de ningún tipo. Sacudí la cabeza, emocionado, sin comprender nada, hasta que varios segundos después, fui consciente de que acababa de tener la pesadilla de que la habíamos perdido para siempre. Mi suspiro de alivio hizo sonreír a la muchacha, cuyo error, para su tranquilidad, no había traído consecuencias. 


Me pasé dos horas sentado al lado de la pequeña, que estaba despierta y movía sus bracitos sin parar, al tiempo que contemplaba el techo pintado con miles de dibujos de animales y figuras de colores. En cuanto aparecieron sus angustiados progenitores y la vieron tan activa, se abalanzaron sobre ella y la tomaron en brazos. Me ahorré contarles los detalles escabrosos y sólo les informé de que se había quedado sin oxígeno durante unos pocos minutos. Por suerte, se había estabilizado y su vida ya no corría ningún peligro. Más que por mí, lo hice por mi auxiliar, porque sabía que su equivocación la atormentaría para siempre y no deseaba aumentar su sufrimiento.  

Me levanté de mi silla y me dirigí a mis amigos, que sonreían continuamente. Abracé a mi compañero de miedos e inquietudes y me puse a llorar como un niño. Él no comprendió mi reacción y su mujer me dedicó una mirada interrogativa. Ninguno de los dos sabía que años atrás yo había sido padre de una niña, fruto de una noche loca con una mujer que mantuvo el contacto conmigo durante todo el embarazo. Mi hija se murió a los pocos días de nacer, por una negligencia médica irreparable. 


martes, 11 de septiembre de 2012

Nunca puedo dormir

La ausencia prolongada de un buen descanso y un sueño reparador debilita hasta al organismo más fuerte. En algunas prisiones del mundo, los reclusos son obligados a permanecer con los ojos abiertos como método de tortura. En los campos de concentración nazis, también se empleaban crueles técnicas para alterar el sueño de los prisioneros. No dormir lo suficiente puede volver loco al individuo más cuerdo. 

QUÉ ES
El Insomnio Letal Familiar (ILF) es una enfermedad rara , de la que sólo se conocen menos de 100 casos en todo el mundo, de los cuales casi la mitad se han dado en España y, más en concreto, en el País Vasco. La concentración de diagnósticos en esta zona se debe al denominado "efecto fundador", que se da cuando una nueva población se forma a partir de muy pocos individuos; al situarse en un espacio montañoso, también se favoreció el aislamiento genético y cultural. 

Esta dolencia impide al afectado conciliar el sueño, hasta que llega el momento en que ya no vuelve a dormir más, lo que le provoca la muerte unos meses después. Es un mal genético que nace de la mutación del gen de la proteína priónica PRNP y que forma parte del grupo de las encefalopatías espongiformes transmisibles (EET), que son neurodegenerativas y se caracterizan por la presencia de anomalías en la proteína conocida como prión (que al entrar en un organismo sano, contagia a otras proteínas y las convierte también en priones, generando una reacción en cadena). 



A partir de 1996, año en que tuvo lugar un brote de Creutzfeldt-Jakob (enfermedad también conocida como "el mal de las vacas locas" y que provoca demencia, insomnio, cambios en el comportamiento, alteraciones visuales y falta de coordinación), la Unión Europea creó sistemas de vigilancia para detectar enfermedades priónicas y fue así cómo se detectó la alta incidencia de esta patología en el País Vasco. Los antepasados portadores de la mutación más antiguos vivían allí en los siglos XVII y XVIII. 

SÍNTOMAS Y CARACTERÍSTICAS
La enfermedad suele aparecer en individuos de entre 35 y 50 años, ya sean hombres o mujeres, por herencia genética y de forma repentina. El síntoma básico es la reducción drástica del tiempo de sueño (duermen unas tres horas diarias) hasta que en los días o semanas posteriores, ya no se pega ojo. Al no poder dormir, el afectado vive en un estado de letargo que le dificulta el descanso. Como consecuencia de ello, aumenta la presión sanguínea, las pupilas se contraen y se produce sudoración. 

Para que una persona pueda dormir, se debe inhibir el llamado sistema reticular ascendente (que se encuentra en la sustancia gris del cerebro y lo mantiene en vigilia), con la ayuda del sistema reticular descendente. Si se sufre ILF, éste último sistema desaparece y el estado cerebral de alerta se hace permanente

Con el transcurro de las semanas y los meses de insomnio, se produce una degeneración del sistema nervioso, se alteran el estado mental y el ritmo cardíaco, se dan trastornos vegetativos y del esfínter, pérdida de peso, ataxia (falta de coordinación de movimientos), hipertermia (aumento de la temperatura corporal por encima de los 38 grados) y miosis (contracción de las pupilas). A la larga, se produce confusión, alucinaciones y coma. Al final, aproximadamente entre los seis y los nueve meses (como mucho dieciséis) desde el inicio de los síntomas, todo ello desemboca en la muerte

El Insomnio Letal Familiar no tiene cura y es irreversible: una vez que comienza, es imposible detenerlo. Sólo incide en unas pocas familias en todo el mundo. Al ser hereditario, los especialistas recomiendan a las personas con altas probabilidades de padecerlo, que se abstengan de tener descendencia. El 50% de los portadores de la mutación acaba padeciendo esta enfermedad tarde o temprano. 

El neurólogo Juan José Zarranz  ha tratado varios casos de este tipo y sostiene que los afectados "al principio vienen a la consulta con la idea de que si no duermen es porque están estresados, confusos por el cansancio acumulado. Pero también hay personas conscientes o, al menos intuyen, que su problema va más allá del agotamiento. Saben que al tener en la familia algún caso de insomnio letal, les puede tocar a ellos". 

No es conveniente, en esta dolencia, administrar el tratamiento común contra los trastornos del sueño, ya que no es efectivo y además, puede empeorar aún más la salud del paciente. 


lunes, 10 de septiembre de 2012

Toda una experiencia

Me considero una persona peculiar o alejada de lo que se establece, en sociedad, como habitual. De sobra es conocida la costumbre generalizada de ver la televisión mientras uno come al mediodía o cena en familia (conozco muchos casos de niños que incluso la ven durante el desayuno, antes de irse al colegio; ahora es lo normal). Se trata de un hábito que se aprende desde la más tierna infancia, pues casi todos mis amigos han visto la caja tonta al mismo tiempo que se llevaban algo a la boca, a lo largo de toda su vida. A mi este hecho, sinceramente, me sorprende, porque en mi casa nunca se ha hecho. 


En la calidez de mi hogar, nos alimentamos en la mesa de la cocina, no en el salón o en el comedor y, por lo tanto, allí no existe ninguna pantalla que podamos contemplar. Ni siquiera nos pilla cerca el ordenador, que se encuentra en la terraza, abandonado a su suerte, aislado del entorno familiar. Es por ello que he crecido disfrutando únicamente de la conversación que me ofrecen mis padres, al tiempo que saboreo unas patatas ali-oli o unas lentejas con chorizo. 

Esto explicaría con claridad por qué apenas he visto episodios de Los Simpsons, y por consiguiente, desconozco las gracias de sus personajes, las frases célebres que mencionan constantemente mis allegados o las bromas relacionadas con la serie que aparecen en cualquier charla, en cuanto me descuido una pizca. Lo cierto es que he puesto de mi parte y he intentado ver algún capítulo para comprobar por mí misma si me hacía gracia, pero he fracasado: no me veo capaz de aguantar más de diez minutos con eso delante de mis ojos. Su humor no causa en mi cerebro el efecto que se espera y como consecuencia de ello, me aburro. 


De niña, no me gustaban especialmente los caramelos, ni los chicles, ni la bollería industrial. Si alguien me los ofrecía y terminaban en mi paladar casi por accidente, me los comía sin rechistar, pero no es que me muriera porque me los compraran. Tampoco recuerdo haber tenido entre mis manos alguna bolsa de chucherías (dedos, lenguas, labios; todo cargado de intención sexual, ahora que lo pienso con frialdad), a pesar de que ahora me vuelvo loca por los dulces. Además, no soportaba los huevos: los fritos me daban un asco insoportable y casi puedo revivir las arcadas que me sobrevenían cuando éstos se encontraban cocinados en tortilla. Hoy me chiflan y podría saltarme, perfectamente, la recomendación de no comer más de tres huevos a la semana. Cosas de la mente humana. 

Con mi coche tengo mis propias manías. A la hora de estacionarlo, me esmero por dejarlo justo en el medio de la plaza de aparcamiento, entre las dos líneas que delimitan el espacio, y totalmente recto. Más de uno y de una me han mirado con curiosidad al verme hacer las maniobras correspondientes, tratando de adivinar el motivo oculto por el cual busco tal precisión. No existe una razón lógica: simplemente me gusta dejar mi coche bien colocado, por lo que pueda pasar (aunque sé que puede ser objeto de roces o golpes de todos modos). 

Cuando conduzco, jamás lo hago con las gafas puestas. Es una premisa fundamental que me he impuesto y que cumplo a rajatabla. No es que vaya por la carretera sin ver un pimiento (tengo casi tres dioptrías en un ojo y más de tres y media en el otro), sino que siempre voy con lentillas. El motivo es simple y razonable: desde que me han contado la violencia con la que saltan los airbags en caso de accidente, temo que se estampen en mi cara, me rompan los cristales y se me incrusten en los ojos para dejarme ciega. No he contrastado si esa información es cierta o sólo fruto de mi imaginación macabra, pero, ante la duda, prefiero prevenir. Me compensa más romperme un brazo que perder la visión, qué queréis que os diga. 

Si hay un comportamiento que se me escapa por completo es el acto masculino de dejar levantada la tapa del WC, lo que supone dejar una puerta abierta a posibles bichos, ratas, lagartos o serpientes, que podrían colarse en casa por ahí. No obstante, lo paso por alto porque casi nadie entiende que yo no cierre la puerta del baño cuando salgo de él. Entonces, la balanza de molestias se equilibra. Mi cerebro interpreta que, si la puerta está encajada, cerrada a cal y canto, es que hay alguien dentro haciendo sus necesidades, y por lo tanto, no debo entrar. En más de una ocasión, en un aseo público, me ha ocurrido que me he tirado diez minutos esperando a que saliera una hipotética señora que yo estaba segura que se encontraba en su interior. Transcurrido ese tiempo, deducía que allí no podía haber nadie, ya que estaba tardando demasiado en salir, y al final, descubría que el habitáculo estaba vacío. Entonces, maldecía la dichosa costumbre de dejar la puertecita así: ¿quién fue el primero/a que tuvo esa ideal genial? Otra opción hubiera sido utilizar los nudillos para llamar y salir de dudas, pero mi mente tiende a barajarla cuando ya es tarde. 


Últimamente, suelo justificar mis rarezas (soy un rato rara, debo reconocerlo) sosteniendo que me gusta mucho la novedad, hacer cosas que casi nadie hace, distinguirme de alguna manera del resto, cosa que, en parte, es cierta. Hasta hace poco luchaba contra la idea de tener Internet en el teléfono móvil y lo defendía diciendo que no quería convertirme en una esclava de las nuevas tecnologías. Pues el sábado comprobé, sobrecogida, que precisamente, fui de las personas que peor lo pasó cuando el Whatsapp dejó de funcionar sin causa reconocida durante todo el día. Eso me pasa por tener varios grupos: viví todo el día esperando novedades de sus componentes, mensajes que nunca llegaron. Y mis amigos estaban más frescos que una lechuga, como si nada hubiera pasado. Qué patética. 

En mi afán por buscar nuevos estímulos vitales, anoche, a la una y cuarto de la madrugada, al volver de una agradable reunión en el parque, contemplé la posibilidad de echar combustible a mi automóvil en ese momento. Nunca antes lo había hecho a esas horas, era algo nuevo para mí y dudaba sobre si la gasolinera estaría abierta o no. Decidí arriesgarme y allí acabé: echando diésel a mi pobre Ford Fiesta agonizante, con la estación de servicio casi desierta. Me sentí extrañamente excitada por aquella fascinante novedad. 

Ya sólo me falta irme sola al cine. Y mi existencia será del todo plena. 


sábado, 8 de septiembre de 2012

Ostentosa indiferencia

Al cumplir la mayoría de edad, Pedro había heredado la fortuna de su padre, un empresario inmobiliario que había fallecido dos años antes de un infarto fulminante. Aquel anciano adinerado, además de diez millones de euros repartidos en distintos bancos, tenía varias casas por las costas españolas, un pequeño barco con el que navegar por las aguas del mar Mediterráneo y, sobre todo, coches. Automóviles de todo tipo con los que le encantaba mostrar su nivel económico y su posición en la sociedad, actitud que, como era de esperar, había transmitido a su único hijo. 

A pesar de encontrarse solo en la vida, sin apenas familiares cercanos a los que recurrir, Pedro no podía ser más feliz. Adoraba lo material, le habían educado para que así fuera, y el fallecimiento de su padre, en aquel momento, era un mal menor. Su madre se fue cuando él era un niño de sólo siete años, porque no soportó aquel manto superficial que les rodeaba. Quiso llevarse a su hijo con ella, pero su marido, siempre tan autoritario e irascible, se lo impidió, por lo que tuvo que renunciar para siempre a lo que más quería. Pedro la odiaba desde entonces, pues tampoco comprendió en absoluto su huida. 

Habían pasado ya nueve años desde que se hizo con todo el patrimonio paterno. En todo ese tiempo, se le habían acercado montones de chicas con el único interés de hacerse con alguna parte de su dinero, por pequeña que fuese. Al principio, le divertía que esas jóvenes estúpidas fueran detrás de él, casi besando el suelo por donde él pisaba; luego, empezó a cansarse de ellas. Al poco de cumplir veintiún años, conoció a Susana y creyó haberse enamorado de ella, y lo cierto es que la farsa le había durado demasiado. Durante los tres primeros años, él le había sido fiel, porque le despertaba mucha curiosidad descubrir qué se sentía al permanecer al lado de una única mujer, dedicarse a ella completamente y, por supuesto, recibir todas sus atenciones. Ella no tenía nada que ver con las demás: el dinero parecía no importarle en absoluto y Pedro no dejaba de maravillarse ante esa increíble certeza. De hecho, Susana muchas veces le aconsejaba que intentase ser más austero, pues daba una imagen estirada que no solía ser del agrado de las personas que le iban conociendo. 

Susana se había dejado engañar por completo. Es como si hubiera decidido, por sí misma, cubrirse los ojos con una venda y ponerse tapones en los oídos para negarse la posibilidad de desvelar la verdad. Años tirados a la basura con aquel individuo distante, frío y que sólo se preocupaba de sus bienes materiales. Y que encima, le había sido infiel con, al menos, cinco chicas; de las que ella había tenido conocimiento, aunque seguro que había más. No obstante, estaba tranquila y haber descubierto los cuernos le había supuesto un verdadero alivio. Hacía meses que se había enamorado de otro hombre y no encontraba una solución adecuada en sus circunstancias. Pedro le había dado la oportunidad de buscar una felicidad real, no bañada en las asquerosas apariencias. 


Pedro no entendió la reacción de Susana. Realmente, su cerebro era incapaz de procesar un enfado de tal magnitud ante un comportamiento masculino que se remontaba a siglos atrás. Casi todos los hombres tenían amantes con las que saciaban las necesidades más primarias de su cuerpo. Y Susana tenía todo lo demás: la había dejado entrar en su vida, le compraba detalles caros, la llevaba a las mejores fiestas y la despertaba todas las mañanas con una cálida sonrisa. Ninguna de sus queridas podría aspirar, ni en sus mejores sueños, a que él la recibiera cada amanecer con el desayuno en la cama. Susana siempre lo había tenido todo a su lado, y así se lo agradecía. 

Ella se sentía casi sucia por haber permanecido tanto tiempo al lado de ese miserable, que no sabía lo que era amar a alguien. Había aguantado a su lado por costumbre, más que por una sensación auténtica de sentirse protegida y querida. Y cuando se encontraba en ese estado de confusión e incertidumbre, había entrado aquel hombre en su existencia, de forma totalmente espontánea y fortuita, sin aspiraciones de ningún tipo, sin deseos iniciales; sólo por motivos de trabajo. Óscar le había ofrecido una visión diferente del mundo, palabras de aliento en instantes de desdicha, la alternativa de compartir verdaderas aficiones, de las que se había apartado voluntariamente para acudir a carreras de coches lujosos con gente insoportable. 

Lo más curioso de todo es que jamás había coincidido con ese hombre. No le conocía. Sus palabras escritas eran las únicas que acogían esa extraña sensación de admiración y paz. No sabía cómo hablaba, si pronunciaba bien o mal las erres, si su tono era grave o más bien, tirando a agudo. Los gestos que pudiera hacer mientras conversaba eran una incógnita y desconocía por completo si era de los que miraba fijamente a los ojos al dirigirse a una persona o si desviaba la mirada en breves intervalos de timidez. Aspectos y matices del diálogo que también eran muy importantes, aunque, por el momento, Susana sólo se había detenido en el contenido, en lo que él le proporcionaba por escrito. Y con eso le bastaba para haberse enamorado, al menos, de su forma de ser. 

A Pedro no le importó lo más mínimo que ella decidiera dejarle, después de descubrir que se había acostado con una joven de diecisiete años en la cama que ambos compartían. No había nada más desagradable para una mujer que percatarse de algo así, y por ello, no se lo pensó dos veces a la hora de llevarse todas sus pertenencias de esa enorme casa, para siempre. Él ni siquiera la miró a la cara ni se despidió, prueba evidente de que nunca la había tenido en consideración. Sin embargo, a Susana aquello no le había preocupado: sabía que, tarde o temprano, ese individuo recibiría lo que estaba cosechando. Y quizá, no fuera tan tarde como él pudiera creer. 

Ya era hora de que se centrara en sí misma, buscara un apartamento acogedor y dejase que transcurriesen unos meses de calma en los que pudiera pensar. Le daba miedo conocer a Óscar en persona y, por tenerle tan idealizado, tropezar de bruces contra una realidad indeseada. No obstante, era consciente de su cercanía emocional, a pesar de encontrarse en la distancia, y sabía que en unos meses, le vería por primera vez, ya que sus compromisos profesionales como publicitaria le impedían demorar más el encuentro. La emoción y el temor la atenazaban a partes iguales. 


jueves, 6 de septiembre de 2012

Matices de fantasía utópica

Fidelidad. Una certeza oculta bajo el prisma de una continuidad compartida en el espacio relativo de sus silencios. 

Implicación. Miedos trazados en el dolor que se hace mutuo por el transcurro de la eternidad de la pareja.  

Atención. Ver con la conciencia del que se sabe observado por la complicidad que genera haber caído en idénticas sensaciones percibidas por el tacto. 

Empatía. Sucesión de recuerdos propios que se trasladan al plano de lo ajeno, y convierten esa apreciación en una preocupación asimilada y sentida.  

Compromiso. Lazos invisibles, cuyo roce al contacto con el viento no muestra más que su solidez perpetua por muchas cuchillas que planeen sobre ellos. 

Sacrificio. Arriesgar la estabilidad y sosiego logrados con tesón, por un acontecimiento de dudosa duración y débil aspecto.  

Amor. Nada que pueda expresarse nunca con los vocablos correctos e idóneos. 

Aprendizaje. La ignorancia del que se niega a saber más nubla el conocimiento del que espera un cambio, a su lado.  

Crecimiento emocional. Sentimientos que se arropan con el manto de la ilusión, largamente acariciada y que desea sostenerse con prolongación. 

Retroalimentación. Recibir porciones de experiencias que alimentan el sistema de recompensa del organismo en una fase de relajación suprema.  

Apoyo moral. Un muro transparente que impide la caída sensorial en los casos de extrema confusión mental e intenso desconcierto.

Comprensión. Aunque no sean compartidas, las impresiones deben entenderse a un nivel que escapa a cualquier atisbo de razón lógica.  

Pasión. Éxtasis incontrolable al contacto de piel contra piel, caricias perdidas en el seno de un deseo desbocado.  

Admiración. Fascinación al contemplar a la persona que ensombrece los sentidos con la fuerza de un huracán empujado por lo roces del peor de los desencadenantes. 

Magia. Matices imperceptibles al ojo humano, que se esconden de lo evidente y transforman lo sencillo en ilusiones ópticas difíciles de digerir.  

Superación. Alcanzar cimas imposibles de lograr con el esfuerzo básico de momentos de baja voluntad y dudosa constancia.  

Detallismo. El valor de lo mínimo enriquece aquello que, en un principio, puede parecer muerto al sentirse fatalmente arrastrado por la rutina.  

Aceptación. Los cambios eliminan la esencia más pura del ser que se nos muestra enfrente con todo su esplendor y la transparencia de su misma existencia.  

Felicidad. Nada comparable a la dicha de encontrar un hueco único en el mundo en armonía con la personalidad y sensaciones de uno mismo. 


Dragón de Komodo

Es el lagarto más grande del mundo y vive, exclusivamente, en las islas de Indonesia Central: Komodo, Rinca, Gili Damasi, Gili Motang y Flores. Es el gran depredador de los ecosistemas en los que habita. Los científicos occidentales empezaron a estudiarlo en 1910. En libertad, es un animal en peligro de extinción y se encuentra en la Lista Roja de Especies Amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). En 1980, se fundó el Parque Nacional de Komodo, con el fin de proteger y cuidar a este animal. 

RASGOS FÍSICOS Y COMPORTAMIENTO
Mide entre dos y tres metros de longitud y su peso oscila en torno a los 70 u 80 kilos, aunque a veces, puede pesar incluso más. Tiene una cola fuerte y larga, que le es útil para apoyarse cuando descansa sobre sus patas traseras, y unos 60 dientes serrados de hasta 2,5 centímetros de largo.
Si no son devorados por otros depredadores cuando aún son crías, pueden vivir unos 50 años


Los ejemplares más jóvenes suelen ser de color verde con manchas amarillas, pero en la edad adulta, su piel adquiere un tono más pardo. Tienen el cuerpo cubierto de escamas que responden al tacto, debido a las terminaciones nerviosas con las que cuentan. Los machos son bastante más grandes que las hembras. 


Utilizan su lengua para detectar olores y sabores a varios kilómetros de distancia. Pueden ver algo que esté situado a más de 300 metros, pero su sentido del oído no está muy desarrollado. El órgano de Jacobson, un órgano complementario del sentido del olfato, les ayuda en su tarea de encontrar alimento, capturar presas y orientarse en la oscuridad. Son muy buenos nadadores y logran velocidades de hasta 20 kilómetros por hora en tierra. Son muy activos durante el día y les gusta el sol. 

Fundamentalmente, se alimentan de carroña y, en ocasiones, desentierran restos para comérselos. Suelen organizar emboscadas para capturar  roedores, serpientes, algunos mamíferos y aves. Además, son caníbales, ya que cuando una hembra tiene a sus crías, éstas tienen que huir y subirse a los árboles para evitar que su madre las devore. Los seres humanos también podemos ser presas de estos gigantes, que comen a grandes bocados e incluso, pueden tragarse animales enteros. Un ejemplar adulto puede comer hasta el 80% de su peso corporal de una sola vez. No obstante, les es posible permanecer varios días sin alimentarse, al disponer de un metabolismo lento. 

Las hembras y los machos alcanzan la madurez sexual a los nueve y los diez años, respectivamente. La temporada de apareamiento se da en julio y agosto. Aunque son animales solitarios, los machos suelen acompañar a las hembras en época de celo para evitar que otros miembros de la especie se acerquen a ellas. Es habitual que los machos inmovilicen a las hembras para la cópula, ya que éstas no suelen estar receptivas. Suelen poner una media de veinte huevos, que son incubados durante siete u ocho meses, hasta que las crías nacen en abril. 
El dragón de Komodo, además, puede reproducirse por partenogénesis, es decir, a través del desarrollo de células sexuales femeninas no fecundadas, por lo que las propias hembras pueden poner huevos en caso de que no haya machos cerca. 

UN ANIMAL MUY PELIGROSO
Con su venenosa mordedura debilitan y paralizan a sus presas. Por medio de sus afilados dientes y los músculos de su cuello, atacan a otros animales y esperan, pacientemente, a que éstos mueran desangrados. Según Stephen Wroe, investigador de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, "el dragón es verdaderamente venenoso. Tiene glándulas salivales modificadas que producen anticoagulantes y vasodilatadores, lo cual, en combinación con la dentadura y los músculos craneales del dragón, le permite matar a animales grandes a través de una pérdida rápida de sangre". 


Su saliva suele estar manchada de sangre porque su dentadura está cubierta, casi por completo, por tejido gingival, que se daña de manera natural durante la masticación. Esto favorece la aparición de bacterias virulentas en su boca. Por ello, en caso de que un ser humano recibiera la mordedura de este lagarto, podría sufrir graves infecciones e incluso la muerte

El 4 de junio de 2007 se registró el primer ataque a un ser humano en 33 años. Uno de estos dragones mordió a un niño de ocho años en la isla de Komodo y el pequeño murió desangrado. Los nativos le echaron la culpa del suceso a los ecologistas, que tiempo antes habían prohibido el sacrificio de cabras para dárselas a estos lagartos. Según los habitantes de la zona, esto había provocado que estos animales buscaran comida cerca de aldeas o pueblos. 

El 24 de marzo de 2009 un pescador murió por las numerosas heridas que sufrió en el cuerpo, las piernas, las manos y el cuello cuando se encontraba en el Parque Nacional de Komodo y fue sorprendido por dos de estos dragones.