martes, 17 de abril de 2012

Cada uno a lo suyo

Hoy me apetece expresar la opinión que me merece la sociedad actual. Observo una caída en picado de los valores de antaño. Nos movemos por las prisas, los celos, las envidias, la ambición, el "sálvese quien pueda", el deseo de quedar por encima de los demás, la motivación de pensar en uno mismo de un modo cada vez más egoísta. Los avances en muchas materias a lo largo del último siglo nos han convertido en lo que somos. Y, en algunos aspectos, me entristece. 

Cada vez queda más atrás ponerse en el lugar del otro ("empatía" lo llaman), manifestar comprensión, compartir lo tuyo con los demás, pensar en el de al lado antes que en uno mismo, valorar a las personas por lo que son y no por lo que aparentan. Ya no nos detenemos a analizar lo que está bien y lo que está mal. Somos nosotros mismos. 

Hace unos días, con motivo del centenario del hundimiento del Titanic se emitió un programa en el que escuché una comparativa que me llamó poderosamente la atención. Por un lado, la actuación ejemplar del capitán del transatlántico, cuya única motivación fue salvar a la mayor cantidad de pasajeros posible, y que murió en el barco. Por otro, la actitud vergonzosa de quien estuvo al frente del Costa Concordia, que aprovechó la mínima oportunidad para ponerse a salvo el primero. 
Dicen que, en situaciones límite, nadie sabe a ciencia cierta cómo podemos actuar, ya que el miedo nos paraliza. 

Destaco actitudes con las que, particularmente, me siento decepcionada. Como esperar un interés de los demás que nunca llega, o lo hace con retraso. Esto me hace plantearme en qué lugar me quedo y cuál es el rincón que me corresponde en esta sociedad. A veces, me da por pensar que podría tirarme meses en Nueva Zelanda (país que me encanta, por otro lado) y solo tres personas echarían en falta mi presencia. Quien dice tres, dice cinco, una o ninguna. Y sé que mucha gente piensa de la misma manera. Esto es así porque hoy en día cada uno va a lo suyo. Sin más. 

Donde más se aprecia el egoísmo es en las que voy a llamar "amistades sentimentales". Digamos que la oferta de amor en la época que vivimos es muy amplia. Nuestro objetivo es divertirnos, pasar buenos momentos con la persona de turno (que conocemos en una discoteca cualquiera una noche de tantas), vernos un par de días más (o una semana, a más tardar) y a por el siguiente. Porque no solemos quedarnos al lado de alguien con facilidad; los vínculos y compromisos sentimentales brillan por su ausencia. Y es aquí donde entra en juego lo que mencioné al principio: "es que no quiero estar con nadie", "me siento atado", "no quiero perder mi libertad", "no tengo tiempo para dedicarlo a una pareja". Yo, yo y YO. No pensamos en nadie más. Sencillamente, porque ahora no se estila. 

Quizá soy demasiado sentimental; tengo plena conciencia de ello. O puede que no haya conseguido adaptarme aún a esta ausencia de humanidad que respiramos a diario. Me considero una persona que pone mucho de su parte para lograr que los de mi entorno se sientan a gusto la mayor parte del tiempo (sé que, por lo menos, lo intento) y por eso, me desequilibro cuando no encuentro lo mismo. Debería haber nacido en otra época. O haber llorado más, no lo sé. 



domingo, 15 de abril de 2012

Abajo la monarquía

Para empezar, desde aquí condeno el asesinato de animales sea del tipo que sea, pero con más énfasis si se trata de la caza mayor. Me parece vergonzoso que nuestro monarca se haya ido a Botswana a matar elefantes. Es un acto tan despreciable que no encuentro las palabras adecuadas para expresar mi malestar. 

Si ya transmití en su momento (también a través de este blog) mi absoluto rechazo hacia el asesinato de toros en las plazas, en este caso no podía quedarme atrás. Y mucho menos teniendo en cuenta además el momento de crisis aguda que estamos atravesando. Hace un mes ó dos, si no recuerdo mal, el Rey se atrevió a decir en público que la situación laboral de los jóvenes de nuestro país le quitaba el sueño. Estos días, después de conocer la noticia de que se había roto la cadera al caerse mientras se encontraba de caza, en las redes sociales algunos bromearon con que esa "falta de sueño" había influido en dicho accidente.

Muchos creímos que sus palabras eran sinceras. Pobres ilusos. ¿Cómo le va a quitar el sueño que los jóvenes no encontremos trabajo, si es capaz de matar elefantes empleando el dinero que a nosotros nos falta? Insólito. Y encima, qué pena que se ha roto la cadera. Pobrecito. Otro gasto más que tiene que afrontar la Sanidad en una operación que se podría haber evitado. Sin listas de espera, en habitación propia, atendido de la mejor manera y por los mejores especialistas. Mientras, los demás hacemos cálculos para llegar a fin de mes y rezamos cada día por encontrar un trabajo fijo. De vergüenza. 

Siempre he defendido la abolición de la monarquía y ahora con más fuerza que nunca. Supone un gasto que se debería eliminar por completo, ya que considero que la Familia Real no tiene ninguna utilidad. Para salir de esta crisis, deberíamos empezar por acabar con esta institución que se promociona, se va de viaje constantemente (a "trabajar", dicen), pasa unas vacaciones con las que los ciudadanos de a pie nunca podríamos soñar y, para rematar, asesina animales con total impunidad. Abolición YA. 

Un paraíso de naturaleza y color

Maquillo estas letras de verde, como no podía ser de otro modo. Es el color que me ha acompañado en estos últimos cuatro días de sol, lluvias, niebla, viento y granizo. Es el tono que me gustaría ver a diario en el lugar donde vivo, pero he comprobado que el buen tiempo y una vegetación sana y abundante no casan. 

Debo destacar que una de las cosas que más me ha llamado la atención de Asturias (ésta ha sido la segunda vez que he estado allí) es el exceso de confianza que se respira entre los habitantes del lugar. Allí todo es de todos, nadie teme dejar sus cosas al pie de las escaleras de su hogar, no se preocupan por dejar las puertas de entrada a sus fincas totalmente abiertas permitiendo las miradas indiscretas de forasteros. 

Lo de los animales también es curioso. Asombra la tranquilidad de vacas, ovejas y cabras, ajenas al ruido de los coches sobre las carreteras comarcales que pasan justo a su lado. Dos cabras nos sorprendieron en el arcén de la calzada de camino al Naranjo de Bulnes, inmersas en alguna especie de juego y ajenas a nuestro paso por allí, incluso cuando nos detuvimos casi por completo para observarlas. También, destaco el equilibrio de algunas ovejas cuya zona de pasto se situaba en plena pendiente de la montaña. Un movimiento en falso y podrían haber caído rodando, pero continuaban comiendo bajo la lluvia como si no hubiera un mañana. 

Infinidad de pueblos se abren paso entre las montañas, mientras desafían la ley de la gravedad y asumen el riesgo de un progresivo desgaste en las rocas sobre las que se construyen sus muros, producto de las incesantes lluvias. La mayoría son pequeñas aldeas, de no más de diez casas, muchas de ellas abandonadas ó desgastadas por los temporales. Todas ellas muestran un encanto especial, con las fachadas coloreadas principalmente de azul, naranja, morado, verde ó rosa. Sus ocupantes parecen gente humilde, a pesar de vivir en casas que dejan a más de uno con la boca abierta, dada su belleza y su exquisita apariencia exterior. 

Por último, mencionar las ganas que me han quedado de hacer alguna ruta de senderismo. El tiempo no ha acompañado, aunque nos concedió una tregua un par de días. La subida a los Lagos de Covadonga despertó mis deseos más profundos de recorrer toda esa zona a pie, empaparme con sus paisajes, subir cada cuesta, respirar cada porción de naturaleza pura y aire fresco. En definitiva, sentirme integrada dentro de aquel lugar, uno de los más bonitos que he visto nunca. 

Por eso me queda pendiente volver. Ya me empiezo a preparar para ello. Ya queda menos. 

jueves, 25 de agosto de 2011

Un sabor nuevo y emocionante

Miedo, inseguridades, terror a perder parte de mi libertad por algo que pudiera ser totalmente pasajero, frustración por querer y no poder. Lucha interna entre mi cabeza y mi alma, falta absoluta de iniciativa, estatismo emocional. Dolor al recordar experiencias pasadas, temiendo que pudieran repetirse. Conformismo, comodidad al verme asentada en la rutina.


Algo de todo eso murió poco a poco, a medida que fui probando sus labios y dejándome arrastrar por su calor: el de sus brazos y el de su corazón. Mis barreras han ido cayendo como castillos de naipes movidos por el viento, mis propias defensas son débiles ante estos nuevos sentimientos que van creciendo. Mis miedos van a la par que mis sensaciones.


Me resisto a confiarme del todo, a perderme en este precioso paisaje que se presenta delante de mi. Pero al mismo tiempo, no puedo ir en contra de la corriente. Me siento incapaz de negar lo que ya es obvio, estos sentimientos que me han sorprendido por completo.


Hay muchos tipos de amor, y cada uno se vive de un modo diferente. No recuerdo haber percibido algo similar a lo que vivo ahora... o quizá, mi cerebro olvidó el pasado para hacerme mucho más feliz el presente. Lo único que puedo confirmar es que me gustaría que esto fuese eterno, que el tiempo se detuviera en el hoy y el ahora y que las circunstancias externas no pudieran empañar ningún momento delicioso.


martes, 18 de enero de 2011

La radio, mi gran ilusión

Hoy he visto fotos de uno de mis entrevistados de aquel año maravilloso, único. Me ha traído tremendos recuerdos, me ha devuelto sensaciones especiales, difíciles de definir. Ha sido inevitable esbozar una sonrisa ilusionada y sincera, al ver (además de las fotos) los primeros textos que escribí para locutar, las críticas de cine, las noticias, los esquemas de las entrevistas que realicé.


La radio era un mundo aparte, una dimensión alternativa, paralela al mundo real. Sumergirme en el estudio y empezar la locución suponia para mí un baño de frescura y alegría, un intenso sabor a vida, un aroma a emociones imposibes de experimentar con cualquier otra actividad.


Siento una gran nostalgia al plasmar sobre el papel todos estos sentimientos pasados (sí, antes de acabar aquí en la Red, este texto fue manuscrito). Aunque los perciba ahora muy presentes, muy míos.

Echo de menos aquellas horas preparando el programa, riéndome con Angelito, disfrutando de aquel trabajo que nos entusiasmaba a los dos y nos hacía tan felices. Porque, realmente, pocos instantes (por no decir ninguno) me han llenado tanto, profesionalmente hablando, como aquellos que viví.

Y es por eso que he tomado la seria determinación de no rendirme jamás, de luchar por mi sueño: pasar horas y horas frente al micrófono, transmitiendo, informando, opinando, contando. Y que las palabras vuelen a través de las ondas, como vuela mi alegría y mi satisfacción por dejarlas fluir.

Es una de las profesiones más bonitas que existen; para mí, sin duda, la mejor, descubierta totalmente por casualidad (aunque algo ya intuía de niña, cuando hice mis pinitos). Me influya la suerte o no, pienso insistir hasta el final, incluso cuando crea que las fuerzas me abandonan. Debo pelear por lo que sé que quiero.

lunes, 10 de enero de 2011

Poderosa actividad

Nada como llenarse de energía por medio de la actividad. Cualquier asunto de carácter físico o intelectual es capaz de activar a todo el ser humano, el cuerpo y la mente, en una perfecta combinación de armonía. El hecho de pasarse horas atrapado en el entretenimiento que proporciona la agilidad mental o el esfuerzo al practicar un deporte, implica un aislamiento emocionante del mundo real, de las preocupaciones.


Enmedio de esa vorágine de sensaciones agradables, parece que no existen los problemas, vivimos volando, no nos percatamos del dolor propio y, mucho menos, del ajeno. Flotamos en el aire, sonreímos, solo tienen cabida en nuestro corazón y en nuestro cerebro los pensamientos positivos, la felicidad efímera.

Tan breves son los momentos de paz interior y despreocupación, que es preciso disfrutarlos como si nuestra existencia terminara hoy. Como si fuésemos solo motas de polvo en el ambiente, a punto de descomponerse al recibir un impacto certero de un objeto desconocido. Porque al despertar de nuestros sueños, sufrimos algo semejante: una sacudida en nuestro cuerpo que nos devuelve a la realidad, que nos golpea.


Por eso, nada mejor para superar el dolor, la tragedia o el sufrimiento que olvidarse de ellos, que no dejar ni un solo hueco en nuestro cerebro para esos intrusos oportunistas, que amargan nuestra breve vida, que debió ser concebida únicamente para proporcionar felicidad. Solo así todo lo malo se convertirá en un acontecimiento pasajero, una estúpida anécdota en nuestra agenda, que no merecerá ni ser digna de mención.

sábado, 8 de enero de 2011

Espectadora vital

Son muchas las ilusiones y esperanzas que solemos poner cada vez que comienza un nuevo año. El tiempo pasa deprisa, veloz, no nos da ni un único respiro para poder saborear instantes, sensaciones, pálpitos. Antes no era así. Recuerdo que hasta los dieciocho o veinte años, los segundos parecían minutos, los minutos, horas, las horas, eternidad. Y no porque la vida fuese aburrida o rutinaria, si no porque todo se masticaba lentamente, nos recreábamos en los detalles, en las emociones.

Hoy en día no hay tiempo para nada. A pesar de estar trabajando 9 horas diarias, cuando queremos ser conscientes de ello, ya ha terminado una nueva semana. Y es viernes por la noche. Todas las ganas de salir por ahí a comernos el mundo, de fiesta, con amig@s, de compartir experiencias inolvidables, se desvanecen igual que se fueron acumulando desde el lunes. Y esto sucede porque nos acomodamos.

No hay nada peor en este mundo que conformarse con el transcurrir habitual de los días, con los hechos que nos han tocado vivir a cada uno de nosotros, los seres humanos. Si nos sentamos cada noche frente al sofá y nos limitamos a ver la tele o a navegar por internet, nada cambiará, todo seguirá igual, el mundo continuará girando a nuestro alrededor sin que nos dejemos influir por él. Y eso es triste.

Año nuevo, vida nueva. Todos lo decimos. Pocos comprendemos el verdadero significado y sentido de esa frase. Algunos deciden realmente hacer algo, una auténtica minoría. Son los únicos que se atreven a evolucionar en su vida, a crecer personal y profesionalmente, dejando a un lado los miedos que todos arrastramos desde la infancia. El resto nos tumbamos a observar.

Lo peor no es ser espectador de uno mismo, sino, no tener el suficiente valor de convertirse en actor. Es necesario encender la chispa que nos haga cambiar de opinión, que nos motive, que nos empuje hacia la actividad. Y sólo hay una cosa que tengo absolutamente clara: no quiero ser espectadora nunca más. La cuestión es cuándo y cómo lograrlo. Porque las palabras, solo a veces, son una antesala de los hechos. Y si deseo con fuerza que este año sea memorable y además, conseguir mis sueños y metas, sólo tengo que actuar. Qué sencillo parece.