miércoles, 10 de octubre de 2012

La inmadurez

Somos inmaduros por naturaleza, aunque siempre existen grados. La adolescencia es la etapa vital fatídica, en la que (unos más que otros) buscamos decir o hacer cosas que llamen la atención de nuestros semejantes. La idea de sentirse "integrados en un grupo"conduce a quienes tienen menos personalidad a un trayecto de adicciones y autodestrucción. La inmadurez en la juventud desemboca en las dependencias. 

Hoy en día, las niñas de dieciocho años están hechas de otra pasta distinta a la que formaba mi persona a esa edad. No es que haya pasado una barbaridad de tiempo desde entonces, pero sé reconocer que ya alrededor de los veinte años, yo aún no sabía nada de la vida. Creo que influye el hecho de que en esa época, sólo había estado con un hombre y no pasaba ni por mi imaginación salir fuera a buscar nada más. Ahora, las chicas de entre quince y veinte años, han tenido una media de diez parejas sexuales, que se dice pronto. Eso por no mencionar a las que se atreven a probar el sexo con doce años (mi mayor preocupación a esa edad era combinar correctamente los vestidos de mi Barbie). 

En esas fases de la vida, la inmadurez es completamente normal. Dicen que el cerebro no termina de alcanzar la edad adulta hasta los veinticinco años y por lo tanto, cualquier decisión que se tome antes, podrá ser más o menos acertada, pero siempre corresponderá a una reflexión escasamente razonada o incluso a un acto impulsivo. En cualquier caso, rara vez se medita el tiempo suficiente lo que se va a hacer, incluso cuando somos adultos. El problema surge cuando esa inmadurez perdura en el tiempo y se convierte en el foco de las críticas y las burlas del entorno más cercano. 


Las mujeres, ya sea por educación o porque dicen que maduramos antes, solemos estar más preparadas para evolucionar. Aquellas que se quedan embarazadas por sorpresa, aceptan mejor el "trance" que sus compañeros sentimentales, cuyas reacciones pueden ser diversas: desde sobreponerse al shock con entereza, pasando por una etapa de confusión y terror absolutos, hasta a abandonar a la persona que les causa el "problema": su pareja. Así como las mujeres estamos listas para ser madres al final de la veintena, muchos hombres no sienten la llamada de la paternidad hasta que rozan los cuarenta. Y éste es sólo un ejemplo de la cantidad de cuestiones que nos separan a ambos.  

No obstante, es obvio que la inmadurez no suele depender del género. Varios factores que afectan son la educación recibida, el tipo de familia en la que el individuo crece y aprende, las amistades que conoce, el barrio en el que vive o la conducta que se espera de él. Aquellas personas que crecen sin sentirse queridas por sus padres acusan actitudes superficiales, puesto que no saben casi nada del cariño. Ello les conduce a comportarse con los demás de forma egoísta y liberal, sin medir las consecuencias de sus palabras o su gestos. Por supuesto, a medida que los años pasan, estos rasgos de la personalidad se pulen en mayor o menor medida. 

Hay personas que se empeñan en adherirse a un estilo de vida que no corresponde con su desarrollo cerebral ni con las aspiraciones que le corresponderían por edad y situación personal. Bastante gente, rozando los treinta, vive en un estado festivo perpetuo, dejándose llevar sin más por una existencia cargada de estímulos efímeros, pero altamente perjudiciales. Algunos incluso esperan que los ingresos les caigan del cielo, mientras no mueven un dedo por cambiar el curso de los acontecimientos. La crisis nos ha puesto las cosas difíciles a todos, pero también nos ha enseñado que es preciso multiplicar hasta por cinco los esfuerzos para poder lograr los sueños algún día. Es necesario sudar para crecer personal y profesionalmente. 


El empeño y la intención son los dos eslabones principales si queremos construir una cadena de prosperidad en la vida. Si ni siquiera asoma por la mente la posibilidad de cambiar el ritmo de los hechos, nunca conseguiremos nada. La voluntad es básica para que el éxito empiece a cogernos de la mano. Para ello, debemos asumir las caídas y enfrentarnos a ellas con entereza, no con justificaciones absurdas o ataques inútiles. 

Si uno elige el camino de la mentira u opta por maquillar la verdad, a largo plazo sus actos se volverán en su contra. Llegará el instante en que alguien, con mejor dialéctica y saber estar, le mostrará unas ideas claras y directas que no podrá debatir. Quien sólo se preocupa por los bienes materiales, nunca sabrá lo que es amar a un ser de carne y hueso, aunque haya creído lo contrario. El que antepone su cómoda vida actual a una futura aventura que no ofrece garantías, se estará perdiendo el mayor reto de su existencia y la emoción que éste alberga. El premio al esfuerzo es sólo para los luchadores. 


martes, 9 de octubre de 2012

Hazte donante de óvulos

La donación de óvulos es un proceso largo e indoloro, que permite tener hijos a las parejas con problemas de fertilidad, ya que los óvulos que se obtienen son imprescindibles para muchas de las técnicas de reproducción asistida que se llevan a cabo hoy en día. Existen muchas clínicas en toda España donde se puede donar y el perfil más requerido es el de una joven universitaria, de entre 18 y 25 años, con buen estado de salud


EL PROCESO
Durante un período que puede oscilar entre doce días y un mes, la donante debe someterse a una estimulación del ciclo ovárico, mediante la administración de unas veinte o veinticinco inyecciones subcutáneas (que se pueden aplicar en casa), que permitirán obtener entre seis y diez óvulos por ciclo. En todo ese tiempo, se realizarán análisis hormonales y ecografías para controlar que todo vaya bien y determinar el momento preciso de la extracción. 

Por medio de anestesia local o general muy leve, los óvulos se sacan por la vagina. La donante podrá marcharse a casa y hacer vida normal en sólo veinte minutos o en una hora, en función de la técnica que se utilice según cada caso. El éxito de la implantación en la mujer receptora dependerá de la calidad de los óvulos donados, aunque suele ser de entre el 40 y el 60%. Por supuesto, la mujer receptora también deberá someterse a varios análisis clínicos (físicos y psicológicos) para comprobar si se encuentra preparada para asumir el proceso. 

Existen varios perfiles de posibles mujeres receptoras: las que tienen menopausia precoz, aquellas que padecen enfermedades genéticas que pueden transmitir a los hijos, las que no tienen ovarios a consecuencia de alguna enfermedad, las que no producen óvulos suficientes o aquellas en las que éstos no tienen una calidad mínima

La mujer que recibe la implantación de los óvulos podrá conocer ciertos datos sobre la donante: altura, peso, color de piel, edad, raza, color de ojos, constitución, etc. La madre del bebé a todos los efectos será la mujer que le dé a luz, es decir, la receptora de los óvulos. 

REQUISITOS PARA DONAR
Los especialistas y los centros médicos suelen ser muy exigentes, por lo que, de cada cien aspirantes, sólo se quedan con entre veinte y veinticinco. Así, para ser donante de óvulos, es imprescindible lo siguiente: 
- Tener entre 18 y 35 años
- Que la función de los óvulos sea normal
- Se debe conocer el historial médico de los familiares cercanos de la donante, por lo que ésta no puede ser adoptada. 
- Ni ella ni sus familiares próximos pueden tener enfermedades genéticas ni hereditarias, ni cualquier tipo de malformación. 
-  No debe haber dado a luz a más de seis hijos
- Debe tener una buena salud física y mental
- Cuenta como punto positivo que ya haya sido madre.

Con todos estos requisitos sobre la mesa, la posible donante se realizará un completo estudio de fertilidad, que incluye un examen ginecológico, un econosograma vaginal, un análisis de sus cromosomas, análisis que descarten la presencia de infecciones o enfermedades de transmisión sexual (ETS), hematología completa y estudio psicológico. 


En uno de cada doscientos cincuenta casos, pueden darse problemas leves durante la donación, similares a los dolores menstruales o una cierta hinchazón abdominal. Es un proceso que no afecta en absoluto a la futura fertilidad de la donante, ya que las mujeres nacen con dos millones de óvulos, de los cuales sólo se emplean entre 400 y 500 a lo largo de su vida. La mayoría de las mujeres suelen hacer nuevas donaciones pasados dos meses. 

COMPENSACIÓN ECONÓMICA
En España, la ley de reproducción asistida prohíbe la venta y comercialización de ovocitos. La donación debe realizarse sin ánimo de lucro y debe ser un acto solidario, con el objetivo de ayudar a aquellas mujeres que deseen tener hijos. 

No obstante, el proceso de donación supone una serie de molestias e incomodidades (numerosos desplazamientos, tratamiento, etc.) para las donantes, que se considera necesario compensar de alguna manera. Por eso, las clínicas pagan entre 600 y 900 euros a las mujeres que acuden allí a donar. 


lunes, 8 de octubre de 2012

Sonámbulos

El sonambulismo o noctambulismo es un trastorno del sueño que se suele dar durante las etapas tres o cuatro del descanso, en las cuales, las ondas cerebrales y el ritmo respiratorio son lentos. Estas fases no REM constituyen el 20% del tiempo total que pasamos durmiendo, duran poco más de unos veinte minutos entre las dos y en ellas, no solemos tener sueños.

Este trastorno se clasifica dentro de la parasomnia, que es una alteración de la conducta mientras dormimos, caracterizada por la aparición de episodios breves en los que el individuo se despierta, sin que se interrumpa el sueño ni se vea afectado el nivel de vigilia diurno. El noctámbulo puede llevar a cabo actividades motoras automáticas más o menos complicadas, sin ser consciente de ello, sin poder comunicarse con nadie y, en la mayoría de los casos, sin que recuerde nada al día siguiente. En contra de lo que se cree, no es peligroso despertarlo, pero sí es difícil, y puede provocarle cierta confusión temporal. Por ello, lo mejor es guiarle tranquilamente hasta la cama, sin necesidad de alterar su sueño. 

El sonambulismo se da en el 17% de los niños (es más habitual entre los cuatro y los seis años y en torno a los once o doce años, aunque puede presentarse hasta los dieciséis) y tan sólo en el 4% de los adultos. Asimismo, el 19% de la población de todo el mundo es propensa a sufrirlo y los hombres lo padecen con más frecuencia. Es más común que se produzca a las dos o tres horas de haberse acostado. Suele ser hereditario y su causa principal es el estrés, junto con la falta de sueño y el consumo de drogas y alcohol en los adultos. En los casos más extremos, el sonámbulo podría mantener relaciones sexuales durante sus despertares inconscientes, lo que se conoce como sexomnia


Quienes padecen sonambulismo realizan sus tareas con los ojos abiertos. Algunos pueden tener los ojos hacia arriba, debido a que el cuerpo se adapta naturalmente a no recibir luz durante el sueño. No hablan con coherencia y si se les pregunta, sólo emiten sonidos, aunque depende de cada individuo. Pueden ser un peligro para sí mismos si llevan a cabo actividades arriesgadas, como subir y bajas escaleras o manejar alguna herramienta; se conocen casos de personas que han muerto en estas circunstancias. Si se les despierta de repente, podrían llegar a autolesionarse o a atacar a quien tengan enfrente, debido a la desorientación inicial. 

Son muy sugestionables y durante sus episodios, tienden a interesarse por cuestiones que han escuchado a alguien o han visto por televisión ese mismo día antes de acostarse o en días anteriores. Lo mejor es seguirles la corriente e intentar acostarlos de nuevo, a pesar de que algunas veces, se levantan otra vez porque "sienten" que tienen que terminar lo que estaban haciendo. Una buena fórmula para calmarles es decirles lo bien que han hecho todo, para que comprendan que han acabado. 

Nunca revelarán secretos o darán informaciones que no darían en su vida diaria normal. No recuerdan lo que han hecho, aunque algunos adultos que sufren episodios más o menos violentos, sí pueden recordar, en parte, sus palabras o actos sonambulísticos. Por ello, no conviene mencionar comportamientos absurdos (como limpiar objetos invisibles o comer alimentos que no existen) porque pueden avergonzarse. 

Existen varias sentencias judiciales en las cuales individuos que cometieron crímenes mientras padecían un episodio de noctambulismo, fueron absueltos. Es el caso de Albert Tirrel, que en 1846, fue declarado inocente de incendio y de asesinato, porque lo hizo sonámbulo. 


viernes, 5 de octubre de 2012

Los sueños cumplidos

La fachada de la enorme casa de dos plantas se levantaba imponente en el centro de aquella estrecha calle rural. Las paredes, de un suave color salmón, contrastaban con las ventanas y las puertas, cuyos márgenes quedaban decorados con piedras de colores oscuros. Tres escalones conducían a la entrada principal, aunque también se podía rodear la edificación para acceder por el patio trasero, una zona destinada al ocio y cerrada para proteger del frío y de la lluvia, en los meses de peor temporal. Cinco habitaciones dobles en su interior (cada una con un mobiliario y una ambientación completamente diferente), tres cuartos de baño, una gran chimenea presidiendo un salón con capacidad para hasta doce personas, y una cocina con horno de leña, barra americana de estilo rústico y paredes empedradas. 

La emoción la embargaba y los nervios le recorrían el cuerpo de arriba a abajo. Estaba observando por fin, fascinada, su casa rural ya terminada, después de largos meses de obras para reformarla. En ese instante preciso, estaba pensando cómo la llamaría, pues todo alojamiento rural que se precie y que busque reconocimiento debe tener un nombre situado a la altura. Empezó a divagar inmersa en miles de ideas, caminando de un lado a otro en el medio de la calle, sin inmutarse por la presencia de curiosos: habitantes del pueblo que se acercaban a observar la construcción. 

De repente, levantó la vista y le vio acercándose con tranquilidad, con un enorme saco al hombro, lleno de troncos y ramas para avivar el fuego de la chimenea. Llevaba una camiseta negra de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos sudorosos y brillantes, y un pantalón azul oscuro, típico de los trabajadores de una obra en construcción. Su pelo negro alborotado siempre le había otorgado un aire misterioso, que hacía las delicias de las adolescentes que tenían la suerte de toparse con él, a pesar de haber sobrepasado ya la barrera de los treinta y cinco años. Isabel se quedó allí plantada, mirándole, mientras se olvidaba de inmediato del motivo de sus titubeos y, al ser consciente de eso, lo tuvo claro. 

Su casa rural, uno de los sueños más importantes de su vida, una de las ilusiones más intensas que habían recorrido su cerebro en todos aquellos años de sacrificio, tesón y altibajos, sólo podía llamarse así: Adán. Ese era el nombre de su amor, de aquel hombre con el que llevaba saliendo más de una década, su compañero de fatigas, el amante que le había mostrado las mejores alternativas para lograr sacar adelante aquella casa en ruinas, cuyo futuro era bastante incierto. Quien le prestó la inversión inicial para hacer frente a las reformas, quien la consoló en las temporadas de mayor caída emocional, quien disponía de las palabras adecuadas para que ella se sintiera afortunada por lo que estaba a punto de conseguir. Quien la demostró siempre que no estaba sola, que aunque no saliera bien, él estaría con ella, física y mentalmente. Quien traía la leña en ese momento y el hombre que había decidido mudarse con ella a aquel pueblo perdido, sólo porque la amaba. 

Adán llegó a su lado y le mostró una de sus mejores sonrisas. Siempre le había resultado gracioso la forma que ella tenía de mirarle, con esa curiosidad que sólo se refleja en los primeros encuentros. Ese había sido el auténtico secreto del éxito de su amor: se trataban como si se siguieran descubriendo el uno al otro, a pesar de los años que llevaban juntos. Por mucho que se conocieran al dedillo, estaban convencidos de que, con ilusión y ganas, cada día podían ofrecer algo nuevo que el otro pudiera destapar. Isabel le abrazó con fuerza, mientras él soltaba el saco y lo dejaba con cuidado en el suelo. Le dio un sonoro beso en la mejilla y le informó de su decisión: su sueño llevaría su nombre. 

Entusiasmado, Adán no supo qué decir, lo cual no importaba, ya que en ese segundo de felicidad, sobraban las palabras. Ella le cogió de la mano y le condujo dentro de la casa, lejos de miradas indiscretas. Allí le dio la otra noticia que guardaba en su interior desde hacía un mes: iban a ser padres. El silencio dio paso a un intercambio de profundas miradas, cuyo intenso brillo transmitía lo que sus labios estaban a punto de mostrar. Se besaron como si lo hicieran por primera vez, aferrados a un amor sin límites que les había llevado justo donde querían estar, que les había permitido la oportunidad de un futuro compartido, sin excusas, sin desvíos. Sus lenguas jugaron con el deseo de estrenar una de las habitaciones. Por supuesto, la más grande. 

jueves, 4 de octubre de 2012

Por feo

El aye-aye es un extraño y poco agraciado animal, que forma parte de la familia de los lémures (es su único superviviente) y guarda parentesco con los simios, los chimpancés y los seres humanos. Actualmente, el número de miembros de esta especie está disminuyendo de manera preocupante y a una gran velocidad, por lo que se encuentra en peligro de extinción, en parte por culpa de falsas creencias que circulan en torno a él. La única especie cercana a este ser, el aye-aye gigante, se extinguió en 1920. 

Vive en la isla de Madagascar, donde sus habitantes le consideran un ser muy peligroso y vinculado al demonio. Creen que si este animal apunta a alguien con el tercer dedo (su dedo intermedio, que es más largo y fino que el resto), esa persona tendrá una muerte terrible y repentina. Varias organizaciones están luchando para evitar su extinción prematura. Su aspecto externo juega en su contra. 

Tiene los ojos grandes y amarillos, una cola tupida más larga que su cuerpo y unas grandes y sensibles orejas. Suele ser de color negro o marrón oscuro y los ejemplares adultos pueden alcanzar unos cuarenta centímetros de longitud; su cola incluso puede llegar a los cincuenta y cinco centímetros. Pesa entre dos y tres kilos. Es muy rápido y un gran saltador. Sus manos y sus pies terminan en dedos finos con uñas puntiagudas, salvo en los dedos gordos de los pies, cuya forma facilita que pueda agarrarse y colgarse de las ramas de los árboles de la selva tropical, donde pasa la mayor parte de su existencia. Normalmente, no baja al suelo. 

Es un animal nocturno, que pasa sus días dentro de un nido, que él mismo construye con ramas y hojas y que, transcurrida una temporada, suele abandonar por otro. Esta guarida tiene forma de esfera, con un único agujero de entrada, y se encuentra en la base de las ramas de los árboles de gran tamaño, siempre a más de doce metros de altura. Da a luz a una sola cría, que llevará a su espalda durante los primeros meses de vida. Este ser puede vivir hasta veintitrés años. 

Se alimenta de larvas de insectos que localiza en las cortezas de los árboles, gracias a los golpes rítmicos que da con sus patas. Es el único mamífero que utiliza esta técnica, propia de los pájaros carpinteros. Por medio de su huesudo tercer dedo, percibe alteraciones en el ruido que hacen sus golpes, indicio de  la presencia de alguna zona carcomida por los insectos en el interior de la corteza. Tiene un sentido del oído muy fino, semejante al de los murciélagos. 

En ocasiones, también se alimenta de frutos y hojas. Primero perfora la cáscara de los frutos, gracias a sus dientes, similares a los de una rata, y después extrae la pulpa carnosa del interior con su tercer dedo, como si fuera una cuchara. Es como un ritual para él. 

Muchos indígenas de la zona donde vive creen que este animal trae malos augurios, por lo que lo matan en cuanto lo ven. Además de eso, la destrucción de la selva tropical debido a incendios provocados, la preparación de extensas zonas para la agricultura y la tala de árboles le han conducido al borde de la extinción. Durante un tiempo, se pensó que había desaparecido, hasta que se le volvió a ver en 1961. 

El gobierno de Madagascar ha decidido tomar medidas para protegerle a él y a su hábitat. Hoy en día, hay unos 2.500 ejemplares, de los cuales, doce se encuentran bien cuidados en la reserva y pequeña isla de Nosy Mangabe, un bosque tropical preservado.  


miércoles, 3 de octubre de 2012

Consumidores consumidos

En esta asfixiante época, en cuestión económica, que estamos atravesando, desde mi lugar privilegiado como cajera en un hipermercado (hubiera preferido trabajar en su gabinete de prensa, aunque no está el tema como para quejarse), observo todo tipo de conductas humanas. Unas no las comparto en absoluto, otras me fascinan, pocas se encuentran dentro de la normalidad, algunas me dejan boquiabierta y otras tantas escapan completamente a la lógica. 

A este último grupo perteneció la actitud de dos mujeres de mediana edad, que adquirieron una gran variedad de productos un día normal y corriente. Creo recordar que la cuenta final ascendía a poco más de ochenta euros. Ellas, contra todo pronóstico posible, empezaron a molestarse porque la cifra no había llegado a noventa euros, que era lo que ambas habían estimado al sumar precios y restar descuentos. A cualquier ciudadano de a pie le parecería inaudito que pudieran existir quejas por gastarse menos dinero del que habían previsto; una servidora se mostraba igual de perpleja ante tal reacción. 

Y es que el consumidor de hoy en día es de lo más extraño. Es muy complicado encontrar un término medio en los individuos que acuden a un supermercado a comprar productos de primera necesidad o caprichos de diverso nivel. Siempre conviven dos extremos: o se pasan del todo, o no llegan ni al mínimo. Un ejemplo claro son las personas que se presentan allí con cincuenta euros y se gastan más de noventa, por lo que deben anular numerosos artículos que no pueden costear; la mayoría de las veces, se sienten avergonzados por ese hecho, aunque nunca debería de ser así (a todos nos ha sucedido alguna vez y seguro que no será la última). La clave consiste únicamente en hacer cálculos previos y adaptarse al presupuesto. 

Una vez me encontré con un hombre que supo el precio exacto de toda su extensa compra, antes de que yo abriera la boca. No tiene demasiado mérito, si tenemos en cuenta que basta una simple calculadora para echar la cuenta final. No obstante, lo admirable es que su cálculo se debía a que sólo disponía de ese presupuesto para el consumo semanal y, por lo tanto, no podía traspasar esa frontera. Me imagino el tiempo que necesitó en el interior del centro para adaptarse a lo que tenía y buscar los alimentos más baratos e imprescindibles. La crisis económica agudiza el ingenio y aprieta el cinturón, al máximo. 


Los hay que te perdonan diez céntimos y los que matarían por cinco. Este último fue el caso de un señor mayor que había calculado el precio de una promoción de leche al detalle. El ordenador de la caja marcaba, por razones que desconozco, cinco céntimos más del precio final oficial. El buen hombre me echó la cuenta con su lápiz y, efectivamente, tenía toda la razón del mundo. Me quedé sorprendida por su precisión, sobre todo, si tenemos en cuenta que la inmensa mayoría de la gente no calcula, ni por asomo, lo que se va a gastar (no me entra en la cabeza, pero es así), como para ponerse a ver cinco céntimos de diferencia. Ver para creer. 

Me resultan muy graciosas las caras de muchos cuando les digo lo que se han gastado. La mayoría me dedican una mirada interrogativa y, a continuación, se dirigen a sus acompañantes para que paguen ellos. ¿Cómo es posible que no hayan previsto invertir más de trescientos euros en la compra? ¿Cómo puede sorprenderles, si llevan el carro hasta arriba? 
Me pregunto qué hacen con tantos productos adquiridos de golpe, porque, personalmente, no tendría dónde guardar tantas cosas. No dispongo de armarios suficientes y por eso, dosifico mi consumo. Sin embargo, la gente parece tener trasteros enormes y neveras de doble fondo, pues no me lo explico. 

Una de las cosas que más me llama la atención es que, tal y como está la economía en este país, sobre todo la economía familiar, los consumidores se empeñen en hacerse con productos de primeras marcas. Es posible que el consumo de marcas blancas haya crecido bastante en los últimos años, pero esa realidad no se refleja en las compras que veo a diario. Creo que no son conscientes de que los artículos de marca blanca son fabricados por las primeras marcas (yo reconozco que lo supe hace apenas dos semanas). La única diferencia es que se venden a un precio inferior, pero su calidad es bastante similar, aunque siempre puede haber excepciones, claro está. 

En estos momentos, la estrategia de los comercios es directa y astuta: si quieren multiplicar sus ventas, deben lanzar numerosas ofertas que les resulten lo bastante apetecibles a sus clientes potenciales. A las empresas les interesa incrementar el consumo, aunque tengan que hacer regalos o afrontar unas mínimas pérdidas por cada consumidor. Por eso, muchos han decidido no aplicar la subida del IVA sobre sus artículos (con el fin de garantizar la fidelidad de sus clientes) y utilizar las populares compañas de dos por uno para generar atracción. 
Lo importante es quedar por encima de la competencia, a la espera de que amaine un poco el temporal económico y social. 


martes, 2 de octubre de 2012

Fin de una etapa

Las palabras se las lleva el viento. Esta afirmación nunca podría haber tenido más sentido que en estos últimos días, en los que la decepción y la relajación corren por mis venas a toda velocidad y a partes iguales. Ya conocía, desde hacía mucho tiempo, el poder de las frases bien construidas, los halagos estudiados y directos al corazón, los términos precisos para lograr los propósitos que se tienen en mente, la insistencia continuada para ver cómo uno puede sacar ventaja cuando le conviene. Humo que se esfuma y te deja sin nada. 

Una de las mayores injusticias que sufre el ser humano es encontrarse con un carácter y una forma de ser creados únicamente para conseguir el fin efímero que se persigue. Por fortuna, esa conducta no perdura en el tiempo y, pasados los meses o los años de rigor, aflora a la superficie la verdadera esencia de cada uno, lo que fuimos desde un principio, pero intentamos enmascarar. No es más que un engaño que sólo causa dolor. 

Un hecho que mi cerebro no puede ni quiere comprender es que las personas se estanquen en una rutina que no les satisface ni les motiva, sólo por el empeño de tener a alguien al lado. Y que, además, ataquen a quienes más les han querido con pinchazos cargados de veneno que no tienen cabida en el interior de una conversación madura y civilizada. En tan sólo unas horas, la dicha y el respeto se van, si es que alguna vez existieron. 

La indiferencia es el peor de los castigos que alguien puede recibir. Sentir, de repente, que los últimos meses parecen no haberse vivido, a la vista de actitudes incomprensibles e impropias de personas que dicen haber amado. Si todo me da igual, nunca tendré apego a nada ni a nadie, nunca podré aferrarme a ilusiones que me hagan feliz y por las que desee luchar. Eso es, precisamente, lo que admiro de algunas personas: su capacidad para pelear por lo que quieren, para asumir sus equivocaciones y ofrecer soluciones viables, siempre que se anhela un futuro sólido con la persona amada. Soy culpable por no haber tenido fuerzas para ello, a la vista de lo acontecido. 

Me quedo con una frase del escritor Mario Luna, que considero espectacular: "la magia desaparece cuando dejas de crearla". Es imposible recorrer el trayecto de la vida junto a personas que no alimentan los profundos sentimientos que un día nacieron, sino que piensan que permanecerán intactos en el tiempo, pase lo que pase, sin que reciban estímulos constantes. Una planta se muere si no se riega. Lo que no se cuida, se pierde. 


Lo mejor con lo que los seres humanos nos podemos quedar cuando tomamos decisiones, es el placer del camino bien elegido, de la opción meditada y correcta, y la paz que flota por encima de la decepción y de la sensación de verse estúpido entre la inteligencia de los demás. Una nueva etapa comienza, en la que todas las cartas están sobre la mesa y tenemos el poder de seleccionar las que nos aportarán la felicidad y la comprensión que todos buscamos y necesitamos. Para mí, vivir es un entusiasmo nutrido de matices y está en mis manos que éstos sean positivos. El futuro será emocionante en la medida en que yo quiera que lo sea. Depende exclusivamente de mí y eso me llena de ilusión.