domingo, 10 de marzo de 2013

La barrera emocional


Son las siete de la mañana del sábado. No puedo dormir y me limito a observar al hombre que tengo a mi lado en la cama, que descansa tranquilo y ajeno a mi inusual insomnio. Su presencia me abruma y me impide concentrarme en el descanso, a pesar de las horas de frenética actividad que precedieron a la noche. Hemos escalado por una pared rocosa a escasa altura (mi primera experiencia de estas características), hemos remado por el río, bajo la atenta mirada de un guía de la zona y, para rematar el día, he tenido una sesión vespertina de footing (casi nunca lo perdono), mientras mi amigo se dirigía a la casa rural y se duchaba. 


Después de tal derroche de esfuerzo físico, lo más lógico habría sido que estuviera muerta de sueño. En cambio, aquí me encuentro, con los ojos abiertos de par en par, mucho antes de lo que sería sensato. Esto se lo debo a mi acompañante, un hombre introvertido y extraño, cuya apariencia física me parece irresistible, aunque no puedo comprender su personalidad (aunque no sé si quiero, en realidad). Observo su rostro relajado, sus labios gruesos y apetecibles, y sólo puedo recordar el sexo salvaje de hace unas pocas horas. 

Le conocí hace cuatro o cinco meses, en una de esas excursiones para amantes de la fotografía, organizada por el centro para la juventud de mi ciudad. Siempre me ha gustado plasmar los aspectos más ocultos de la vida en imágenes estáticas de todo tipo, y él compartía la misma afición, aunque, en su caso, a nivel profesional. Aprendí muchísimo durante aquella semana de viaje, simplemente al contemplarle hacer su trabajo, con una habilidad y exquisitez de la que muy pocas veces había sido testigo. Digamos que su mayor virtud con respecto a la fotografía era su silencio, su escasa conversación, lo que facilitaba que pudiera captar instantáneas únicas fruto de su concentración extrema, aunque esto se convertía en un defecto a la hora de intentar establecer cierta comunicación productiva con él. 

No es que fuese tímido. Más bien, se trataba de su dificultad mayúscula para expresar aspectos íntimos de sí mismo, lo cual es completamente normal si acabas de conocer a alguien, pero no después de varios meses. Porque, pese a su carácter reservado, nos hicimos muy amigos, cuando descubrimos que a ambos nos encantaba la naturaleza y hacer escapadas a lugares recónditos. Así, con relativa frecuencia, salíamos juntos para explorar rincones poco transitados y hacíamos fotografías, que más tarde retocábamos y dotábamos de distintos efectos visuales. 

Ahora, estoy confundida. Su cuerpo y su mera presencia me cautivan. Soy incapaz de mirarle fijamente, mientras duerme, sin sonreír con una ternura estúpida que se refleja en mi pupilas. Dicen que las mujeres nos prendamos de los tipos que menos nos convienen, que más nos hacen sufrir, que nos someten a la desdicha, porque queremos creer que les convertiremos en hombres más accesibles emocionalmente hablando, y que eso solo será posible gracias a nuestra intervención. No obstante, olvidamos con facilidad que la gente nunca cambia. 


Lo cierto es que, a veces, llego a pensar que podré curar sus reservas, por medio de la paciencia y el diálogo, pero al minuto siguiente, me doy cuenta de que es una misión perdida de antemano. No se puede competir contra el halo de misterio y oscuridad que le envuelve, su mundo propio, al que no permite que nadie acceda. Y eso que en la intimidad parece otro: un ser humano tierno, atento, más preocupado por los deseos de su amante que por los suyos propios, con la capacidad de hacer sentir una princesa a la mujer más insegura del planeta. Sin embargo, en cuanto la pasión termina, la claridad le abandona; es la novedad que me ha sido desvelada esta noche. 

Mi transparencia y mi curiosidad innata chocan de bruces contra el muro que él ha levantado como consecuencia de su miedo y de su dolor. No me es posible mostrarme tal y como soy del todo, si tengo delante a alguien cuya apertura interior es mínima. En cuanto me besó anoche, sentí las famosas mariposas en el estómago de las que muchos hablan, un agradable hormigueo que recorría mi cuerpo de arriba a abajo; durante un breve instante, quise que aquello fuera eterno. No obstante, ahora quiero irme de aquí. 

Dejo de mirarle y me incorporo en la cama. Salgo de ella y me pongo a buscar mi ropa, esparcida por el suelo, junto con la suya. Mientras me visto, recuerdo de forma fugaz el roce de sus manos sobre mi piel, su autoridad cuando entró en mí, su dominio de la situación, la elegancia de sus movimientos. Y me percato de que todas sus virtudes reales se ciñen al plano sexual, al terreno de lo físico, al mismo tiempo que la mayoría de sus carencias son emocionales, pertenecen a aquello que no podemos ver, pero sí sentir. Y doy con la clave de todo: el escudo que le protege de sí mismo y de los demás es su sentido del humor, su habilidad para provocar carcajadas y permitir que los demás, los que le conocen poco, crean estar más próximos a él. 

Noto que se remueve en la cama y percibe mi ausencia. De inmediato, abre los ojos y me mira intensamente, con esa profundidad aparente que solo él sabe proporcionar. Al verme vestida, su rostro se muestra extrañado, como si no comprendiera que está pasando. Entonces, extiende los brazos para reclamar mi cercanía y decido volver a meterme en la cama, con ropa de calle, y acurrucarme en su cálido abrazo. Él no para de dedicarme pequeños besos por toda la cara, pero me aparto y le confieso que no quiero iniciar nada con un hombre que no se comunica, que anhela un futuro romántico conmigo, pero no puede ofrecerme una estabilidad sentimental auténtica. Sus silenciosas lágrimas mojan mis mejillas y le veo cerrar los ojos con amargura. 

Es un hombre herido, dañado por sus desgracias vitales, esas experiencias que no quiere compartir, y al que le falta desahogarse con aquellos que le quieren y que podrían llegar a amarle. Su llanto casi imperceptible me parte el alma, pero no puedo hacer nada, porque sé que él no cambiará. Sigo abrazada a él, aunque tengo la certeza de que en unos minutos tendré que marcharme, empujada más por mi sentido común que por mis deseos. 


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