lunes, 11 de marzo de 2013

Nueve años

Me llamo Andrés y cumplí treinta y dos años hace un par de días. A mi fiesta particular solo vinieron mis padres y mi hermana mayor; la pequeña vive en Chipre desde hace varios años (aún nos preguntamos todos qué se le ha perdido allí, pero dice que, por el momento, no quiere regresar). Soy un tipo solitario: en eso coincidimos mi único amigo y yo, ya que ambos hemos llevado hasta sus últimas consecuencias aquello de poder escoger a nuestras amistades. Raúl y yo nos conocimos en el colegio y a fuerza de sentirnos distintos con respecto a los demás, nos hicimos inseparables. No obstante, tampoco nos vemos demasiado: la nuestra es más una relación a distancia, a pesar de vivir a doscientos metros el uno del otro. 

Trabajo en una empresa que se dedica a la realización y distribución de videojuegos. Dedico casi todo mi tiempo libre a supervisar los últimos detalles de cada una de mis creaciones; los jefes dicen de mí que soy muy bueno en mi puesto, un verdadero artista haciendo gráficos. A veces, incluso me lo creo, porque es lo único que tiene un auténtico sentido en mi existencia, es lo que otorga coherencia a mis días. No es que sea un hombre obsesionado con el trabajo, ni mucho menos, simplemente me refugio en la calidez que me proporciona, ya que mis horas en casa suelen estar vacías. A veces, me pregunto qué pensarían mis padres si me viesen encerrado en mi piso tanto tiempo, sin ver a nadie, sin ni siquiera desear algún tipo de contacto físico con alguien en el exterior. 

La respuesta es muy sencilla: creerían (con acierto) que mi timidez ha adquirido la capacidad de controlarme. Suelo comparar mi problema con las células malignas que se adueñan de un cuerpo sano y lo convierten en un organismo herido, sin esperanzas. Al principio, de niño, sufría la timidez propia de la infancia; era el típico chaval que se escondía detrás de su madre para evitar las miradas de los desconocidos e incluso, de ciertos allegados. Durante la adolescencia, ya no me ocultaba, pero aquello alcanzó cierta gravedad, hasta convertirse en mi mal actual. El hecho de tener que relacionarme con los demás me provoca dolor físico: mi estómago empieza a encogerse hasta formar un nudo compacto que me genera angustia y me hace tartamudear. 

Mis compañeros de trabajo y demás conocidos ya saben cómo soy y, por eso, ya no se cuestionan porqué tengo tantas dificultades para enlazar frases sin que mi voz temblorosa e insegura divida las palabras por la mitad. Me han escuchado, con infinita paciencia, dar breves charlas sobre mis últimos juegos para ordenador; en teoría, debían durar diez minutos, pero se convertían en conferencias de más de veinte. Y todo esto porque permito que mi vida transcurra con la idea constante de que el mundo entero tiene pensamientos negativos sobre mí. Tengo pánico a la posibilidad de ser juzgado o criticado por las personas a las que me dirijo, como si hablar demasiado fuera un derroche que no puedo asumir; entonces, opto por ahorrar palabras para evitar posibles contratiempos. 

Soy consciente de que mis problemas nacen de mí mismo. Soy el único culpable de lo que me sucede y de vivir a escondidas. Llevo seis años acudiendo al psicólogo cada mañana, temprano, justo antes de entrar al trabajo. El doctor Ortiz me conoce mejor que nadie, con mayor precisión que mi propia familia, y ha sido siempre muy sincero: mi hermetismo social es grave y difícil de superar, aunque también reconoce que pongo mucho empeño en salir de él. Suelo seguir sus consejos con bastante exactitud, salvo en lo que respecta a las prostitutas. Él me recomienda que dejen de frecuentar mi casa, por el bien de mi salud emocional. 


Desde que me di cuenta de que un hombre virgen con veintitrés años, y en los tiempos que corren, era algo bastante inusual, decidí poner remedio a mi sequía sexual. Sabía que mi problema para entablar conversaciones de más de cinco minutos con el resto de seres humanos, iba a ser un gran obstáculo para conocer mujeres. Así que, tomé la decisión de solicitar los servicios de prostitutas de lujo, la mayoría de las veces para acostarme con ellas, pero también para que me acompañasen a eventos o me dejasen hablarles de mis miedos. 

Hasta ahora, me había ido muy bien, hasta que me he enamorado de una de mis acompañantes femeninas,Vanessa, una chica dulce y única, que también me ama, cada vez más en cada uno de nuestros encuentros. Ella me comprende, le ha dado un sentido a mi presencia en este mundo, y por primera vez, siento que podría superar mis temores. Estos cuatro meses a su lado han sido una maravilla. 


Ya hace dos años que escribí aquello, una declaración de amor hacia mi niña, mi razón para vivir.  Al poco tiempo de irnos a vivir juntos, Vanessa abandonó su profesión para siempre y se dio la oportunidad de estudiar una carrera universitaria.

Esta mañana me he despertado con la noticia del atentado. Mi estupefacción se ha convertido en un dolor desgarrador cuando he descubierto que Vanessa iba en uno de los trenes y que ha muerto casi en el acto. Aún estaba dormido cuando me dio su último beso, antes de marcharse. 


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