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lunes, 8 de octubre de 2012

Sonámbulos

El sonambulismo o noctambulismo es un trastorno del sueño que se suele dar durante las etapas tres o cuatro del descanso, en las cuales, las ondas cerebrales y el ritmo respiratorio son lentos. Estas fases no REM constituyen el 20% del tiempo total que pasamos durmiendo, duran poco más de unos veinte minutos entre las dos y en ellas, no solemos tener sueños.

Este trastorno se clasifica dentro de la parasomnia, que es una alteración de la conducta mientras dormimos, caracterizada por la aparición de episodios breves en los que el individuo se despierta, sin que se interrumpa el sueño ni se vea afectado el nivel de vigilia diurno. El noctámbulo puede llevar a cabo actividades motoras automáticas más o menos complicadas, sin ser consciente de ello, sin poder comunicarse con nadie y, en la mayoría de los casos, sin que recuerde nada al día siguiente. En contra de lo que se cree, no es peligroso despertarlo, pero sí es difícil, y puede provocarle cierta confusión temporal. Por ello, lo mejor es guiarle tranquilamente hasta la cama, sin necesidad de alterar su sueño. 

El sonambulismo se da en el 17% de los niños (es más habitual entre los cuatro y los seis años y en torno a los once o doce años, aunque puede presentarse hasta los dieciséis) y tan sólo en el 4% de los adultos. Asimismo, el 19% de la población de todo el mundo es propensa a sufrirlo y los hombres lo padecen con más frecuencia. Es más común que se produzca a las dos o tres horas de haberse acostado. Suele ser hereditario y su causa principal es el estrés, junto con la falta de sueño y el consumo de drogas y alcohol en los adultos. En los casos más extremos, el sonámbulo podría mantener relaciones sexuales durante sus despertares inconscientes, lo que se conoce como sexomnia. 


Quienes padecen sonambulismo realizan sus tareas con los ojos abiertos. Algunos pueden tener los ojos hacia arriba, debido a que el cuerpo se adapta naturalmente a no recibir luz durante el sueño. No hablan con coherencia y si se les pregunta, sólo emiten sonidos, aunque depende de cada individuo. Pueden ser un peligro para sí mismos si llevan a cabo actividades arriesgadas, como subir y bajas escaleras o manejar alguna herramienta; se conocen casos de personas que han muerto en estas circunstancias. Si se les despierta de repente, podrían llegar a autolesionarse o a atacar a quien tengan enfrente, debido a la desorientación inicial. 

Son muy sugestionables y durante sus episodios, tienden a interesarse por cuestiones que han escuchado a alguien o han visto por televisión ese mismo día antes de acostarse o en días anteriores. Lo mejor es seguirles la corriente e intentar acostarlos de nuevo, a pesar de que algunas veces, se levantan otra vez porque "sienten" que tienen que terminar lo que estaban haciendo. Una buena fórmula para calmarles es decirles lo bien que han hecho todo, para que comprendan que han acabado. 

Nunca revelarán secretos o darán informaciones que no darían en su vida diaria normal. No recuerdan lo que han hecho, aunque algunos adultos que sufren episodios más o menos violentos, sí pueden recordar, en parte, sus palabras o actos sonambulísticos. Por ello, no conviene mencionar comportamientos absurdos (como limpiar objetos invisibles o comer alimentos que no existen) porque pueden avergonzarse. 

Existen varias sentencias judiciales en las cuales individuos que cometieron crímenes mientras padecían un episodio de noctambulismo, fueron absueltos. Es el caso de Albert Tirrel, que en 1846, fue declarado inocente de incendio y de asesinato, porque lo hizo sonámbulo. 


sábado, 19 de mayo de 2012

Los sueños... sueños son

Nos vamos a la cama con miles de ideas y recuerdos paseando por nuestro cerebro. Necesitamos dormir unas siete u ocho horas diarias para tener un descanso reparador, poder almacenar toda esa información correctamente y además, estructurarla. Funcionamos como un ordenador cuyos datos deben guardarse en discos duros para garantizar que al día siguiente seguirán estando ahí. Si lo mantenemos encendido durante muchas horas, conviene reiniciarlo de vez en cuando. Con nuestra mente tiene lugar un proceso similar. 

Más que en el descanso, me voy a centrar en la actividad de soñar durante la noche. Según una investigación llevada a cabo por científicos canadienses, antes de almacenarse de forma definitiva, nuestros recuerdos pasan de una zona a otra del cerebro durante un máximo de una semana y, en ese tiempo, soñamos con ellos. Por ese motivo, no es casualidad que en nuestros sueños aparezcan personas que conocemos, situaciones que nos resultan familiares o hechos absurdos, pero conectados de algún modo con la realidad. 

Así, soñar está íntimamente relacionado con la zona del hipocampo, situado debajo de la corteza cerebral y que es fundamental en el proceso de la memoria. Freud llamó "residuos diurnos" a los recuerdos que se quedan en la memoria durante el día, y que en los cinco o siete días posteriores se ven reflejados en nuestros sueños. Nielsen, autor de una de las investigaciones sobre este tema, ha denominado a estos recuerdos posteriores "el efecto del intervalo de los sueños" y sostiene que los sueños están relacionados con la expresión de nuestro subconsciente. 

La descripción que da Allan Hobson, psiquiatra e investigador estadounidense, sobre un sueño es la siguiente: "(...) se caracteriza por una imaginación sensomotora vivida que se experimenta como si fuera la realidad despierta. (...) Tiende a desvanecerse rápidamente después de despertarse a no ser que se tomen medidas especiales para retenerlo". 

En el sueño no-REM (NREM), también conocido como sueño lento (o en el que no existe un movimiento rápido de ojos), existen cuatro etapas: la etapa 1 (transición de vigilia a sueño) en la que los sueños se pueden interrumpir fácilmente por ser más débiles; la etapa 2, en la que comienza el sueño; y las etapas 3 y 4 (sueño profundo, en el que puede producirse sonambulismo), en las que se desarrollan totalmente los sueños. 

Durante la fase REM (Rapid Eye Movement, Movimiento Rápido de Ojos), que supone un 20% del tiempo total de descanso, los sueños suelen ser más emocionales y extraños que en las fases NREM. En cualquier caso, al despertar y conforme pasan las horas, los detalles de lo que soñamos se van escapando de nuestra memoria. 

Resulta curioso que haya personas más propensas a sufrir pesadillas que otras (en mi vida, puedo contar con los dedos de una mano las que he tenido), pero sí existen ciertos factores que pueden influir en este hecho. Se dan con mayor frecuencia en personas inseguras, nerviosas, que sufren ansiedad o presentan un estado emocional débil. También repercute haber vivido alguna experiencia traumática o incluso, elementos externos, como ruidos o sensaciones desagradables que el cerebro capta durante la noche. 

Mis sueños recurrentes se relacionan con la muerte y el amor. En ocasiones, he llorado desconsoladamente dentro del propio sueño o he vivido tórridos encuentros amorosos (ya sean solo besos o algo más allá) con personas conocidas. Soñar con la muerte suele reflejar cambios relevantes en la existencia de cada uno, mayor madurez o espiritualidad. En el caso del amor, los significados que algunos atribuyen son felicidad y satisfacción con la vida actual, o bien, falta de cariño. 

Por supuesto, todo esto no son más que teorías que no se pueden demostrar. Personalmente, me encanta soñar, ya que me permite plasmar en mi mente situaciones inverosímiles de todo tipo que, al fin y al cabo, ha fabricado mi propio cerebro de un modo inconsciente. Y cuando tengo la suerte de recordar esas historias, me invade una sensación de paz que riego con una incrédula sonrisa.