lunes, 6 de agosto de 2012

Cinco décadas

Es el tiempo que ha transcurrido desde que falleció el mito erótico de Hollywood por antonomasia: Marilyn Monroe. Vivió sólo treinta seis años, pero los exprimió al máximo. Su apariencia fuerte y segura delante de las cámaras contrastaba con su personalidad frágil e insegura en la intimidad. Hoy, cincuenta años después de su aparente suicidio, me atrevería a afirmar que fue víctima de una popularidad que no supo o no quiso asimilar. Su belleza se zampó sus ilusiones. 


Nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles con el nombre de Norma Jeane Mortenson. Antes de su nacimiento, su padre abandonó a su madre, que tuvo que hacerse cargo de la pequeña ella sola. Debido a las dificultades económicas y los problemas mentales de su madre, ésta decidió dejarla al cuidado de su mejor amiga, Grace McKee, que obtuvo la custodia y le transmitió su pasión por el cine y la interpretación. Tiempo después, su tutora no pudo hacerse cargo de ella y fue dada en adopción a otras familias, en el seno de las cuales sufrió varias violaciones. 

Para evitar su estancia en un orfanato, en 1942, con tan solo dieciséis años, decidió casarse con el hijo de una vecina suya, James Dougherty, policía, escritor y veterano de la Segunda Guerra Mundial. Mientras su marido se encontraba entre trincheras, ella comenzó a hacer pequeños trabajos como modelo, lo que provocó el divorcio de la pareja a los cuatro años de casarse. A partir de ese instante, empezó su carrera como actriz. En 1946, un ejecutivo de la Twentieth Century Fox le puso como nombre artístico Marilyn Monroe y la contrató para que trabajara como extra cinematográfica durante seis meses. 

Después de varios papeles pequeños en películas de poca importancia, le llegó su gran oportunidad como protagonista en la cinta titulada Niágara, en 1953. A finales de ese año, fue portada del primer número de la revista Playboy. Su belleza, sus medidas casi perfectas (94-58-92), sus apariciones en pantalla ligera de ropa y su sensualidad la convirtieron en una de las mujeres más atractivas de la época para millones de hombres en todo el mundo. Los filmes que vinieron posteriormente la consagraron como actriz: Los caballeros las prefieren rubias, La tentación vive arriba (en la que aparecía la famosa escena en la que un respiradero del metro de Nueva York le levantaba la falda) y Con faldas y a lo loco. Muchos de quienes compartieron rodajes con ella afirmaron que era muy complicado trabajar a su lado, ya que llegaba tarde casi siempre, tenía dificultades para memorizar los guiones y pedía que se repitieran las tomas a cada rato. A pesar de todo esto, los resultados satisfacían a todos y la mantenían en un puesto privilegiado en Hollywood. 

En 1954, se casó con Joe DiMaggio, un famoso jugador de béisbol, con el que apenas duró nueve meses, y en 1956, contrajo matrimonio con el dramaturgo Arthur Miller, al que tampoco se mantuvo unida demasiado tiempo: sólo cinco años. En los dos casos, sufrió varios abortos, que hicieron mella en su carácter y la sumieron en la tristeza que arrastró hasta su muerte. Era una auténtica estrella de Hollywood, pero en su casa, lejos de los focos, se hinchaba a tomar antidepresivos, barbitúricos y sedantes para enfrentarse a la depresión nerviosa y a la ansiedad. En una ocasión, dijo: "sé que nunca seré feliz, pero sé que puedo ser muy alegre". 


La espiral de inseguridades y autodestrucción en la que estaba sumergida desde hacía tiempo fue suficiente, para algunos, para explicar su muerte la madrugada del 5 de agosto de 1962. La encontraron desnuda en la cama de su habitación, fallecida por una sobredosis de barbitúricos. El informe de la policía lo definió como un "probable suicidio", a falta de pruebas contundentes, aunque algunos creen, por un lado, que fue asesinada por orden del presidente de Estados Unidos, John F. Kennedy, o el hermano de éste, Robert. Pudieron quitarle la vida para evitar que revelara información confidencial, ya que mantuvo un romance con ambos. 
Por otro lado, unos pocos consideraron que pudo haber sido asesinada por la mafia, para que no diera a conocer los negocios turbios que ésta tenía con Frank Sinatra, con el que también mantuvo una relación amorosa. 

En cualquier caso, según sostiene José Cabrera, psiquiatra forense, en su libro titulado CSI: Marilyn. Caso abierto, algunos datos y detalles parecen indicar que "Marilyn no se suicidó. Todo se hizo mal en aquella autopsia" y que "ella era una superviviente y los supervivientes no se suicidan". Es relevante que la policía no encontrara en su casa el diario que ella escribía siguiendo el consejo de su psiquiatra, Ralph Greenson. Quizá, los escritos contenían información secreta que convenía destruir y, de paso, alguien se quitó de en medio a su autora, una mujer fascinante con un cociente intelectual de 166. 


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