sábado, 21 de julio de 2012

Carta a una amiga

Lucía, te escribo esta carta al límite de mis fuerzas físicas y emocionales. Nunca pensé verme en una situación ni parecida a la que estoy viviendo. Cuando veía por televisión las noticias sobre víctimas de maltrato, confieso (hoy algo avergonzada) que me preguntaba para mis adentros cómo una mujer, en su sano juicio y con plena independencia, podía permitir que un "hombre" le pusiera la mano encima. Estaba convencida de que eso jamás podría pasarme a mí. Qué tonta. 

Llevo meses sin que nadie sepa mi auténtico paradero. He intentado esconderme de las mejores maneras posibles, pero sé que él me sigue la pista. No sé porqué no se rinde ya y me deja en paz, ya que él, con su palabrería y sus exquisitos modales en público, podría conseguir a otra idiota que le quisiera. El problema es que empiezo a sospechar que se ha obsesionado conmigo, y eso me revuelve el estómago y me angustia. 

Me mantengo en contacto solo con mi madre y ahora contigo, por cartas en las que reflejo remites falsos. Afortunadamente, hasta ahora he tenido suerte y he podido encontrar el modo de que me lleguen las respuestas; espero que la tuya no se haga esperar. En el interior de mi desesperación más profunda, aún me quedan resquicios de cierta tranquilidad, pues llevo ya un par de semanas sin saber de él. No obstante, no sé cuánto durará esta tregua. 

Me parece tan injusto que alguien pueda condicionar la vida de otra persona de esta manera, que haría lo imposible por haber retrocedido en el tiempo y no haberle conocido jamás. Se me ocurren mil formas de librarme de él, todas ilegales, pero debo tener cuidado si no quiero acabar en la cárcel. Te pido que, cuando recibas esta carta, no comentes este asunto con nadie; confío plenamente en tu discreción. Lo único que busco es desahogarme y que estés tranquila al saber que me encuentro en un lugar seguro. Espero que el tiempo me ponga las cosas en su sitio y me permita volver a ser feliz algún día. 

Sin nada más que decirte por el momento, me despido. No te preocupes por mi, estaré bien.  
                                                                                                       Un beso, 
                                                                                                                          Carmen. 


La hoja de papel, con la tinta todavía húmeda, descansaba sobre la mesa del comedor. La silla donde la protagonista había estado sentada escribiéndola, estaba volcada de lado en el suelo. Carmen yacía allí con el rostro sereno, mientras un hilo de sangre reciente resbalaba por una de sus mejillas y un charco de sangre había teñido la moqueta. Una herida profunda recorría su cuello de un lado a otro; su marido se la había hecho con un cuchillo de grandes dimensiones, en la cobardía de la oscuridad de la noche. 

Así, ya había pasado a formar parte de la lista de mujeres que no logran escapar de las garras de hombres inseguros que vuelcan su frustración y su complejo de inferioridad en sus compañeras de viaje. Una víctima más de la tragedia que supone usar la fuerza física en una relación que siempre debería basarse en el amor y el respeto. Lucía nunca tendría noticias de su amiga. 


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