

Comer es uno de los grandes placeres de la vida (según ciertos estudios, hay hombres y mujeres que prefieren un sabroso plato sobre la mesa antes que sexo) y tener buenas curvas es maravilloso y saludable. Sin embargo, mi mente racional no comprende cómo es posible coger tres kilos en una semana de vacaciones en una zona costera. Vale, es por el buffet de los hoteles y por no hacer deporte (si vamos al norte de España, la cosa se complica aún más; ¡lo que comen allí!), pero aún así, ¿qué sucede realmente? Pienso que, al pasarnos todos esos días en remojo (de la playa a la piscina y viceversa), es como si se abriera un pozo sin fondo en el estómago (siempre se ha dicho que el agua da hambre). He podido comprobar que terminaba de desayunar, me metía en la piscina y en cuestión de una hora, las dos tostadas con (abundante) mantequilla, las cuatro galletas (integrales, eso sí), la magdalena tamaño XL, el zumo de naranja natural y el cola cao se iban por el desagüe. De repente, es como si no hubiera comido y, pasada una hora más, volvía a tener hambre. Increíble.

Nadie me afirmará que existe defensa posible ante una buena pizza familiar de queso de cabra, bacon, champiñones, extra de queso y nata (la carbonara original no lleva queso de cabra; se lo he añadido yo para que esté más rica en mi esquema mental). Combinación explosiva de ingredientes que amenaza con provocar el estallido de las arterias en el momento menos pensado, pero no tan letal como la que contiene la pizza barbacoa (al menos, una se cuida un poco).
Mención aparte reciben todos los dulces habidos sobre la faz de la Tierra. El otro día, en un mercadillo medieval de Móstoles (Madrid), osé probar un dulce típico de Hungría (nunca me atrevo, de primeras, a probar cosas de otros países; llamadme conservadora) y cuál fue mi sorpresa al descubrir que sabía a Roscón de Reyes. ¡A Roscón! De repente, mi paladar recordó las navidades, los polvorones, el mazapán y el turrón. ¡Turrón de queso con arándanos! Nunca habrá otro igual.
Me ocurre a menudo: nombro un tipo de dulce y me vienen a la memoria montones de variantes y alternativas posibles. Sé con certeza que mi mayor perdición vital sería trabajar en una pastelería, por motivos opcionales: podría volverme loca con tanta tentación a mi alcance, o acabaría aborreciendo todo aquello que contuviera azúcar, lo cual sería una verdadera lástima.
Creo que la solución para acelerar mi metabolismo (además de hacer ejercicio, por supuesto) sea hacerme vegetariana, aunque no le veo sentido a eso de comer lechuga casi todos los días, por mucho que fuera francesa. Soy más de bocata de bacon con queso, anacardos garrapiñados y tortitas con nata. Qué le voy a hacer.
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